Elira se sorprendió cuando únicamente el mayordomo la acompañó hasta la habitación de su pequeño paciente, dado a que el Duque siempre está presente cuando realiza el tratamiento. Vigilandola. Ella siente como sus feroces y rojos ojos siguen cada uno de sus movimientos, con demasiado detenimiento y cuidado.
Por lo que, le fue inevitable sentirse relajada.
No se sintió presionada por la abrumadora aura de aquel hombre. Cosa que le permitió concentrarse un poco más en el niño. Quién, es la viva copia del Duque, solo que en una versión miniatura. Se sintió mal, cuando el pensamiento de que pudiera tratarse de un hijo ilegítimo, invadió su mente.
Después de todo. Cualquiera que fuera su procedencia, no debía ser de su incumbencia, nada más estaba allí para curarlo.
Y una vez lo haya hecho regresará a Parcell.
No hay ningún motivo por el cuál debería quedarse en la mansión, por muy bien que la traten. Es solo una especie de invitada temporal… nada más.
—Permítame acompañarla a su habitación, señorita —dice Joseph, una vez Elira anuncia que ha terminado con el tratamiento.
La joven, asiente con la cabeza en afirmación.
En silencio sigue al mayordomo. Aunque no lo dice en voz alta, agradece tener a una persona que la guíe. Le avergüenza admitir que aún habiendo recorrido el mismo camino varias veces desde su llegada, todavía se le dificulta moverse dentro de la mansión por sí misma. En su defensa. Con tantos pasillos, puertas y escaleras; el lugar parece más un laberinto que una mansión en sí.
Sin embargo. No niega que es bastante llamativa y elegante. Sus brillantes y costosos pisos de mármol, hermosos calados en las paredes bañados en oro. Ni que decir de los vitrales en las ventanas, que a simple vista dejan en evidencia lo antiguos que son.
No hay duda es un digno hogar para uno de los hombres más ricos de Eros. Nada comparado con una humilde y destartalada casucha.
—Hemos llegado, señorita.
Joseph, la trae de vuelta a la realidad.
Estaba tan ensimismada en sus pensamientos que no se dió cuenta que estaba justo delante de la puerta de su habitación. Aclara su garganta un tanto avergonzada antes de soltar un leve:
—Gracias.
—Solo hago mi trabajo, así que, no es necesario que me agradezca —le hace saber el mayordomo, con un tono amable pero cortante al mismo tiempo. Nada más cuidaba de la mujer porque su señor se lo ordenó antes de partir, si se permitía ser honesto, todavía no confía del todo en ella—. Con su permiso, me retiro.
—Espere un momento —Elira, lo detiene justo a tiempo.
—¿Necesita algo, señorita?
Ella pensó por un breve momento en sí tenía derecho o no a hacer una simple petición, pero, al final se llenó de valor y habló de todas maneras.
—Un libro. Quiero saber si me podría conseguir uno.
No quería ser una molestia, aún así, aparte de tratar el flujo de maná del niño no hacía más que estar encerrada y ya empezaba a aburrirse.
—Por supuesto —respondió Joseph a su sorpresa. Tampoco es que fuera algo tan difícil. En el interior de la mansión hay una biblioteca que contiene una gran variedad de ejemplares, lastima qué Albenis, después de la muerte de sus padres rara vez pase por allí—, ¿hay un género en específico que quiera leer?
—No en realidad.
—De acuerdo. Espero que no le importe tener que esperar hasta mañana —le hace saber el mayordomo.
—Para nada —contestó Elira con una leve sonrisa.
Dicho esto. El anciano da por terminada la conversación y antes de marcharse recuerda despedirse de ella.
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—¿Con que estas son las asquerosas ratas que se ocultaban en mi territorio?
Albenis, observa a los cuatro hombres que Amaro, en compañía de otros dos soldados arrojaron a sus pies. Los cuales no dejaban de temblar ante la imponente presencia de a quién llamaban "El verdugo del Norte".
Su voz profunda y aquellos ojos fríos cuyo color era igual a la sangre, fueron más que suficiente para causarles terror. Pues. Era obvio que las cosas no terminarían bien para ellos. Se suponía que entrarían y saldrían sin que nadie lo notara. Después de todo, el Duque, no acostumbra visitar el lado sur de la frontera que separa el Norte con el resto del Imperio… o eso les dijo el idiota del Marqués Solís cuando los contrató para el trabajo.
Por creer que sería dinero fácil, terminaron entrando a la guarida de un lobo y, uno muy peligroso.
—Y bien —dijo Albenis, desenfundando su espada—, ¿quién de ustedes será el primero?
—¿El primero en que? —pregunta a su vez uno de los capturados, tratando de hacerse el valiente.
Sin embargo, su osadía no duró mucho al ver la sonrisa en el rostro del Duque.
—En morir, por supuesto.
—¡Por favor, no nos mate! —súplica otro de los capturados —el más joven de todos—, desesperado por querer conservar su vida—. Solo seguíamos or…
Su frase quedó a la mitad a causa de que su cabeza fue separada del resto de su cuerpo, por la afilada y rápida espada del Duque.
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Editado: 30.09.2023