Elena [vancouver #2]

Capítulo 7. Función de Corazones Solitarios

Elena.

Caitlin me llamó tres días después de nuestra entrevista, fue un rayito de luz a mis días sombríos en los que comenzaba a considerar la propuesta de Vince Samuels de formar parte de su club de ayudantes pese a que Olivia fuese la cabecilla — no me parecía mala idea, digo: estar encerrada con tu pareja en su oficina y al mismo tiempo cumpliendo con tu servicio… ¡sí que es un sueño! —; apenas dijo que tenía una vacante para mí en el área de ediciones, solté un alarido grito que calló Sara con un almohadazo poco amigable.

Ángel me felicitó con un poco de decepción en el rostro, él me quería dentro de la empresa porque al final de cuentas yo también formaba parte del grupo de accionistas — mis padres sí que habían hecho todo un lío con su testamento —, pero no era lo mío. Yo era un ratón de biblioteca, que podría pasar los últimos días de su vida con la nariz dentro de un libro. Caitlin significó una oportunidad para adentrarme en ese maravilloso mundo que tanto anhelaba y por ello no dudé siquiera en reunirme nuevamente con ella para acordar los horarios, mis actividades y quién iba a ser el encargado de mí.

La junta duró un poco más de dos horas, pero para mí fue un milisegundo. Conocí cada parte de la editorial desde mi área de trabajo — liderado por la inexpresiva Josefa Metaxas — hasta el área de maquetación donde el tímido y un tanto ingenuo Gavril Katsaros laboraba. Él se sorprendió en verme y por más que intentó ocultarlo yo me di cuenta de ello, Gavril era como un cristal con sus emociones y eso me atrajo bastante como para plantearme iniciar una charla con él en un futuro.

— Josefa va a indicarte qué hacer — dijo Caitlin cuando regresábamos a su oficina, ella llevaba en el brazo una copia del próximo debut de la editorial llamado “Las tres veces que te he engañado” —, generalmente los becarios ayudan a corregir algunos textos o mandar las anotaciones de los editores al autor, pero como Aleyda es relativamente pequeña aun, puede que te manden a publicidad, maquetación o recursos humanos. Siempre necesitamos ayuda y las manos extra son bien recibidas.

— ¡Cualquier cosa que me pidan la haré! — contesté con entusiasmo, estaba enamorada de todo lo que Caitlin me había mostrado y tenía gigantescas ganas de comenzar con mis deberes —. En serio que aprecio mucho la oportunidad.

Caitlin sonrió.

— Igual podría aventajarme un poco y mandarte a juntas, ¡todo el mundo te miraba como si fueses un extraterrestre! — una risita nerviosa escapó de entre mis labios, ella no mentía, cada uno de los empleados con los que nos cruzábamos no hicieron ni el más mínimo intento por ocultar su sorpresa. No los culpaba, es decir, ¡Caitlin y yo éramos una copia con apenas unas cuantas diferencias contadas! —. Eso de que parezcamos gemelas sí es algo raro.

Me limité a asentir, aún no digería que ver a Caitlin fuese como presenciar un yo a futuro con lentillas. Tuvimos una charla más personal que profesional dentro de su oficina después de eso y terminó por conquistarme aquella rubia con su manera tan relajada de ser y aquella amabilidad que solo podría ser comparada con un conjunto de bombones con chocolate; Caitlin era siete años mayor que yo, pero eso no impedía que nos entendiésemos muy bien, tuvimos una conexión que me hizo creer que terminaríamos siendo muy buenas amigas.

Después de mi espectacular mañana dentro de las Editoriales Aleyda, decidí darme una vueltecita por la casa de aquel rubio que me robaba suspiros con solo verlo. Él no había mandado ni un solo mensaje desde que fui a checar lo de mis estadías y comenzaba a preocuparme. Yo no había hecho el más mínimo intento por comunicarme con Vince porque no quería verme un poco melodramática y ahogarme en un vasito de agua, no era muy experta en los temas novio-novia y no quería echarlo a perder con mis inseguridades.

Así que, ahí estaba, con una cajita de chocolates en una mano y en la otra mi bolso que combinaba a la perfección con mi hoodie blanco, frente a la puerta de Vince Samuels y con miles de preguntas del porqué de su desaparición. Había preguntado a Olivia — no creas que no tuve ni el más mínimo interés — y ella se limitó a decir que Vince tuvo una muy pero muy agotadora cena con sus padres. Al principio supuse que él no tenía una muy buena relación con ellos y lo entendía de alguna manera, pero después de ese pensamiento empezaron a surgir nuevas incógnitas como el hecho de que yo no les conocía ni en fotografía y que Vince en ningún momento se mostró con la iniciativa de presentármelos.

Toqué el timbre con manos temblorosas, no quería tocar ese tema con Vince, pero una parte de mí sabía que mi lengua iba a dejarse ir en algún punto. No quería pelear con él, mucho menos si la razón era por algo que le parecía difícil de cierta manera — y eso, no estaba tan segura, solo eran conjeturas mías —, pero a la vez me dolía un poco en el ego que no me mostrase más allá de él cuando Vince me llevaba muchísima ventaja en ese aspecto: conocía mi casa, mi familia, mis traumas y mis problemas; y yo… bueno, solo sabía dónde vivía.

Vince abrió la puerta con todo menos una sonrisa, mi ánimo decayó un doscientos por ciento con solo ver su rostro: no tenía que decirme ni una palabra, él no me quería ahí.

— Elena… — dijo con suavidad. Mecí mis pies para ocultar mis nervios y controlar mi boca —. No te esperaba.

— Estaba preocupada por ti — no podía verlo, se sentía como si hubiese hecho algo malo —. No nos hemos visto en varios días y pensé que era buena idea venir… — tendí la caja en su dirección, él la miró —. Traje chocolates.

— Me porté muy mal al no llamarte, ¿verdad? — asentí con la cabeza —. Realmente lo siento, muñeca — sus manos me cacharon y atrajeron a su pecho, mis preocupaciones bajaron al oler su perfume. Me sentía en casa —. Han sido unos días difíciles y lo menos que quería era portarme pesado contigo — besó mi cabello y apretó aún más mi cuerpo contra el suyo. ¡Lo había extrañado muchísimo!




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