Me desperté temprano recordando el día de ayer con Elizabeth. Tenía que ir a la universidad, así que me levanté y me duché rápidamente. Luego bajé a despedirme de mis padres y salí directo hacia la universidad.
Estaba un poco lejos de casa, así que tomé un taxi. Durante el camino no podía evitar mirar mi teléfono de vez en cuando, asegurándome de que no me necesitara para algo en el museo. Pagando el viaje, salí del auto y, al llegar a la entrada, me encontré con mis dos amigas: Carol y Emma.
Las conocía casi desde que llegué a este país y siempre nos llevamos bien… aunque, como en toda amistad, no faltaban los problemas. Emma era amable, siempre dispuesta a ayudar a quien lo necesitara. Carol, en cambio, tenía un carácter duro, plantaba cara a todo y solía hablar de más. Eso le traía problemas de vez en cuando, incluso entre nosotras.
—Por fin llegaste, creí que no vendrías —dijo Carol, con esa mezcla de reproche y diversión en la voz.
—Sabes bien que les aviso siempre cuando no voy a venir —respondí, algo cansada, pero con una sonrisa.
—¿Y bien…? ¿Qué era tan importante que ayer no respondiste a ninguna de nosotras? Creí que te habías perdido en el bosque —agregó Emma, riéndose con voz pícara.
—No fue nada, tranquila —dije—. Salí con alguien que conocí en el museo. Se nos pasó el tiempo de las manos y solo estaba muy cansada.
Ambas me miraron, como tratando de leer algo entre líneas, pero antes de que dijeran más, las agarré de los brazos y las arrastré al interior del edificio. Se nos hacía tarde para ir a clases.
El día transcurrió con normalidad. Las materias no se me dificultaban y me aseguraba de estudiar lo suficiente para estar al día… y un poco más. Clases tras clases hasta que finalmente llegó la tarde, alrededor de las tres.
Emma sugirió ir a una cafetería y las demás accedieron. Yo necesitaba algo caliente y un postre muy dulce, así que la idea me vino perfecta. Emma nos llevó en su auto y nos acomodamos en una mesa.
Ordenamos nuestras bebidas habituales, pero cada una eligió un postre diferente: Emma pidió un muffin, Carol una porción de tarta de arándanos y yo, sin dudarlo, un pastel de chocolate puro. Lo necesitaba.
—Entonces… ¿vas a contarnos? —preguntó Carol, mientras Emma asentía, curiosa.
No les di muchos detalles. No mencioné que era una chica con la que había salido, solo conté a dónde fuimos, lo que hicimos y algunas de las cosas de las que hablamos. Aun no estaba lista para compartir todo, pero solo el recuerdo de ese día me hacía sonreír por dentro.
Mientras tomaba un sorbo de mi bebida caliente, no podía evitar pensar en Elizabeth. Todo el día de ayer parecía repetirse en mi cabeza: su risa tímida, la manera en que se concentraba en sus palabras cuando hablábamos, y, sobre todo, cómo lograba que cada pequeño momento se sintiera especial sin siquiera intentarlo. Pero algo en ella despertaba en mí una curiosidad intensa, una necesidad de conocerla más.
De vez en cuando, mis dedos buscaban inconscientemente mi teléfono en el bolso. Lo sacaba, lo miraba, y lo volvía a guardar. Tenía ganas de escribirle, de decir algo, aunque no sabía exactamente qué. Solo quería acercarme un poco más, aunque fuera a través de un mensaje. Cada vez que lo hacía, mi corazón latía un poco más rápido y una sonrisa se escapaba sin darme cuenta.
Carol y Emma hablaban a mi alrededor, riéndose y comentando cosas de la universidad, pero yo apenas escuchaba. Mis pensamientos estaban completamente ocupados con Elizabeth. ¿Qué estaría haciendo ahora? ¿Estaría pensando en algo tan trivial como yo, o quizá estaba en el bar, ocupada con los clientes?
Entre un bocado de pastel y un sorbo de chocolate caliente, mis dedos volvieron a acariciar la pantalla del teléfono. Lo abrí una vez más, solo para mirar su nombre en los mensajes, y lo volví a guardar rápidamente. No quería parecer impaciente, pero tampoco podía evitar sentir que algo en mí se estaba moviendo cada vez que pensaba en ella.
Sin pensarlo más, le escribí. Seis mensajes distintos, cada uno más impaciente que el anterior. No quería decirle nada especial, solo saber cómo estaba… aunque en el fondo sabía que había algo más.
Salimos de la cafetería con el corazón y el estómago llenos. Afuera caía la tarde: seis en punto, y el aire fresco nos empujaba a caminar un rato. Con Emma y Carol, todo era risa. Emma fingía llantos dramáticos para que Carol le comprara algo en cada puesto callejero, y yo me dejaba arrastrar por sus juegos, agradecida de no aburrirme nunca con ellas.
Hasta que, de pronto, lo vi. Íbamos a pasar justo por el bar donde trabajaba Elizabeth. Dudé un instante. Entrar a saludarla me pareció fuera de lugar; ¿qué iba a hacer ahí, irrumpiendo en su mundo? Así que me limité a mirar por la ventana.
Ella estaba allí. Radiante en lo cotidiano, inclinada hacia un chico que, por el uniforme, deduje que era su compañero. Me quedé observando más de lo razonable, con esa punzada en el pecho que no supe nombrar. Mis amigas siguieron caminando, y yo, atrás, me sentí ridícula: ¿por qué me ponía nerviosa verla hablar con otro? Apenas nos conocemos, me repetía. Apenas nos conocemos.
—Isabella.
La voz de Emma me rescató de mi propio laberinto.
—¿Todo bien? —preguntó, mirándome con una ceja arqueada.
—Sí, todo bien… —dije, bajito—. Ahí está la persona con la que salí ayer.
Saqué el teléfono con la intención de distraerme, y entonces lo vi: Elizabeth me había respondido hacía poco. Al instante, toda la confusión se disipó. “Isa”. Así me había llamado. Tan simple, tan breve, pero tan íntimo. Sentí que esa sílaba nos acercaba, que de algún modo me estaba dejando entrar en su círculo. Y sonreí, sin poder evitarlo.
La caminata terminó. Nos despedimos entre bromas y promesas de vernos pronto, y yo me dirigí directo a casa. Todavía era temprano; el silencio de la casa vacía me envolvió en cuanto crucé la puerta.