Elizabeth

Capítulo IV

Habían pasado solo unas horas desde lo que fue nuestro día de ayer y no podía estar más contenta. He de decir que me costó dormir anoche, pero por un motivo distinto al habitual.

Desperté alrededor de las diez de la mañana; al bajar al comedor, mamá ya no estaba. Era lógico, su turno comenzaba mucho más temprano que la hora en que yo me levanté. Me había dejado el desayuno preparado junto con una pequeña nota que decía “calentar”. A veces siento que cree que aún soy una niña a la que debe dejarle recordatorios por toda la casa, y eso siempre me resulta gracioso.

Una parte de mí esperaba encontrar uno o dos mensajes de Isabella al despertar, pero claro, seguramente ya estaba de camino a la universidad. Me había contado que tenía clases por la mañana y solo faltaba cuando le tocaba trabajar.

Hoy me esperaba casi un turno doble en el bar, así que desayuné rápido y salí hacia el trabajo. Al llegar, me encontré con Will, el chico que ayer había atendido a Isabella y a mí. No habíamos conversado mucho antes, pues nuestros horarios no suelen coincidir. Lo poco que sabía de él era que siempre se mostraba amable y que nunca había tenido problema en adaptarse al lugar.

Se acercó y comenzó a hablarme.

—Hola, Eli. Ayer estabas aquí con una amiga, ¿no? Nunca te había visto con nadie, ni siquiera con tu madre. La verdad me sorprendí cuando te vi.

Su sorpresa era comprensible. Todo lo que dijo era cierto: jamás había traído a mamá al bar, y tampoco solía invitar a nadie. No había una razón en particular para ello, simplemente nunca se había dado la ocasión.

—¿Y… quién era? —preguntó Will con curiosidad, pero sin sonar entrometido.
—Ah… ella… se llama Isabella —respondí bajando un poco la voz, como si fuera algo demasiado personal para decirlo en voz alta.

Él sonrió, apoyándose en la barra mientras ordenaba unas copas.
—Se la veía simpática. No pensé que tuvieras amigas por aquí.

Me rasqué la nuca, nerviosa.
—Bueno… no es que tenga muchas. —Hice una pausa breve, buscando palabras—. Apenas nos estamos conociendo.

Will asintió, como si no quisiera presionarme demasiado.
—Ya veo. Igual se la notaba cómoda contigo. Eso es bueno.

No supe muy bien qué responder, así que solo asentí con una leve sonrisa, intentando que la incomodidad no se notara demasiado. Él, por suerte, no insistió.
—Me alegra por ti, Eli. A veces hace falta alguien con quien compartir cosas fuera del trabajo —añadió antes de alejarse a atender otra mesa.

Respiré hondo. Aunque sus palabras eran bien intencionadas, siempre me costaba un poco manejar esas conversaciones.

Mientras Will se alejaba, sus palabras seguían dando vueltas en mi cabeza. “Hace falta alguien con quien compartir cosas fuera del trabajo.” Tal vez tenía razón, aunque no quería admitirlo tan fácilmente. Nunca había sido buena para hacer amigos, y mucho menos para mantenerlos cerca, pero con Isabella… no sé, sentía que podía ser distinto.

Sacudí la cabeza y me puse a trabajar. Había varias mesas por limpiar y algunos clientes esperando atención, así que tomé la bandeja y comencé a recoger vasos vacíos. Me movía de un lado a otro, saludando a los que entraban, anotando pedidos, respondiendo lo básico con una sonrisa. Aun así, cada tanto me sorprendía pensando en la tarde anterior, en cómo Isabella había logrado que hablara más de lo habitual.

—Oye, Eli —la voz de Will me sacó de mis pensamientos otra vez. Se acercó con un par de platos en la mano—. Perdona que insista, pero… ¿qué tal te cayó tu amiga?

Lo miré de reojo, algo nerviosa, aunque esta vez no tanto como antes.
—Bien… muy bien, en realidad. Es… diferente a la mayoría. —Me di cuenta de que lo dije más rápido de lo que esperaba, como si lo tuviera claro.

Will sonrió divertido.
—Suena a que te agradó bastante.

—Sí… —respondí, y por primera vez no me molestó decirlo—. Fue fácil hablar con ella, eso no me pasa mucho.

Él apoyó los platos en la barra y me miró con una expresión tranquila.
—Entonces no lo pienses tanto. A veces uno se sorprende con la gente que llega así, de repente.

Sonreí un poco, esta vez sin sentir que debía ocultarlo.
—Supongo que tienes razón.

La conversación se sintió más natural, menos forzada que antes. No tuve que escapar de las palabras ni de mis propios silencios. Quizá porque, por un momento, me animé a aceptar lo obvio: Isabella me estaba agradando, y mucho.

Mi turno transcurría normalmente, seguía haciendo lo mismo de siempre, ya que no había mucho más por hacer. Para mí no era aburrido, de hecho, me resultaba entretenido limpiar y llevar la comida a las mesas. Eran las seis de la tarde y el bar estaba tranquilo, sabía que dentro de un par de horas volvería a llenarse como siempre.

Aproveché ese “tiempo libre” para sacar el teléfono, pensando en escribirle a Isabella, pero antes de poder hacerlo me llevé una sorpresa: tenía al menos seis mensajes suyos sin leer. No había visto el teléfono en varias horas, así que se habían acumulado.

Por un momento me quedé mirándolos, sin abrir ninguno todavía. Una mezcla de nervios y curiosidad se apoderó de mí. ¿Qué podía haberme escrito tantas veces? ¿Y si pensaba que la estaba ignorando? Sentí un pequeño nudo en el estómago, y al mismo tiempo una extraña alegría.

Por un momento no me animé a abrirlos, solo los observaba en la pantalla como si fueran un pequeño reto. Me preguntaba qué tanto podía haberme dicho en tan poco tiempo. Me pasé la mano por la frente y respiré hondo; al final, no podía seguir posponiéndolo. Abrí la conversación y comencé a leer uno por uno.

“Hola Liz, ¿cómo estás? Hoy tuve clases toda la mañana.”
“Estuve pensando que ayer la pasamos muy bien, gracias por aceptar salir conmigo.”
“Espero no estar molestándote con tantos mensajes jaja.”
“Si hoy trabajas mucho, trata de descansar bien después.”
“Ah, y quería preguntarte si te gusta el chocolate caliente. Pasé por una cafetería y pensé en ti.”
“Bueno, no quiero sonar pesada, escríbeme cuando puedas. Que tengas un buen turno.”




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