***********Capítulo 25 ***********
La noche había llegado en silencio.
No era el silencio vacío de los mundos abandonados ni el de los corredores perdidos entre dimensiones. Era un silencio cálido, vivo, lleno de respiraciones tranquilas y del murmullo lejano de las hojas movidas por el viento.
Lumi estaba sentado sobre una colina cubierta de hierba plateada.
Aurelian dormía entre sus brazos.
El pequeño había crecido durante las últimas semanas. Sus alas, aún demasiado grandes para su cuerpo, se movían de vez en cuando mientras soñaba. Pequeñas partículas doradas escapaban de sus plumas y flotaban alrededor de él como polvo de estrellas.
Lumi sonrió.
Todavía le costaba creer que aquello fuera real.
Durante tanto tiempo había vivido esperando la siguiente batalla, el siguiente desastre, la próxima despedida.
Y, sin embargo, allí estaba.
Respirando.
Viviendo.
Amando.
A lo lejos, miles de pequeñas luces comenzaron a aparecer entre la hierba.
Primero fueron unas pocas.
Luego decenas.
Después cientos.
Luciérnagas.
Aurelian abrió lentamente los ojos.
Sus pupilas verdes reflejaron los pequeños destellos que danzaban alrededor de la colina.
—¿Estrellas? —preguntó con voz adormilada.
Lumi soltó una suave risa.
—No exactamente.
—¿Entonces qué son?
Una de las luciérnagas se acercó hasta posarse sobre el dedo del pequeño.
Su luz era tenue.
Delicada.
Como un corazón latiendo.
—Son luciérnagas —explicó Lumi—. Criaturas pequeñas que brillan cuando llega la oscuridad.
Aurelian observó fascinado cómo la diminuta luz se elevaba nuevamente hacia el cielo.
—¿Tienen miedo de la noche?
Lumi permaneció en silencio unos segundos.
Después negó con la cabeza.
—Creo que brillan precisamente porque existe la noche.
El pequeño pareció pensar en aquellas palabras.
Muy lejos, detrás de ellos, una figura los observaba.
Auric.
Se encontraba apoyado contra un árbol mientras el viento movía suavemente sus alas negras.
Por primera vez en mucho tiempo, no estaba vigilando el horizonte.
No buscaba amenazas.
No esperaba una tragedia.
Simplemente contemplaba a su familia.
Y esa sensación resultaba extraña.
Hermosa.
Dolorosamente hermosa.
Porque después de pasar años luchando por conservar aquello que amaba, ahora debía aprender algo mucho más difícil:
Confiar en que podía quedarse.
Sin guerras.
Sin despedidas.
Sin finales.
Solo quedarse.
Mientras tanto, las luciérnagas seguían apareciendo.
Más y más.
Como pequeñas estrellas descendiendo sobre la tierra.
Como si el propio universo hubiera decidido acercarse para contemplarlos.
Y entre todas aquellas luces diminutas, ninguna de ellas notó que una luciérnaga diferente había surgido cerca del bosque.
Su brillo era azul.
Más intenso.
Más antiguo.
Y observaba a Aurelian.
Como si lo reconociera.
Como si hubiera estado buscándolo durante mucho tiempo.
La luciérnaga azul permaneció inmóvil entre las sombras del bosque.
Su luz no parpadeaba como la de las demás.
Brillaba de forma constante.
Serena.
Antigua.
Como una estrella que hubiera olvidado cómo apagarse.
Aurelian fue el primero en verla.
Sus pequeños ojos verdes se abrieron con curiosidad.
—Lumi...
—¿Sí?
—Esa luce diferente.
Lumi siguió la dirección de su dedo.
Entre cientos de destellos dorados, encontró aquella luz azul observándolos desde la distancia.
Frunció ligeramente el ceño.
Era hermosa.
Pero algo en ella le resultaba extraño.
No peligroso.
Solo... familiar.
Como una canción escuchada hace mucho tiempo.
Antes de que pudiera acercarse, la luciérnaga alzó el vuelo.
Su brillo atravesó lentamente la oscuridad.
Aurelian soltó una risita.
—¡Quiere jugar!
—Espera...
Pero el pequeño ya había extendido sus alas.
Las plumas doradas y negras se abrieron detrás de él mientras avanzaba unos pasos por la colina.
La luciérnaga azul se alejó.
Aurelian la siguió.
Y ella volvió a alejarse.
Como si estuviera guiándolo.
—Aurelian —llamó Auric desde el árbol—. No te alejes demasiado.
—Solo un poquito.
—Eso dijiste la última vez.
—Y regresé.
Auric suspiró.
—Porque te encontré colgado de una nube.
—Era una nube interesante.
Lumi no pudo evitar reír.
Aurelian sonrió orgulloso.
Para él aquello parecía una excelente justificación.
La luciérnaga azul continuó avanzando hacia el bosque.
No iba rápido.
Parecía asegurarse de que el pequeño pudiera seguirla.
Finalmente se detuvo cerca de un círculo de flores plateadas.
Aurelian se arrodilló.
La observó con fascinación.
—Hola.
La luciérnaga descendió hasta posarse sobre una flor.
Su brillo aumentó ligeramente.
Y entonces ocurrió algo extraño.
Las demás luciérnagas comenzaron a reunirse alrededor de ella.
Decenas.
Luego cientos.
Como si hubieran recibido una llamada silenciosa.
Las pequeñas luces formaron una espiral brillante alrededor del niño.
Lumi y Auric intercambiaron una mirada.
Ahora ambos estaban atentos.
Aquello no parecía un comportamiento normal.
Las luciérnagas giraban cada vez más rápido.
La luz azul se volvió intensa.
Las flores plateadas comenzaron a iluminarse.
Y de pronto, en el centro de la espiral, apareció una imagen.
No era un portal.
No era una grieta dimensional.
Era un recuerdo.
Una figura femenina hecha de luz.
Cabello largo.
Alas inmensas.
Ojos llenos de ternura.
Aurelian se quedó inmóvil.
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Editado: 02.08.2026