***********Capítulo 26 ***********
La grieta seguía abierta.
Las estrellas cercanas continuaban apagándose una tras otra.
Y aquellos enormes ojos dorados permanecían fijos sobre Aurelian.
Nadie se movía.
Nadie se atrevía a hacerlo.
Era como si el universo entero estuviera esperando.
Esperando la siguiente palabra.
El siguiente latido.
El siguiente desastre.
—¿Padre...?
La voz de Aurelian apenas fue un susurro.
Sin embargo, la reacción fue inmediata.
La realidad tembló.
Las montañas lejanas vibraron.
Las luciérnagas restantes explotaron en destellos de luz azul.
Y los ojos del otro lado de la grieta se abrieron aún más.
Como si aquella palabra hubiera despertado algo antiguo.
Algo olvidado.
Algo que jamás debió volver a recordar.
Lumi reaccionó primero.
Tomó a Aurelian entre sus brazos y retrocedió.
—No.
La voz le tembló.
—No te acerques.
Auric desplegó las alas.
La oscuridad de sus plumas se mezcló con los restos de luz que aún flotaban en el aire.
—Sea lo que sea esa cosa, no va a tocarlo.
La mujer luminosa levantó la mirada.
Por primera vez parecía aterrorizada.
—No lo entienden...
—Entonces explícalo —exigió Auric.
La mujer observó la grieta.
Su voz se quebró.
—Eso no es una criatura.
—¿Qué?
—No es un dios.
No es un monstruo.
No es un ser vivo.
El silencio cayó sobre el claro.
Y entonces pronunció unas palabras que helaron la sangre de todos.
—Es una conciencia.
—¿Una conciencia?
—La primera.
Las raíces del Árbol de las Luces Errantes comenzaron a resquebrajarse.
Las hojas brillantes caían por miles.
Como si incluso el árbol tuviera miedo.
La mujer continuó:
—Antes de las estrellas...
Antes de la materia...
Antes del tiempo...
Existió una única conciencia.
Una voluntad capaz de observar el vacío.
Una presencia tan inmensa que terminó convirtiéndose en la base de toda existencia.
Lumi sintió un escalofrío.
Aquello sonaba imposible.
Pero después de todo lo que habían vivido, imposible era una palabra que había perdido significado.
—¿Y qué tiene que ver eso con Aurelian? —preguntó.
La mujer cerró los ojos.
—Todo.
La grieta rugió.
No con sonido.
Sino con energía.
Millones de símbolos aparecieron en el cielo.
Los mismos que habían visto bajo el árbol.
La estrella de ocho puntas volvió a encenderse sobre el pecho de Aurelian.
Esta vez más brillante que nunca.
El pequeño gritó.
Una oleada de luz dorada atravesó el bosque.
Y durante un segundo...
Todos vieron algo.
No una visión.
Un recuerdo.
El nacimiento del universo.
Un océano infinito de oscuridad.
Y en medio de él...
Una única partícula.
Pequeña.
Brillante.
Palpitante.
La primera chispa.
La primera posibilidad.
La primera existencia.
La partícula que permitió que todo lo demás pudiera existir.
Galaxias.
Tiempo.
Vida.
Amor.
Dolor.
Esperanza.
Todo.
Y entonces una voz resonó dentro de sus mentes.
La misma voz que provenía de la grieta.
Más antigua que la realidad.
Más antigua que la luz.
Yo fui el comienzo.
Yo fui la primera posibilidad.
Yo fui el primer pensamiento.
Las estrellas comenzaron a girar alrededor de la grieta.
La mujer luminosa cayó de rodillas.
Las luciérnagas huyeron.
El Árbol de las Luces Errantes comenzó a marchitarse.
Y la voz continuó.
Los mortales me dieron muchos nombres.
Creación.
Origen.
Padre.
Dios.
Aurelian sintió que las lágrimas recorrían su rostro.
Porque una parte de él reconocía aquella voz.
La reconocía desde el fondo de su alma.
Y eso era lo más aterrador de todo.
Entonces la entidad pronunció una última frase.
Una frase que hizo que incluso la realidad pareciera contener la respiración.
Aurelian...
Tú no eres mi hijo.
Eres mi corazón.
El universo quedó en silencio.
Ni el viento. Ni las hojas. Ni las luciérnagas.
Nada se movía.
Solo aquella frase resonando en la mente de todos.
Tú no eres mi hijo.
Eres mi corazón.
Aurelian sintió que algo se rompía dentro de él.
No físicamente.
Era una barrera.
Un muro invisible que había existido desde antes de su nacimiento.
Miles de imágenes comenzaron a atravesar su mente.
Destellos.
Fragmentos.
Recuerdos imposibles.
Vio galaxias naciendo como flores de fuego.
Vio estrellas encenderse en océanos de oscuridad.
Vio universos completos crecer y desaparecer en un solo suspiro.
Y en medio de todo aquello...
Una figura.
Una inmensa silueta hecha de luz.
Sola.
Completamente sola.
Observando la creación desde el vacío.
Esperando.
Durante eras.
Durante eternidades.
Esperando algo que ni siquiera sabía que había perdido.
—¡Aurelian!
La voz de Lumi logró alcanzarlo.
El pequeño cayó de rodillas.
Su pecho brillaba con tanta intensidad que resultaba difícil mirarlo directamente.
Auric se acercó de inmediato.
—Respira.
—No puedo...
—Sí puedes.
—Hay demasiadas voces...
La mujer luminosa abrió mucho los ojos.
—Está conectándose.
—¿Con qué? —preguntó Lumi.
—Con el Núcleo Primordial.
El cielo se agrietó un poco más.
La oscuridad detrás de la grieta comenzó a derramarse sobre las estrellas.
No era sombra.
No era energía.
Parecía ausencia.
Como si la realidad estuviera siendo borrada.
Entonces ocurrió algo inesperado.
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Editado: 02.08.2026