*********** Capítulo 31 ***********
La paz regresó a Luna de Cristal.
O al menos eso parecía.
Después de la liberación de Nox y la destrucción de la antigua maldición, el planeta entero había cambiado.
Las nuevas estrellas azul-plateadas seguían brillando en el cielo.
Los lagos reflejaban constelaciones que antes no existían.
Y los habitantes de Luna de Cristal hablaban de aquella noche como si hubiera sido el nacimiento de una nueva era.
Nox comenzaba a sonreír con más frecuencia.
Aurelian no se separaba de él.
Auric volvía a encontrar tranquilidad en las pequeñas cosas.
Y Lumi...
Lumi observaba todo aquello con felicidad.
Su familia estaba completa.
O eso creía.
Elián no podía dormir.
Otra vez.
Permanecía sentado junto a una ventana mientras la madrugada cubría el planeta.
Todos descansaban.
Nox dormía profundamente por primera vez en mucho tiempo.
Aurelian abrazaba una pequeña manta mientras soñaba.
Auric permanecía dormido junto a Lumi.
Todo estaba bien.
Entonces...
¿Por qué sentía aquel vacío?
Elián cerró los ojos.
Intentando ignorarlo.
Pero allí seguía.
Una sensación extraña.
Como si algo estuviera observándolo.
Esperando.
A la mañana siguiente intentó actuar con normalidad.
Como siempre.
Sonrió.
Ayudó a preparar el desayuno.
Escuchó las historias interminables de Aurelian.
Incluso acompañó a Nox durante parte de su entrenamiento.
Pero había algo diferente.
Algo que nadie parecía notar.
Excepto Auric.
—Te ves cansado.
Elián levantó la mirada.
—Dormí poco.
—Llevas diciendo eso tres días.
Elián sonrió.
—¿Ahora eres experto en mí?
Auric cruzó los brazos.
—No.
Pausa.
—Pero te conozco.
Elián apartó la mirada.
Y eso fue suficiente para preocuparlo.
Porque normalmente siempre tenía una respuesta.
Aquella tarde decidió caminar solo.
Necesitaba despejar su mente.
El Jardín de Cristal seguía recuperándose después del ataque.
Las flores volvían a crecer.
Los árboles brillaban nuevamente.
Todo parecía sanar.
Excepto él.
Elián avanzó entre los senderos de cristal.
Sin rumbo.
Sin pensar.
Hasta que algo llamó su atención.
Un reflejo.
En uno de los lagos.
Se detuvo.
Miró el agua.
Y allí estaba.
Su reflejo.
Pero algo era diferente.
Muy diferente.
El reflejo no se movió al mismo tiempo que él.
Elián sintió un escalofrío.
Parpadeó.
Y la imagen desapareció.
—Estoy cansado.
Susurró.
Intentando convencerse de que era imaginación.
Continuó caminando.
Pero unos minutos después volvió a verlo.
Esta vez en el cristal de un árbol.
Una silueta.
Alguien observándolo.
Alguien con su misma forma.
Su misma altura.
Sus mismas alas.
Elián se giró rápidamente.
No había nadie.
Volvió a mirar el cristal.
Vacío.
El corazón comenzó a acelerarse.
Por primera vez en mucho tiempo sintió miedo.
No un miedo físico.
Algo más profundo.
Algo difícil de explicar.
Como si una parte olvidada de sí mismo acabara de despertar.
Esa noche regresó a casa.
Intentó actuar normalmente.
Pero Lumi lo notó.
Por supuesto que lo notó.
Lumi siempre lo notaba.
—¿Estás bien?
La pregunta llegó cuando ambos quedaron solos en la cocina.
Elián sonrió automáticamente.
—Sí.
—Mentiroso.
La respuesta fue inmediata.
Elián soltó una pequeña risa.
—¿Tan obvio soy?
Lumi se acercó.
—Solo conmigo.
Aquella respuesta calentó su corazón.
Pero también hizo que la culpa creciera.
Porque no quería preocuparlo.
No después de todo lo que habían vivido.
—Solo estoy cansado.
Lumi lo observó durante varios segundos.
Y aunque no parecía convencido, decidió respetar el silencio.
—Si necesitas hablar...
—Lo sé.
Lumi sonrió.
—Bien.
La noche cayó.
Y con ella llegó el verdadero problema.
Elián despertó sobresaltado.
No sabía por qué.
La habitación estaba oscura.
Silenciosa.
Pero algo lo había despertado.
Entonces escuchó una voz.
Muy cerca.
Demasiado cerca.
—Sigues haciéndolo.
Elián se incorporó inmediatamente.
Su corazón comenzó a golpear con fuerza.
—¿Quién está ahí?
Silencio.
Después la voz volvió.
Más clara.
Más profunda.
Más familiar.
—Sigues fingiendo que estás bien.
Elián quedó inmóvil.
Porque conocía aquella voz.
La conocía perfectamente.
Era imposible.
Porque era la suya.
Se levantó rápidamente.
Miró alrededor.
Nada.
Nadie.
La habitación estaba vacía.
Entonces caminó hacia el espejo de cristal.
Y allí lo vio.
Por apenas un segundo.
Un reflejo.
Su reflejo.
Pero no era él.
Las alas eran negras.
Atravesadas por grietas plateadas.
Los ojos parecían vacíos.
Tristes.
Cansados.
Mucho más cansados que los suyos.
La figura sonrió.
Una sonrisa rota.
Dolorosa.
Y susurró una sola frase:
—¿Cuánto tiempo más piensas cargar con todo tú solo?
El espejo se agrietó.
La imagen desapareció.
Y Elián retrocedió.
Sin saber que acababa de encontrarse por primera vez con aquello que llevaba años escondiendo.
Aquello que conocía todos sus secretos.
Todos sus miedos.
Todos sus pensamientos.
Aquello que pronto tendría un nombre.
Umbrael.
Elián no volvió a dormir.
Permaneció sentado junto a la ventana hasta que el amanecer comenzó a teñir de azul las montañas de Luna de Cristal.
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Editado: 02.08.2026