Me quité el delantal apenas el reloj del restaurante marcó las once en punto. El tintineo de vasos en la barra todavía seguía, mezclado con las risas de un par de clientes que parecían no tener prisa por volver a casa. Yo sí. Sonreí con la cortesía automática de siempre al despedirme de mis compañeros, como si de verdad me importara la conversación que dejaba atrás. No era el caso.
El aire frío de la noche canadiense me recibió en cuanto crucé la puerta trasera. Una bocanada helada que me recordó, como cada día, que mi vida fuera de estas paredes no tenía testigos. Adentro soy “Liz, la mesera simpática”. Afuera vuelvo a ser Elizabeth, la que no devuelve llamadas, la que nunca acepta invitaciones, la que prefiere el silencio antes que las voces.
Caminé hacia la parada del autobús con las manos hundidas en los bolsillos y la sensación de que la ciudad, a esa hora, pertenecía solo a quienes no tienen a nadie esperándolos.
Solo había pasado media hora hasta llegar a casa. No quedaba tan lejos, pero el frío era razón suficiente para evitar el camino a pie.
Al entrar, me recibió mi madre con la misma sonrisa cálida de siempre.
—¿Cómo te fue en el trabajo? —preguntó.
—Igual que todos los demás días, mamá. No pasó nada nuevo —respondí con un tono apagado.
No me malinterpreten, no es que me lleve mal con mi madre, ni mucho menos. Simplemente estaba cansada y lo único que quería era encerrarme en mi cuarto. Cuando ya estaba subiendo las escaleras, su voz me detuvo:
—¿No quieres comer algo?
Me giré y la vi junto a la mesa. Había preparado sopa de guisantes, suficiente para dos personas. Supuse que quería que cenáramos juntas, así que no me negué, aunque el apetito brillaba por su ausencia.
—Está delicioso, gracias… pero no tenías por qué molestarte.
—No es molestia —respondió con ternura—. Hace frío afuera, y quería que tuvieras algo caliente.
Sin darme cuenta, ya era pasada la medianoche. Me levanté, lavé los platos y subí a mi cuarto. Mi pequeño refugio. Una cama, un armario, algunos muebles… y mi computadora, lo único que de verdad sentía como mío. Empecé a jugar por curiosidad, y ahora es casi mi manera de existir. Las horas se escurren entre partidas y conversaciones con desconocidos, y la rutina se repite: duermo un poco de día, trabajo, regreso a casa. Desde afuera parecería una vida vacía… pero yo no me siento así. No me aburro, no cuando estoy en mi propio mundo.
Me acerqué a la ventana. En el horizonte, la luz del sol ya podía apreciarse. El amanecer me sorprendía otra vez despierta. No me importó: era sábado, y ese día no tenía que trabajar. Pensaba pasar el fin de semana encerrada, como siempre. Sin embargo, algo dentro de mí —un impulso extraño, casi incómodo— me dijo que debía salir.
Bajé las escaleras y preparé el desayuno para las dos. Charlamos un rato antes de que ella se marchara al hospital. Ser doctora la mantenía ocupada la mayor parte del día. Desde niña aprendí a convivir con su ausencia, con esa especie de soledad cubierta por la rutina. Y, aunque la libertad parecía un regalo, en ocasiones se sentía como un peso invisible, uno que no sabía muy bien cómo cargar.
Las horas transcurrieron rápido. Al mediodía salí de casa y caminé hasta el Museo MacBride, ese lugar al que iban tanto turistas como locales. Para mí, era casi un refugio: había tanto por leer y observar que nunca me cansaba, aunque en realidad ya lo conocía de memoria. Me gustaba perderme entre sus pasillos, como si la historia pudiera silenciar mis propios pensamientos.
Después de un rato de recorrer cada rincón, me senté a descansar con los auriculares puestos. La música me envolvía y estaba a punto de levantarme para buscar algo de comer, cuando la vi.
Una de las guías del museo apareció con un grupo de visitantes. Tenía el cabello largo, recogido en una coleta sencilla, y parecía apenas un poco menor que yo. Era más baja, y sin embargo parecía llenar el espacio con su presencia. No escuchaba lo que decía —la música seguía sonando en mis oídos—, pero los demás la observaban con atención. Yo, en cambio, solo podía mirarla a ella.
Había algo en su forma de sonreír, en sus gestos seguros, que me desarmaba por completo. Me quedé perdida, como si todo el museo hubiera desaparecido, hasta que de pronto nuestras miradas se cruzaron. Ella sonrió ampliamente, levantó la mano y me hizo una seña para que me uniera al grupo.
Sentí cómo la sangre me subía al rostro. Solo pude sonrojarme, bajar la vista y, torpemente, me levanté para marcharme.
Caminé sin rumbo hasta entrar en un bar cercano, a apenas una cuadra del museo. Me senté junto a la ventana y pedí algo para comer, aunque el hambre se me había esfumado. Su imagen seguía repitiéndose en mi cabeza, y lo único que sentía era vergüenza. ¿Por qué había salido huyendo así? ¿Qué soy? ¿Una niña? Me odiaba un poco por haber reaccionado de esa manera, y aun así no podía dejar de sonreír con incredulidad.
Terminé de comer y volví decidida al museo. Quería disculparme por haber salido corriendo. Entré nerviosa, con la mirada inquieta, buscándola en cada sala. Pero no estaba. Con cada paso el temor crecía: tal vez su turno había terminado, tal vez ya se había ido.
Tras varios minutos recorriendo pasillos sin éxito, acepté la idea de que no la encontraría. Aun así, me armé de valor y me acerqué a recepción. ¿Qué podía decir? ¿Dónde está la chica linda de hace una hora? El simple pensamiento me hizo arder de vergüenza. Respiré hondo y solté lo primero que se me ocurrió.