Elena

Capítulo 41

Elena había acortado la distancia.

Lo justo.

Su perfume.

Su voz.

Su cercanía.

Todo en ella conspiraba.

—Venga conmigo… —susurró.

Y entonces, apenas rozó su mejilla al pasar junto a él.

Como un accidente.

Como una promesa.

Pero no se detuvo.

Avanzó hacia la salida.

Sin mirar atrás.

Segura…

De que él la seguiría.

Apenas alcanzó el patio, se dirigió sin rodeos hacia su caballo.

Montó con seguridad.

Martín la observó un instante, sorprendido, esbozó una leve sonrisa.

Tomó su propio caballo.

Montó también y la siguió.

Atravesaron el pueblo en silencio, con el acompasado golpeteo de los cascos marcando un ritmo seco sobre la tierra. Elena llevaba la mirada al frente, sin distraerse, hasta que al pasar junto al mercado tiró levemente de las riendas.

Entonces lo vio.

Entre la gente.

Francisco.

Quieto.

Mirándola.

El aliento se le suspendió en el pecho. Sus manos se tensaron. Parpadeó, negando apenas, como si aquel gesto bastara para apartar la visión. Volvió a mirar… y ya no estaba.

Solo el ir y venir de la gente.

Solo rostros que no eran el suyo.

Apretó la mandíbula. No era la primera vez. Desde hacía días su figura se le aparecía sin aviso: en los pasillos, en la penumbra de su cuarto, en el silencio de la noche. Como si la memoria se obstinara en retenerlo allí, donde ya no podía estar.

—¿Se encuentra bien? —preguntó Martín, emparejando su paso.

—Sí… no es nada —respondió ella con mesura, sin mirarlo del todo.

Y, sin añadir palabra, hizo avanzar el caballo.

El resto del trayecto se cumplió sin conversación. Los naranjos comenzaron a extenderse ante ellos, alineados, serenos bajo la luz. Elena descendió primero, sin asistencia. Martín la imitó de inmediato.

Se internaron entre los árboles. El aire, cargado del perfume de los azahares, parecía más denso allí, como si guardara memoria. Era el mismo sitio. El mismo en que todo había empezado a quebrarse.

Martín no aguardó. La tomó por la cintura y la atrajo hacia sí. Su voz se deshizo en palabras bajas, imprecisas, dominadas más por el impulso que por la razón.

Elena no se apartó.

No ofreció resistencia.

No se apartó.

Lo dejó acercarse.

Lo dejó creer.

Pero su atención no estaba en él.

Observaba.

Medía.

Esperaba.

Cuando Martín dejó el sombrero a un lado y soltó la horquilla de su cabello —que cayó sobre la hierba—, Elena la advirtió.

Allí.

Al alcance.

El pulso le golpeó con fuerza, pero su mano no vaciló.

Él, ajeno, descendió la mirada, ocupado en sus propios movimientos, distraído en su deseo.

Y en ese preciso instante…

Elena se inclinó apenas, tomó la horquilla y la hundió en su pecho con decisión firme.

Martín quedó rígido.

Los ojos abiertos, sin comprender. El aire se le escapó en un golpe seco.

Ella retiró la horquilla.

Volvió a alzarla.

Pero esta vez él alcanzó a sujetarle la muñeca. La sangre comenzaba a abrirse paso entre sus dedos.

—…Me alegra… —murmuró con la voz quebrada— que sean tus manos…

Una sombra de sonrisa, extraña, le cruzó el rostro.

—…las que me den muerte.

Elena sostuvo su mirada.

—Esto es por Francisco.

No hubo temblor en su voz.

—Escuché lo que dijiste en la misión. Todo.

Los ojos de Martín se ensombrecieron.

—No podía...

Tosió sangre.

—...dejarte en manos de otro.

Elena se liberó de su agarre y volvió a hundir la horquilla.

Una vez.

Y otra.

—No te amo —dijo con firmeza contenida—.

—Mataste al hombre que yo amaba.

Otro golpe.

—Me arrebataste lo que era mi vida.

Martín ya no lograba sostenerse, pero no apartaba los ojos de ella.

—Siempre… te amaré…

La sangre le corrió por los labios.

Elena cerró la expresión, endureciendo el gesto.

Y, sin concederle más, hundió la horquilla por última vez.

El cuerpo de Martín cedió.

El aliento se extinguió en un suspiro breve.

Y el silencio se impuso entre los naranjos, denso, definitivo.

Elena no se movió al principio. El olor de la sangre, denso y metálico, había invadido el aire. Sus manos, su vestido… todo en ella estaba teñido de rojo. A su lado, el cuerpo de Martín yacía inmóvil, rígido ya, como si la vida se hubiese retirado de él sin dejar rastro alguno.

Entonces el llanto llegó.

No contenido, no digno.

Le brotó desde lo más hondo, desgarrado, sin medida.

Cayó de rodillas, hundiendo las manos en la tierra, aferrándose a ella como si buscara sostenerse de algo que no cediera.

Arañó el suelo, respiró entrecortado.

El perfume tibio de los azahares seguía allí, inmutable, ajeno a todo, y esa calma del entorno le resultó insoportable.

El calor del verano le perlaba la piel; el sudor le corría por la frente y el cuello, mezclándose con el polvo y la sangre.

El tiempo pasó sin medida.

El sol descendió, la luz se volvió más tenue hasta extinguirse por completo, y cuando la noche terminó de imponerse, la luna apareció redonda, entera, dominando el cielo limpio de nubes.

Elena seguía allí, inmóvil, hasta que poco a poco el llanto se agotó… y con él, algo más.

Se puso de pie sin prisa.

Sin vacilar.

Fue hasta las alforjas y tomó una soga.

Durante unos instantes contempló el cuerpo inmóvil de Martín.

Luego se agachó y le ató el extremo alrededor de un tobillo.

El otro lo aseguró a la silla de montar.

Montó.

Y echó a andar.

El cuerpo se arrastró tras el caballo, abriendo un surco oscuro sobre la tierra de los naranjos.

Cabalgó largo trecho, dejando atrás los naranjos, internándose en un terreno cada vez más áspero y elevado, hasta alcanzar los riscos, donde la tierra se quebraba en una caída abrupta sembrada de piedras filosas.




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