Elena

Capítulo 40

Martín guardó silencio.

No hubo protesta. No hubo desmentido. Y, para Elena, aquel silencio tuvo el peso de una confesión.

—El molde —insistió el acreedor.

Martín bajó la voz, como si las paredes también escucharan.

—Accedí a los documentos sellados. Tomé la impresión.

Una breve pausa.

—El grabado está casi terminado.

—“Casi” —repitió el hombre, con desprecio contenido—. Anoche debía estar listo.

Martín no respondió.

—Se distrajo.

Elena apretó los dedos contra su vestido.

—Ese sello lleva el blasón antiguo de la familia —continuó el acreedor, más lento—. Un símbolo heráldico español… preciso. No admite errores.

Martín cerró los ojos un instante.

—No los habrá.

El hombre lo observó en silencio, evaluándolo.

—Esta misma noche —dijo Martín, finalmente—. Quedará saldado.

El acreedor asintió.

—Así lo espero.

Se separaron sin más.

Y sus pasos se alejaron por el pasillo.

El sello.

Las tierras.

La deuda inventada.

Y Martín…

Quieto en medio de todo.

Como si ya no hubiera vuelta atrás.

No pudo moverse.

El mundo, tal como lo conocía, parecía haberse resquebrajado bajo sus pies.

Martín…

Había sido Martín.

Martín había dispuesto la muerte de Francisco.

Un sollozo ahogado le quebró el pecho.

Se llevó ambas manos al rostro, como si con ello pudiera contener lo que se desbordaba.

Todo giraba.

Todo.

Había confiado en él.

Había puesto en ese hombre lo más hondo de su sentir.

Y ahora…

Ahora lo comprendía.

Las piezas comenzaron a encajar con una claridad insoportable.

La culpa la atravesó con filo certero.

¿Y si todo había comenzado con ella?

¿Y si su presencia… había traído desgracia a la casa de los Mendoza?

Negó, temblorosa.

No.

No podía ser.

Y, sin embargo… el dolor no cedía.

Pasó un buen rato antes de que hallara ánimo para incorporarse.

Cuando al fin lo hizo… algo en ella había cambiado.

Salió sin prisa.

Caminó sin rumbo cierto.

Sin reparar en el tiempo.

Sin advertir siquiera que el carruaje la aguardaba aún a la entrada de la misión.

Sus pasos, como guiados por una fuerza ajena, la condujeron de regreso a la hacienda.

Al cruzar el umbral, se desprendió la mantilla con manos temblorosas.

La dejó caer sobre la mesa.

Luego, la peineta.

Entró en su alcoba.

Y cerró la puerta.

El silencio la envolvió.

Pero ya no era refugio.

Era determinación.

Se cambió con premura.

Un vestido más liviano.

Botas firmes.

Guantes de cuero.

Tomó el sombrero. Lo ajustó. Sujetó el cabello con una horquilla.

Tomó el látigo del establo.

Y salió.

Montó sin asistencia.

Y espoleó al caballo sin titubeos.

El galope rasgó el aire.

El viento azotó su rostro.

Su cabello se soltó, agitado con fiereza.

Pero en sus ojos…

No había vacilación.

Solo una idea.

Una sola.

Debía detener a Martín.

A cualquier precio.

Al llegar a la comandancia, Elena descendió con presteza.

No aguardó anuncio ni permiso.

Atravesó el umbral con determinación.

Martín se hallaba de pie al fondo del despacho.

Al verla, se volvió hacia ella.

Había en su semblante una calma inquietante. La de quien ya da la partida por ganada.

—Elena —dijo, inclinando apenas la cabeza—. Justamente pensaba en—

No concluyó.

Ella lo interrumpió.

Elena no retrocedió.

Lo miró.

Pero ya no había en sus ojos ni temblor ni duda.

Había otra cosa.

Más honda.

Más calculada.

Dejó caer lentamente los guantes sobre la mesa.

Sin apartar la mirada de él.

—¿Pensaba en mí…? —preguntó en voz baja.

Había en su tono una suavidad nueva.

Casi íntima.

Martín frunció apenas el ceño, sorprendido por aquel cambio.

—Siempre —respondió, sin apartar la vista.

Elena dio un paso hacia él.

Lento.

Medido.

El leve perfume que llevaba —ese mismo, apenas perceptible— comenzó a envolver el aire entre ambos.

—Entonces no ha cambiado nada… —murmuró.

Su voz descendía como una caricia.

Se detuvo frente a él.

Lo bastante cerca como para que su respiración rozara la de Martín.

Lo bastante lejos… como para obligarlo a avanzar.

Y él lo hizo.

Como atraído.

Elena inclinó apenas el rostro.

Un mechón de cabello se deslizó sobre su mejilla.

—Dígame… —susurró— ¿también recuerda… aquel día?

Los ojos de Martín se oscurecieron.

—No hay día en que no lo haga.

Ella dejó escapar una leve exhalación.

Casi un suspiro.

Y entonces… tomó su mano.

Despacio.

Sin brusquedad.

Y la condujo hasta su cuello.

La piel cálida bajo los dedos de él.

—Yo tampoco lo he olvidado…

Martín tensó la mandíbula.

El pulso le latía con fuerza.

Elena alzó la mirada.

Y por un instante… pareció frágil.

—Quiero volver allí —dijo.

Hizo una breve pausa.

—Entre los naranjos.

Sus dedos permanecieron sobre la mano de Martín.

—Necesito comprender si aún queda algo de lo que fuimos.

Martín no apartó la vista.

Ella alzó lentamente los ojos hacia él.

—Acompáñeme.

La frase cayó… suave.

Pero cargada.

Martín sonrió apenas.

Creía haber ganado.

Ignoraba que acababa de caer en la trampa de Elena.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.