El aire entre ambos se volvió más denso.
Martín dio un paso al frente.
—He venido a poner fin a lo que quedó inconcluso entre nosotros.
Elena sostuvo su mirada.
—No hay nada entre nosotros que deba resolverse.
—Lo hay.
Un paso más.
—Y lo sabe.
Elena no apartó la vista.
—Soy viuda, Martín.
Una leve pausa.
—Y no voy a reemplazar lo que he perdido.
—Eso cambiará.
La respuesta fue inmediata.
Fría.
Elena frunció apenas el ceño.
—No. Y no voy a casarme con nadie.
Martín la observó en silencio, como si pesara cada palabra.
Luego avanzó hasta quedar frente a ella.
Demasiado cerca.
—No le estoy pidiendo su parecer, Elena.
Ella no se movió.
Pero su respiración se volvió más corta.
—Se equivoca —respondió con serenidad contenida—. Mi vida me pertenece.
Un destello cruzó la mirada de Martín.
Y, sin previo aviso, apoyó una mano a cada lado de ella, encerrándola contra la mesa de piedra.
No la tocó.
Pero la cercó.
—Escúcheme bien.
La voz descendió.
Más grave.
Más peligrosa.
—Le doy una semana.
Elena lo miró fijo.
—¿Una semana para qué?
—Para que piense.
Una pausa.
—Y para que entienda lo que le conviene.
El aire se volvió espeso.
—Dentro de siete días volveré —añadió—. Y espero una respuesta distinta.
Elena sostuvo la mirada, sin ceder.
—No la tendrá.
Martín esbozó una leve sonrisa.
Pero no había amabilidad en ella.
—Tenga cuidado con lo que decide.
Se inclinó apenas hacia ella.
—En estas tierras… una mujer sola no siempre conserva lo que cree seguro.
Elena sintió un leve estremecimiento.
No retrocedió.
Pero comprendió.
Martín continuó, en voz baja:
—Hay decisiones que no recaen solo en quien las toma.
Sus ojos descendieron un instante.
No hacia ella.
Sino hacia el interior de la casa.
Hacia donde estaba la niña.
Elena contuvo el aliento.
—Más le vale obrar con prudencia.
El silencio cayó, pesado.
Martín se apartó entonces, con una calma que resultaba aún más inquietante.
—Nos veremos en una semana.
Y sin añadir más… se marchó.
Tres días habían pasado desde la amenaza de Martín.
Tres días en los que Elena no conoció sosiego.
El desvelo se le hizo hábito. La angustia, compañía constante.
Apenas probaba bocado.
Sus pensamientos no hallaban reposo.
Y cada vez que sus ojos se posaban en su hija… el miedo se volvía más hondo.
Un miedo distinto.
Más frío.
Más real.
Había pensado en huir.
Más de una vez.
Pero ¿hacia dónde… y con qué amparo?
Aquella mañana, sin embargo, algo en su interior cedió.
Se puso de pie.
Volvió a vestir de luto.
Negro riguroso.
Como si en ello encontrara una forma de recogerse.
Y sin decir palabra… partió hacia la misión del padre Tomas.
El templo la recibió en silencio.
Fresco.
Sereno.
Como si el mundo de afuera quedara lejos, contenido tras aquellos muros.
Elena avanzó hasta los pies de la Virgen.
Y allí… se arrodilló.
—Ampárame… —susurró, con la voz apenas firme—. Dame claridad… o alivia esta carga que ya no sé cómo sostener.
Las lágrimas no tardaron en caer.
Discretas.
Constantes.
—Haz que esto termine… —murmuró—. Apártalo de mi camino… o dame fuerzas para enfrentarlo.
Su voz se fue apagando poco a poco.
—Porque de ese hombre… ya no queda nada de lo que una vez amé.
El silencio volvió a envolverla.
Entonces…
Una voz.
Masculina.
Conocida.
Elena se tensó.
Martín.
El corazón se le estremeció.
Al oír su voz, se apartó instintivamente hacia el confesionario.
Se ocultó.
Contuvo el aliento.
Y miró a través de la rendija.
No estaba solo.
Frente a él… el acreedor.
El mismo hombre que había ido a despojarla de sus bienes.
La conversación era baja.
Pero no lo suficiente.
—No hemos hecho trato en vano —decía el hombre, con tono seco—. Usted obtuvo lo que buscaba.
Elena frunció el ceño.
Martín no respondió.
—Francisco cayó… como se había convenido.
Elena sintió que el mundo se inclinaba bajo sus pies.
Las velas seguían ardiendo frente al altar.
Afuera, la campana de la misión comenzó a sonar para el Ángelus.
Y, sin embargo, todo cuanto había creído verdadero acababa de desmoronarse.
Martín no respondió.
—Yo cumplí mi parte —prosiguió el acreedor—. Eliminé el obstáculo que se interponía entre usted y esa mujer.
Hizo una pausa.
—Ahora le corresponde cumplir la suya.
Elena sintió que el aire le faltaba.
—Le aconsejo no demorarse más, comandante —añadió el hombre, inclinándose apenas—. Nuestra gente no aprecia las deudas impagas.
Una pausa.
—Y menos aún… los silencios.
Martín tensó la mandíbula.
—Cumpliré.
—Más le vale.
El tono del acreedor descendió.
Más bajo.
Más oscuro.
—Aún espero el sello.
Martín sostuvo la mirada del hombre.
—Lo tendrá.
El hombre lo observó durante unos instantes, como si procurara adivinar sus pensamientos.
—Confieso que pensé que renunciaría cuando murió de Mendoza.
—Pero veo que sigue decidido a convertir a la viuda en su esposa.
Elena sintió que un nuevo golpe le atravesaba el pecho.
La viuda.
No era una casualidad.
Nunca lo había sido.
—Sin el sello no podremos apropiarnos legalmente de las tierras de los Sepúlveda.
El silencio que siguió fue más revelador que cualquier respuesta.
Elena permaneció inmóvil.
Oculta.
Con una mano sobre los labios para contener el temblor que amenazaba con delatarla.
Y entonces comprendió.