Me desperté con la luz de la mañana entrando por la ventana, despacio, como si el día también quisiera tomarse su tiempo. Por un instante estuve en silencio, recordando lo que había pasado ayer en el bar. Cómo la vi llegar, cómo parecía nerviosa mientras nos atendía. No podía evitar pensar en ello mientras me incorporaba en la cama.
—¿Cuándo podríamos salir? —murmuré para mí misma mientras me estiraba—. ¿Qué haríamos? Ni idea… pero quiero conocerla más.
No era algo romántico, al menos no podía llamarlo así. Era curiosidad, interés genuino. Liz me parecía diferente a todas las personas que suelo encontrar. Atenta, reservada, pero con algo que me hacía querer entenderla mejor.
Bajé a la cocina y encontré a mi madre sirviéndose un té. Me senté frente a ella, aún con la mente dando vueltas.
—Tienes cara de estar pensando en algo interesante —dijo, divertida.
Solté una risa corta, un poco nerviosa.
—No es nada… solo conocí a alguien ayer.
—¿A alguien? —preguntó con las cejas arqueadas, con esa chispa de picardía que siempre tiene.
—Sí… se llama Liz. La conocí en el museo y luego… bueno, me sorprendió verla como nuestra mesera. Es… interesante. Diferente. —Intenté sonar casual, pero seguro sonaba un poco rara.
Mi madre no pudo evitar reírse, esa risa que me hacía querer desaparecer y, al mismo tiempo, me resultaba reconfortante.
—¡Vaya! Parece que alguien te dejó pensando bastante. Mi hija y su magnetismo natural, ¿eh?
—Mamá… —rodé los ojos y sonreí, sonrojada—. No es eso. Solo… quise esperarla para hablar un poco, nada más.
—Ajá, claro —dijo, con un sorbo de té—. Está bien, está bien… pero parece que le gustó algo de ti.
Negué con la cabeza rápidamente, intentando que no se notara mi interés real. Solo asentí, dejando que ella se riera un poco más, mientras yo me concentraba en mi café. Sin darme cuenta, mi mente volvió a Liz y a la curiosidad de conocerla más, pensando en cuándo podríamos encontrar un momento para salir.
Luego de desayunar algo, fui a darme una ducha antes de salir un rato de casa. Tenía el día libre y solo necesitaba ir al museo si faltaba personal o necesitaban una guía. No me tomó mucho tiempo ducharme, y pronto ya estaba lista para salir. Antes de cerrar la puerta, me despedí de mamá y le dije que comería fuera.
La verdad es que no tenía ni idea de qué hacer. En un momento pensé en invitar a Liz a acompañarme a comer algo, así podríamos conocernos un poco más. Lo que me detenía era no saber si estaba ocupada o si seguía durmiendo; todavía recordaba las leves ojeras que había visto en su rostro cuando la conocí.
Después de darle unas vueltas, decidí escribirle.
—Hola —dije tranquila, tratando de sonar casual—. Quería saber si estás libre. Hoy no tengo nada que hacer y estaba pensando en ir a Shipyards Park, al lado del río. ¿Quieres venir conmigo?
—¡Claro! —respondió casi de inmediato—. Ahí nos vemos.
Cortó la llamada. Supuse que estaba contenta, quizá no esperaba que la contactara tan rápido. Yo ya estaba en el parque y, de todas formas, había pensado invitarla. Así que solo me quedé esperando, mirando el horizonte.
No pasó más de media hora antes de verla a lo lejos, buscándome con la mirada. Me puse de pie y levanté la mano para que me viera. Se quedó quieta unos segundos, como si quisiera asegurarse de que era realmente yo, y luego comenzó a caminar hacia mí.
—Hola —dije, sonriendo mientras ella se acercaba—. Me alegra que hayas podido venir.
—Hola… Isabella —respondió con un pequeño tono tímido, aún un poco reservada—. Sí, vine… no quería perderme esto.
La miré con atención. Sus ojos aún tenían un leve rastro de cansancio, como si no hubiera dormido del todo bien. No quería exagerar ni parecer insistente, así que me limité a preguntar con calma:
—¿Dormiste bien anoche?
Liz bajó un poco la mirada.
—Más o menos… —respondió con un hilo de voz—. Tuve un par de noches complicadas, pero estoy bien.
Asentí, sintiendo un pequeño peso en el pecho, un deseo de cuidarla sin que lo notara demasiado.
—Está bien… solo quería asegurarme —dije suavemente, dejando que mi mirada se suavizara, sin presionarla.
Caminamos un poco en silencio, siguiendo el sendero que bordeaba el río. El sol con poca fuerza brillaba, reflejándose en el agua, y el viento movía apenas los cabellos sueltos que se nos escapaban de la capucha o del peinado. Me gustaba observarla, cómo se acomodaba para caminar, cómo se tomaba su tiempo para mirar alrededor, como si estuviera descubriendo el lugar por primera vez.
A medida que avanzábamos, nos acercamos a la orilla. Me detuve un momento y dejé que ella hiciera lo mismo. Podía escuchar el murmullo del río, sentir el frío del viento en la piel y notar cómo Liz parecía relajarse un poco más, como si aquel espacio abierto le diera cierta tranquilidad.
Era curioso cómo alguien podía parecer tan distante y, al mismo tiempo, despertar un interés genuino en conocerla más. No era amor, no todavía… solo curiosidad, y el deseo de descubrir quién era realmente Liz, más allá de la sonrisa tímida y las palabras cortas que nos habíamos intercambiado hasta ahora.
El tiempo pasó rápido y, antes de darme cuenta, ya era pasado el mediodía. Observé cómo Liz miraba el río, quieta, con las manos apoyadas suavemente en la baranda. Me sentí un poco indecisa, pero finalmente le pregunté:
—Oye… ¿te gustaría comer algo? No sé si trajiste algo, pero podríamos sentarnos en algún café cerca del parque.
Ella giró la mirada hacia mí y sonrió, tímida pero genuina.
—Sí… me encantaría. Gracias.
Me sentí aliviada, como si ese pequeño acuerdo hubiera hecho que todo fuera más fácil. Caminamos juntas hacia el borde del parque, buscando un lugar donde sentarnos. La curiosidad seguía presente, esa mezcla de querer conocerla más y, al mismo tiempo, dejar que ella marcara el ritmo de la conversación.