Elena

Capítulo 38

Las botellas se sucedían una tras otra, vacías, alineadas como testigos mudos de un duelo que todavía no acertaba a asumir.

Hasta que, en las primeras horas del alba, se puso de pie.

Inhaló hondo.

Exhaló despacio.

Como si, en aquel gesto, ordenara sus pensamientos. O quisiera convencerse de ello.

—Te despido, Isabel.

Permaneció en silencio unos instantes.

—Por fin.

Bajó la vista.

—Ahora nada habrá de apartarte de mí.

Tomó su chaqueta sin más y salió.

Mientras tanto, en ese preciso instante, Elena se dirigía ya al puerto.

Había aguardado aquel día con una inquietud que no lograba disimular.

No era solo expectativa…

Había en su ánimo una mezcla extraña de alivio, desasosiego y una nostalgia que no acertaba a nombrar.

Como si algo en su vida estuviese por acomodarse… aunque no del todo.

En el puerto no consiguió permanecer quieta.

Iba y venía, recorriendo el mismo tramo sin advertirlo siquiera.

Crescencia, a su lado, mecía a la niña con una leve sonrisa, observándola en silencio.

—Va a gastar usted el suelo, señorita —murmuró, con suavidad.

Elena apenas respondió.

No podía.

Tenía el corazón demasiado ocupado.

Entonces, el barco arribó.

Y con él… Aramí.

Elena la vio descender.

Y ya no pensó.

Echó a correr.

—¡Aramí!

La joven, al reconocerla, dejó cuanto llevaba y fue hacia ella con la misma urgencia.

—¡Señora!

Se detuvieron frente a frente.

Y se abrazaron con fuerza.

—¡Señora!… —exclamó Aramí, sin poder ocultar la emoción.

Elena la sostuvo un instante entre sus brazos. Al apartarse, la sonrisa se desvaneció lentamente de su rostro.

—Hay algo que debes saber.

Aramí la miró con inquietud.

—¿Qué le ocurre, señora? —preguntó Aramí, con la inquietud reflejada en el rostro.

Elena sostuvo su mirada un instante.

—Vamos al carruaje. Allí te lo explicaré.

El trayecto se hizo en silencio, al menos al principio.

El equipaje —baúles, algunas telas, algo de charqui, dulces en conserva, yerba y unas monedas que sus padres habían enviado— fue dispuesto sin mayor dificultad.

Al pasar por el cuartel, Elena no descendió.

Crescencia y Aramí se encargaron de todo.

Los guardias revisaron las pertenencias y, tras una inspección breve, les dieron paso.

No fue sino hasta retomar el camino que Aramí volvió a hablar.

—Señora… —dudó—. Señorita… Elena…

Hizo una breve pausa.

—¿Qué ha sucedido?

Crescencia bajó la mirada hacia la niña.

Algo en el aire había cambiado.

Elena no respondió de inmediato.

Una lágrima se deslizó en silencio.

—Francisco… y don Adolfo murieron hace ya nueve meses.

Las palabras fueron suaves.

Pero pesaron.

—Fueron asaltados en el camino a Santa Mónica.

Tomó aire.

—Don Adolfo murió al instante.

Su voz vaciló apenas.

—Francisco… no.

El silencio se hizo más denso.

—Tuve que despedir a casi todos en la hacienda. No bastaba para sostenerlo todo.

Bajó la mirada.

—Por eso mandé a llamarte.

Aramí la observaba, aún sin asimilarlo del todo.

—¿Y… qué piensa hacer ahora?

Elena alzó la vista.

—He de regresar a las Provincias Unidas del Río de la Plata.

Una pausa breve.

—Quiero que vengas conmigo.

Crescencia guardó silencio.

Sabía que no partiría.

Aramí asintió despacio, conmovida.

—Claro que sí…

Elena ya no logró sostenerse.

Se inclinó hacia ella y la abrazó con fuerza.

Esta vez… sin contener el llanto.

Crescencia las observaba en silencio, con los ojos humedecidos, mientras acunaba a la niña Penélope entre sus brazos.

Aramí, incapaz de contenerse por más tiempo, se aferró a Elena, compartiendo con ella un llanto que ya no procuraba disimulo.

Era un dolor hondo.

El carruaje se detuvo frente a la hacienda.

Elena descendió primero, seguida de Crescencia, que llevaba a la pequeña Penélope en brazos, y de Aramí, aún con la emoción del reencuentro reflejada en el semblante.

Las tres avanzaron juntas.

Y entonces lo vieron.

Martín estaba allí.

Sentado a la mesa de piedra, como si hubiese aguardado desde hacía tiempo.

Al advertir su presencia, se puso de pie con calma medida.

Su mirada recorrió a cada una.

—Buenas tardes —dijo, con una leve inclinación de la cabeza.

Primero a Crescencia.

Luego a Elena.

Y, por último, a Aramí.

Hubo un breve silencio.

Entonces, sus ojos volvieron a posarse en Elena.

—Veo que Aramí ha llegado por fin.

Elena no titubeó.

—Así es. He resuelto que me acompañe.

Una pausa breve.

—Pero eso no es de su incumbencia.

Lo sostuvo con la mirada.

—¿Qué hace usted aquí?

Martín la observó un instante.

—Necesito hablar con usted.

Una leve pausa.

—A solas.

Elena comprendió.

Giró apenas el rostro hacia las otras dos.

—Crescencia, por favor… muéstrale su cuarto a Aramí.

Aramí dudó un instante.

—Pero, señora…

Elena la miró con firmeza serena.

—No tardaré.

Crescencia asintió en silencio.

Sin añadir palabra, tomó mejor a la niña y condujo a Aramí hacia el interior de la casa.

Elena esperó a que la puerta se cerrara tras ellas.

Solo entonces volvió a mirar a Martín.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.