Elián: La Sombra Del Guardian

Nox

***********Capítulo 27 ***********

Habían pasado varias semanas desde la despedida de la Madre de las Constantes.

Varias semanas desde que las estrellas lloraron.

Varias semanas desde que Aurelian descubrió quién era.

Y, por primera vez en mucho tiempo, el universo estaba en paz.

No había grietas en el cielo.

No había profecías.

No había guerras.

Solo días tranquilos.

Días normales.

Y para ellos, aquello era un milagro.

El planeta Luna de Cristal se encontraba en el borde de los Caminos de Luz.

Era un mundo silencioso.

Hermoso.

Sus montañas parecían estar talladas en cristal transparente, reflejando los colores de las estrellas durante la noche.

Los lagos brillaban con una luz plateada.

Y cuando el viento soplaba entre los valles, los cristales emitían suaves melodías que parecían canciones olvidadas.

Aurelian corría por una pradera luminosa persiguiendo pequeñas mariposas de luz.

Sus risas resonaban por todo el valle.

—¡Voy a atraparla!

La mariposa cambió de dirección.

Aurelian también.

La mariposa subió.

Aurelian intentó subir.

Y terminó rodando colina abajo.

—¡Aurelian! —gritó Lumi.

—¡Estoy bien!

—Eso dijiste antes de caer.

—Porque estoy bien.

Auric observó la escena desde una roca cercana.

—Definitivamente heredó algo de ti.

Lumi sonrió.

—¿Por qué siempre asumen que soy yo?

—Porque nadie ha tropezado con más cosas que tú.

—Eso es exagerado.

—Recuerdo al menos siete portales.

—No fueron siete.

—Fueron nueve.

Lumi giró la cabeza.

—¿Nueve?

—Los conté.

La voz provenía de detrás de ellos.

Elián apareció caminando por el sendero.

Y durante un instante el mundo pareció detenerse.

No por magia.

No por destino.

Sino porque, después de todo lo vivido, todavía había momentos en los que Lumi olvidaba respirar al verlo.

Elián sonrió.

Aquella sonrisa tranquila que siempre lograba encontrarlo incluso en los peores días.

—Definitivamente fueron nueve.

Auric soltó una carcajada.

—Gracias.

—No ayudes.

—Nunca.

Lumi intentó parecer ofendido.

Pero terminó sonriendo.

Porque era imposible no hacerlo.

No allí.

No con ellos.

Aurelian corrió inmediatamente hacia Elián.

—¡Mira!

Le mostró una pequeña flor cristalina que había encontrado.

La flor emitía destellos dorados cada pocos segundos.

Elián la observó maravillado.

—Es hermosa.

—La encontré para ti.

El corazón de Elián se derritió al instante.

—Entonces es el mejor regalo que he recibido.

Aurelian sonrió orgulloso.

Y le entregó la flor.

Auric observó la escena en silencio.

Lumi también.

Ninguno dijo nada.

Porque ambos sabían lo importante que era aquel momento.

Elián había pasado años luchando contra sombras.

Contra pérdidas.

Contra sí mismo.

Y ahora estaba allí.

Recibiendo flores de un niño que lo quería sin condiciones.

Sin miedo.

Sin pasado.

Solo amor.

La tarde continuó avanzando.

El cielo comenzó a teñirse de tonos violetas y plateados.

Y entonces ocurrió algo inesperado.

Miles de pequeños cristales comenzaron a iluminarse en las montañas.

Uno tras otro.

Como estrellas despertando sobre la tierra.

Aurelian abrió los ojos.

—¡Miren!

Todo el valle resplandeció.

La luz se reflejó en los lagos.

En las montañas.

En el cielo.

Transformando Luna de Cristal en un océano de brillo plateado.

Lumi quedó sin palabras.

Auric tampoco dijo nada.

Elián observó maravillado.

—Ahora entiendo por qué llaman así a este lugar.

Las luces siguieron multiplicándose.

Más y más.

Hasta cubrir el horizonte completo.

Era como caminar dentro de una galaxia.

Y en medio de aquella belleza, Aurelian tomó una mano de Lumi y otra de Elián.

Luego extendió una de sus alas hacia Auric.

—¿Qué haces? —preguntó Auric.

—Nada.

—Eso suena sospechoso.

—Solo quiero que vean.

Los tres se acercaron.

Y juntos observaron el espectáculo.

Miles de luces danzando bajo la noche.

Miles de reflejos convirtiendo el mundo en un sueño.

Durante un instante, nadie habló.

Porque algunos momentos son demasiado hermosos para interrumpirlos con palabras.

Y muy arriba, entre las estrellas, una pequeña luz plateada observaba.

Brillando suavemente.

Como si alguien, desde algún lugar lejano, siguiera cuidándolos.

La noche había terminado de desplegarse sobre Luna de Cristal.

Miles de reflejos plateados cubrían el paisaje.

Las montañas brillaban.

Los lagos parecían espejos de estrellas.

Y el cielo se confundía con la tierra hasta el punto de que resultaba imposible saber dónde terminaba uno y comenzaba la otra.

Aurelian caminaba entre los cristales luminosos con los ojos llenos de asombro.

Cada pocos pasos se detenía.

Observaba algo.

Se maravillaba.

Y volvía a correr.

Como si el universo entero fuera un lugar nuevo.

Y, para él, lo era.

Lumi lo observaba desde la distancia.

Con una sonrisa tranquila.

Había pasado tanto tiempo sobreviviendo que aún estaba aprendiendo a disfrutar de momentos así.

Momentos sencillos.

Momentos donde nadie corría peligro.

Momentos donde podía simplemente ser feliz.

—Lo estás haciendo otra vez.

La voz de Elián llegó suave.

Cercana.

Lumi giró el rostro.

—¿Qué cosa?

—Pensar demasiado.

—No estaba pensando demasiado.

—Lumi.

—Bueno... quizá un poco.

Elián sonrió.

Aquella sonrisa que siempre parecía conocerlo mejor de lo que él mismo se conocía.




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