Elena

Capítulo 37

Afuera, la vida continuaba con absoluta normalidad. Los soldados cumplían sus rondas, los caballos entraban y salían del patio y las órdenes resonaban desde el amanecer hasta el anochecer.

Al cuarto día, finalmente abandonó el encierro.

Cuando pasó frente al espejo, se detuvo unos instantes.

El cabello caía desordenado sobre sus hombros y el cansancio era evidente en su rostro.

Permaneció observándose en silencio.

Luego apartó la vista y continuó caminando.

Minutos después, cabalgaba rumbo a la hacienda de los Mendoza. El viento desordenó su cabello, soltando horquillas y prendedores hasta dejarlo libre, sin compostura.

Al llegar, llamó a la puerta.

Elena, que se hallaba en el patio con un libro entre las manos, se puso de pie y fue a abrir.

Al verla, intentó cerrar.

Isabel detuvo la puerta con el pie.

—Lo siento.

Elena quedó inmóvil.

No era lo que esperaba.

Tras un breve instante, se hizo a un lado y la dejó pasar.

Se sentaron a la mesa de piedra.

Y hablaron.

Largo rato.

Sin alzar la voz.

Cuando finalmente se levantaron, ninguna era la misma que había tomado asiento.

Al disponerse a marcharse, Isabel sostuvo la mirada de Elena un instante más.

Y entonces comprendió que durante años había juzgado a Elena sin llegar a conocerla.

Era algo más difícil de describir.

Más difícil de olvidar.

Había en ella una serenidad que permanecía.

Una luz tranquila.

Algo que no exigía ser visto y que, aun así, resultaba imposible ignorar.

Isabel sostuvo aquel pensamiento un instante más, como si le pesara admitirlo.

Luego habló, con una voz más baja de lo que Elena le había oído antes.

—No comprendía por qué Martín se había enamorado de usted...

Hizo una breve pausa.

—Pero hoy... lo entiendo.

No hubo reproche.

Tampoco orgullo.

Solo una verdad.

Y, por primera vez, dicha sin amargura.

Sin añadir más, montó y se perdió en la noche.

Aquella noche, Elena se recogió en su lecho con una calma que hacía tiempo no la visitaba.

No era dicha… pero sí un sosiego discreto, de esos que llegan sin anunciarse y se instalan apenas en el ánimo.

Haber puesto fin a sus diferencias con Isabel le había aligerado el espíritu más de lo que habría querido admitir. Era un peso que llevaba consigo desde hacía días, quizá desde antes… y que, sin advertirlo del todo, había aprendido a soportar.

Esa noche, por fin, pareció soltarlo.

El silencio de la hacienda la envolvía con suavidad.

Y por primera vez en mucho tiempo… Elena creyó que podría descansar.

Por primera vez en días, el ánimo le dio tregua.

No sabía —no podía saber— que aquella visita no había sido solo un gesto de reconciliación… sino también de despedida.

Isabela salió de la hacienda sin volver la vista atrás.

Montó en silencio y tomó el camino de regreso.

La noche había caído por completo sobre San Juan Capistrano. El aire era sereno y apenas se oía el rumor de los cascos del caballo sobre el camino. A lo lejos, alguna ventana permanecía aún iluminada, pero el pueblo comenzaba a recogerse. Solo el sereno hacía su ronda pausada, golpeando de cuando en cuando el extremo de su alabarda contra el empedrado, mientras anunciaba la hora con aquella voz grave que rompía el silencio antes de volver a perderse entre las calles.

Isabel continuó cabalgando sin prisa.

Las palabras de Elena regresaban una y otra vez a su memoria.

No había hallado odio en ellas.

Ni burla.

Ni deseo de humillarla.

Solo una tristeza que jamás había imaginado.

A cierta distancia del pueblo, el camino bordeaba un pequeño río. Isabel detuvo el caballo y descendió lentamente.

El agua corría mansa, reflejando la luz de la luna.

Permaneció un largo rato contemplándola.

Entonces llevó la mano hasta el anular de su mano izquierda.

Se quitó lentamente el anillo de matrimonio.

Lo sostuvo entre los dedos.

No lo arrojó.

Lo volvió a guardar.

No porque aún amara aquel matrimonio, sino porque comprendía que aquel anillo resumía toda su vida: una esperanza que había perseguido durante años y que nunca logró convertirse en realidad.

Recordó entonces las páginas del diario.

No las palabras de pasión.

Sino una sola frase.

"Intenté explicarles que amaba a Elena."

Cerró los ojos.

Así que era cierto.

Por primera vez comprendió que jamás había luchado contra Elena. Había luchado contra un amor que existía mucho antes que ella.

Una lágrima descendió lentamente por su mejilla.

No lloraba por Elena.

Ni siquiera por Martín.

Lloraba por aquella joven que, años atrás, creyó que el amor podía alcanzarse con paciencia, con empeño... o con un matrimonio.

Permaneció allí un momento más.

Luego volvió a montar.

El caballo reanudó el camino hacia San Juan Capistrano.

Las calles estaban casi desiertas cuando llegó. Algún farol seguía encendido junto a una vivienda; el sereno continuaba su ronda, ajeno al torbellino que se agitaba en el alma de aquella mujer que avanzaba lentamente bajo la luz de la luna.

Sin detenerse, Isabel cruzó la plaza y encaminó su caballo hacia la misión.

Cada paso la acercaba a un destino del que, en el fondo, ya no pensaba apartarse.

Subió al campanario de la misión.

Desde allí, San Juan Capistrano reposaba en silencio bajo el cielo estrellado, bañado por una luna clara y serena.

Se detuvo al borde.

El viento le rozó el rostro, moviendo apenas su cabello.

No lloraba.

Había en ella una quietud extraña.

Cerró los ojos.

Y en ese último instante, volvió a ver a Elena.

Su voz.

Su calma.

Aquel «lo siento» que había llegado tarde… pero había sido sincero.

Exhaló despacio.

Y dio un paso al vacío.




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