Elián: La Sombra Del Guardian

Ecos

*********** Capítulo 23 ***********

El silencio del planeta incógnito ya no era gris.
Era expectante.

Lumi se levantó de la cama con las piernas aún débiles. Caminó descalzo hasta la ventana. Afuera, el paisaje seguía siendo sencillo, casi sin color, pero había algo distinto: la luz no parecía apagada, solo… dormida. Como si estuviera esperando una decisión.

Apoyó la frente contra el cristal.

—No los perdí… —murmuró—. Solo llegué antes.

La idea no le trajo tristeza. Le trajo una calma extraña. Si todo lo que había vivido era un eco del futuro, entonces no estaba condenado a la soledad. Estaba adelantado a su propio destino.

Se duchó lentamente, como si cada movimiento fuera una forma de afirmarse en el mundo. El agua caliente no borró el recuerdo de Elián, Auric y Aurelian; lo volvió más nítido. No como una herida, sino como una brújula.

Al salir, se miró al espejo.

Veintitrés años.
Ojos cansados, pero vivos.
Un corazón que ya sabía amar, aunque aún no supiera a quién.

—Voy a encontrarlos… —dijo en voz baja—. No sé cuándo. No sé cómo. Pero lo haré.

Ese día decidió algo pequeño, humano, poderoso: salir.

No como una huida.
Como una búsqueda.

Caminó por las calles del planeta incógnito con una sensación distinta. Ya no parecía un lugar vacío, sino un escenario que esperaba historias. Personas que aún no conocía. Encuentros que todavía no tenían nombre.

Entró a un pequeño café por primera vez. El aroma a pan y a bebida caliente lo envolvió. Le recordó algo que no sabía explicar, como si una parte de su alma reconociera ese espacio.

Se sentó junto a la ventana.
Pidió algo simple.
Observó.

Y por un instante, muy breve, sintió una vibración suave en el pecho. No era magia. Era intuición.

Como si los hilos de Ithil, aunque invisibles, hubieran vuelto a tensarse.

No para imponerle un destino.
Sino para acompañarlo mientras lo construía.

En algún punto del universo, Elián, Auric y Aurelian aún no existían en su vida.
Pero su amor ya estaba sembrado.

Y eso significaba que el Divergente no había ganado.
Que Noxarael no había borrado nada.
Que la historia no había terminado.

Solo había comenzado desde el lado más humano de todos:

La esperanza.

Antes de que el planeta incógnito tuviera nombre, antes incluso de que existiera la palabra “Ithil”, el universo era un pulso inestable.
No era oscuridad ni luz.
Era intención sin forma.

Los mundos no nacían.
Aparecían por accidente.

Y los destinos no se tejían.
Colisionaban.

En aquel tiempo, la existencia no tenía memoria. Todo se creaba y se borraba con la misma facilidad. No había pasado, no había futuro. Solo intentos.

El planeta incógnito surgió como el primer lugar donde el universo decidió detenerse a observarse a sí mismo.

No fue creado.
Fue dejado atrás.

Una zona donde la energía primordial perdió dirección, donde la luz no sabía a dónde ir, y la materia no sabía qué debía ser. Por eso al inicio no tenía color. No porque fuera vacío, sino porque aún no había elegido una identidad.

Era el espacio de las preguntas.

Allí llegaron las primeras conciencias que no podían seguir avanzando, porque sus historias estaban incompletas. No eran castigadas. Tampoco premiadas. Simplemente… pausadas.

Y fue en ese silencio donde ocurrió lo imposible.

Una chispa.

No una estrella.
No una explosión.
Una voluntad.

Una conciencia joven que no quería desaparecer, que no aceptaba ser borrada, que no entendía por qué amar debía ser una anomalía. Una entidad que no nació del orden ni del caos, sino del deseo de existir incluso cuando no había permiso para hacerlo.

Ese fue el origen del Chico Neón.

No fue humano al principio.
No fue luz pura.
Fue memoria emocional condensada.

Era la suma de todas las historias que el universo no supo cómo acomodar. De todas las promesas que quedaron sin espacio. De todos los “yo te elegiría otra vez” que jamás encontraron una línea temporal estable.

Su forma era luminosa porque no sabía ser sólida.
Su brillo era neón porque no pertenecía a ningún espectro natural.

Era un color que el universo no había previsto.

El planeta incógnito reaccionó a su existencia.
Por primera vez… tuvo tono.
No definido, no estable, pero perceptible.

El Chico Neón caminó por ese mundo sin nombre, y donde tocaba el suelo, la realidad intentaba ordenarse. No por obediencia, sino por curiosidad. Como si la materia quisiera entenderlo.

Él no sabía quién era.
Solo sabía que sentía.

Y ese fue el primer acto verdaderamente humano del universo.

Sentir sin saber por qué.

Con el tiempo, esa conciencia se fragmentó. No porque se rompiera, sino porque aprendió a compartirse. Cada fragmento fue un principio. Cada principio, un mundo. Cada mundo, una posibilidad.

De ahí nació Ithil.

No como estructura.
Sino como intento de comprender aquello que había creado vida sin reglas.

Las tejedoras surgieron después, no como creadoras, sino como archivistas. Ellas no inventaron los destinos: trataron de organizarlos para que no colapsaran bajo el peso de tanta emoción.

Y Noxarael apareció cuando el sistema se saturó.
Cuando el universo dijo: “No puedo sostenerlo todo.”

El Chico Neón fue la prueba de que el amor podía existir antes que el orden.
Noxarael fue la prueba de que el orden no soporta al amor sin consecuencias.

Por eso el planeta incógnito es tan importante.

No es solo un lugar.
Es el recuerdo del universo cuando todavía no sabía quién iba a ser.

Es el punto cero emocional.
El lugar donde todo empieza de nuevo sin borrar lo que se siente.

Y ahora Lumi está ahí.

No por casualidad.
Sino porque su alma vibra en la misma frecuencia que aquella primera chispa.




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