Cuando llegó a la hacienda, no se detuvo.
Entró sin anunciarse.
El tintinear suave de la loza y el aroma del té quedaron suspendidos cuando Crescencia y Aramí alzaron la vista.
—¡Señorita…! —alcanzó a decir Crescencia, alarmada al ver la sangre.
Elena se detuvo apenas, sin volverse del todo.
—Estoy bien… —dijo en voz baja, contenida—. Por favor… solo quiero estar sola por ahora. Si quieren… después hablamos… pero necesito estar sola.
No aguardó respuesta.
Atravesó la casa y se encerró en el estudio de Francisco.
El aire allí conservaba un leve perfume a madera y papel antiguo.
Encendió la chimenea con manos aún manchadas.
Luego, sin titubeos, se despojó del vestido y la camisa, arrojándolos al fuego.
La tela ardió con rapidez. El olor a sangre se mezcló con el humo. Elena contempló las llamas en silencio, pero comprendió que había manchas que el fuego no podía borrar.
Elena se dejó caer junto a la lumbre, en enagua y corset, abrazándose las rodillas.
Y entonces… lo vio.
Francisco en el escritorio.
En la escalera.
Junto a la ventana, con ese gesto sereno que aún dolía recordar.
Las lágrimas comenzaron a correr, silenciosas, constantes.
Un golpe leve en la puerta rompió la quietud.
—Niña… —murmuró Crescencia al entrar—. No se quede así.
Elena alzó la mirada, perdida.
—Murió por mi culpa… él y don Adolfo.
—No diga eso.
—Martín los mandó matar —susurró—. Todo fue por mí.
El silencio se volvió espeso.
Elena respiró hondo… como si lo que seguía le costara aún más.
—¿Recuerda… la sangre en mi vestido? —preguntó al fin, sin mirarla del todo.
Crescencia asintió lentamente, contenida.
—Pensé que se había lastimado…
Elena negó.
—No… no fui yo la herida.
Bajó la mirada hacia sus manos, como si aún pudiera verlas manchadas.
—Tomé la horquilla… la misma con la que sujetaba el sombrero…
Su voz vaciló apenas.
—Y se la hundí en el pecho.
Una pausa breve.
—Una vez… y otra… y otra…
El silencio pesó como una losa.
—Hasta que dejó de respirar.
Entonces alzó la vista.
—Yo maté a Martín.
Desde la puerta, Aramí se llevó la mano a la boca. Un gesto de Crescencia bastó para que se retirara con la niña en brazos.
Crescencia se acercó más, sin apartar los ojos de Elena, y tomó su rostro entre las manos.
—Escúcheme bien. Usted no es culpable de la maldad de ese hombre.
Elena negó, quebrada.
—Soy una asesina...
Crescencia guardó silencio unos instantes.
—Ha quitado una vida... y eso nunca deja de pesar, niña.
Le acarició el rostro con infinita ternura.
—Pero también puso fin a un hombre que ya había quitado muchas otras... y que estaba dispuesto a seguir haciéndolo.
El fuego crepitó con suavidad.
—Esto queda entre nosotras —añadió en voz baja—. Nadie ha de saberlo.
Elena cerró los ojos.
El peso no desapareció… pero ya no la hacía caer.
Y los días que siguieron no trajeron paz, sino una tensión baja y constante, como una cuerda demasiado tensa que amenaza con romperse al menor descuido.
Había pasado un mes desde lo ocurrido.
La versión oficial —si así podía llamársela— se instaló sin resistencia: un accidente. Una torpeza nacida del exceso. El comandante interino Martín Anzorreguy, hombre de vicios más firmes que su juicio, habría bebido más de la cuenta aquella noche. Dijeron que, en medio de su desvarío, desmontó el caballo, se apartó del camino y, buscando asiento entre las rocas, perdió pie.
El risco hizo el resto.
La caída fue larga. Demasiado.
Cuando al fin dieron con él, días después, la tierra ya había comenzado su trabajo silencioso. No hallaron a un hombre, sino lo que quedaba de él: el cuerpo destrozado, aún prendido a jirones de su uniforme; la cabeza, milagrosamente intacta, como si el destino hubiese querido conservar su gesto final… y un solo brazo, rígido, tendido a un costado.
De las piernas, nada.
Del otro brazo… apenas señales que nadie quiso examinar de cerca.
Las piedras habían hecho su parte. Las criaturas del monte, el resto.
Se dijo que fue la desgracia.
Y, en tiempos donde el orden valía más que la verdad, nadie se ocupó de decir otra cosa.
De pronto, la joven que acompañaba al padre Tomás dio un paso al frente. Había en su porte una mezcla de firmeza y fragilidad contenida.
—Sé que no me conoce —dijo con voz baja, aunque segura—. Pero aun así… usted ha hecho más por mí de lo que imagina.
Elena alzó la mirada.
—Mi nombre es Amparo —continuó—. Y lo que ha hecho… no ha sido solo por la familia Sepúlveda. También ha sido por mí.
Hizo una breve pausa, como si ordenar sus recuerdos le exigiera más esfuerzo del que estaba dispuesta a mostrar.
—Mi padre, Rafael de la Vega, fue llamado a Monterrey. Recibió una carta… igual a la que recibió su esposo. Igual a la que llegó a manos del señor Sepúlveda.
Elena sintió cómo algo se tensaba en su pecho.
—Nunca llegó.
El silencio de la capilla pareció cerrarse aún más.
—Lo atacaron en el camino. Murió sin siquiera alcanzar su destino. Tres meses después, Esteban Navarro se presentó en nuestra hacienda con documentos que parecían legítimos y nos despojó de todo.
Bajó la mirada un instante.
—Sin recursos ni defensa, terminé casándome con Gabriel Santa María, comendador de Santa Bárbara.
Una pausa breve.
—Jamás creí aquella deuda. Mi padre era un hombre prudente. Pero era mi palabra contra la de ellos.
Alzó nuevamente la vista.
—Tiempo después, vine a San Juan Capistrano a visitar a la familia de mi esposo. Fue allí donde conocí a Rosario, viuda del primo del comendador. La encontré en casa de la hermana de Gabriel… y, con el tiempo, llegamos a hablar con franqueza.
Hizo una pausa breve.