Elizabeth

Capítulo II

El museo siempre había sido uno de mis lugares favoritos, aunque para la mayoría no pasara de ser más que una parada turística. Para mí, cada sala era un refugio: la historia del norte, los objetos antiguos, los relatos de los pioneros. Todo tenía algo que contar, y yo disfrutaba ser la voz que los mantenía vivos.

Trabajo aquí desde hace casi un año. No es el empleo soñado, claro, pero me gusta. Entre mis clases en la Universidad de Yukon y las horas que paso en este lugar, siento que aprovecho bien el tiempo. Además, me permite ahorrar, ganar algo de independencia… y, en el fondo, me da cierta seguridad tener un espacio donde pertenezco.

Nací en Colombia y viví allí hasta los nueve años, antes de que mis padres decidieran mudarse a Canadá. Aún no sé del todo cuáles fueron sus motivos; quizá buscaban un futuro más estable, quizá una vida distinta. Lo cierto es que, aunque me adapté rápido, parte de mí sigue sintiendo que tengo dos raíces diferentes, y ambas pesan lo suyo.

Soy hija única. A veces me dicen que por eso soy tan sociable, que busco afuera la compañía que nunca tuve en casa. Puede ser cierto. Siempre me resultó fácil hacer amigos, y mi relación con mis padres es buena, incluso cercana. No tengo demasiadas quejas.

Ese lunes comenzó como cualquier otro: despertador a las siete, una taza de café apresurado, el repaso mental de tareas pendientes de la universidad. Revisé apuntes antes de salir, me puse el uniforme del museo y caminé hasta el centro. El aire frío me enrojecía las mejillas, pero ya me había acostumbrado.

Llegué puntual, como siempre. Saludar en recepción, preparar la sala para el grupo de la mañana, ajustar la coleta de mi cabello corto frente a un espejo improvisado en la vitrina de vidrio. Todo era rutina, un mecanismo que repetía sin pensar.

Y, sin embargo, había algo distinto en el aire ese día. No sabría decir qué. Tal vez eran los nervios de guiar a un grupo más grande de lo habitual, o quizá… el recuerdo fugaz de una mirada que se cruzó con la mía días atrás, una mirada que todavía me rondaba la memoria.

No sabía entonces que volvería a verla.

Antes de comenzar mi turno me preparé un café; necesitaba algo que calmara mis nervios o, al menos, que me mantuviera despierta. No era la única que estaba así: al preguntarles a mis compañeros si querían uno, todos aceptaron sin dudarlo. Supuse que ellos también presentían lo mismo que yo: hoy sería un día movido, con muchos visitantes recorriendo el museo.

Con la bandeja en mano, repartí cada vaso hasta quedarme con el último, destinado a Eliot, el recepcionista. Él era de esas personas difíciles de descifrar: amable, discreto y confiable, aunque no hablaba demasiado. A veces nos sorprendía invitándonos a comer a todo el grupo, como si no le importara gastar de más. Entre nosotros circulaba el rumor de que tenía dinero suficiente como para no trabajar un solo día de su vida, y que estar en el museo era solo una forma de no aburrirse.

Me disponía a dejarle el café y marcharme cuando escuché su voz:
—Isabella —dijo con su tono calmado. Me detuve y me acerqué de nuevo, curiosa.
—El sábado pasado alguien preguntó por ti. No di información, por seguridad.

Sentí cómo algo se encendía dentro de mí. Las palabras apenas me habían llegado y ya quería saber más.
—¿Cómo era ella? —pregunté rápido, con un entusiasmo que me sorprendió a mí misma.

Eliot me miró arqueando una ceja, divertido.
—No dije que fuese “ella” —respondió, con una sonrisa extraña, como si hubiera descubierto algo que ni yo misma entendía—. No te preocupes, solo le mencioné que quizá, si venía hoy, podrías verla. Solo espero que eso no arruine tu manera de guiar a las personas —agregó, riendo bajo.

No entendía bien por qué me había emocionado tanto. Apenas recordaba su rostro, una fugaz impresión de una desconocida que me había observado desde lejos… ¿por qué esa idea lograba acelerarme así? Intenté convencerme de que solo era curiosidad, un deseo inocente de conocer mejor a alguien que había captado mi atención de forma inesperada. Nada más.

El tiempo fue avanzando con una lentitud insoportable. Cuando llegó mi turno de guiar al grupo, ya era casi mediodía. Los visitantes aguardaban, expectantes, y yo debía concentrarme en ellos, pero mis ojos se desviaban constantemente hacia la entrada, buscándola. Con cada minuto que pasaba y sin verla, un nudo de decepción me apretaba el pecho. Era absurdo, lo sabía, pero no podía evitarlo.

El lunes amanecí más temprano de lo habitual. Tal vez fueron los nervios o simplemente la costumbre de madrugar después de tantos turnos nocturnos, pero lo cierto es que a las ocho ya estaba en pie. La casa estaba silenciosa, apenas interrumpida por el crujido de la cafetera y el sonido del aceite caliente en la sartén. Como cada mañana, preparé el desayuno para mí y para mamá. Ella seguía dormida, pero me gustaba dejarle la mesa lista, era una forma de cuidar sin decir demasiado.

No logré comer con calma. Cada bocado se me hacía más pesado de lo normal, como si mi estómago supiera lo que me esperaba. Aun así, me obligué a terminar, fingiendo una serenidad que no sentía. Me repetía una y otra vez que no era nada extraordinario: solo asistiría a una de las visitas guiadas del museo, un lugar que conocía de memoria. Pero en el fondo, lo sabía… lo hacía por ella.

A las nueve y media salí de casa. El museo quedaba a pocas cuadras, así que en menos de diez minutos ya estaba ahí, demasiado temprano para entrar. Caminé por las veredas cercanas, sin rumbo, observando las vitrinas de las tiendas y el ir y venir de la gente. Todo me parecía más lento de lo normal, como si el tiempo se burlara de mí, alargándose a propósito.

Cuando por fin se acercaba la hora, me acomodé el buzo negro y subí la capucha, ocultando el rostro tanto como pude. No quería llamar la atención, no quería parecer ansiosa ni vulnerable. Con los pantalones blancos y anchos, y el paso tranquilo, casi parecía otra persona.




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