Elizabeth

Capítulo VI

El despertador sonó como siempre, aunque no había ninguna razón para levantarme temprano. Tenía el día libre, sin horarios ni compromisos, pero el cuerpo ya estaba acostumbrado a despertarse a esa hora. Me quedé un rato mirando el techo, disfrutando del silencio de la mañana y el lujo de no tener que salir corriendo a trabajar.

Hice café sin apuro, desayuné mirando por la ventana, viendo pasar a la gente apresurada en la vereda. Yo no tenía nada planeado; quizás leer un poco, ordenar la casa, perder el tiempo. No era extraño tener un día entero solo para mí, aunque también se sentía… vacío.

Pasé las primeras horas vagueando entre cosas pequeñas: contestar correos, doblar ropa limpia, poner música de fondo. Nada parecía realmente importante. Y entonces vibró el teléfono.

El mensaje era de Isa.

No lo pensé demasiado: en cuanto leí que quería verme, sentí algo parecido a una chispa en el pecho. Me cambié rápido, me abrigué bien y salí a la calle. Caminé con paso apurado, con esa sensación de estar haciendo algo que no estaba planeado pero que, de pronto, parecía lo único que importaba.

Cuando llegué al museo y la vi esperándome, sonreí sin querer. Había algo en su forma de mirarme que me calmaba, incluso cuando yo venía con el corazón acelerado. Fuimos juntas hasta los puestos de comida frente al museo, pedimos tacos y nos sentamos en los bancos de concreto.

Estar con ella era fácil. No suelo abrirme mucho con la gente, pero con Isa las palabras salían sin esfuerzo. Ella hablaba con entusiasmo de su trabajo, de los recorridos que guiaba, y yo no podía dejar de observarla: el brillo en sus ojos, cómo gesticulaba mientras hablaba. Parecía feliz en su mundo, y yo… me sentía feliz solo por estar ahí con ella.

Me escuché decir que me alegraba que me hubiera escrito, y apenas lo dije me di cuenta de lo vulnerable que sonaba. Pero no me arrepentí. Había algo en Isa que me hacía querer ser sincera, aunque eso significara exponerme.

El tiempo pasó demasiado rápido. Isa miró su teléfono y me dijo que debía volver para el próximo recorrido. No dije nada; no quería parecer pesada. Me levanté tras ella, cuando su voz me tomó completamente desprevenida:

—Oye… pensaba que… si quieres, después… podrías venir a cenar a casa.

Me quedé inmóvil, procesando lo que acababa de escuchar. Su nerviosismo era evidente: bajó la mirada y se ajustó el abrigo con las manos temblorosas. El frío no era lo único que me hacía latir tan rápido el corazón.

Respiré hondo. Ahora me tocaba a mí responder.

El resto del recorrido pasó frente a mí como un borrón. Caminaba junto a Isa mientras ella hablaba con soltura frente a los visitantes, señalando obras, contando historias… pero yo apenas escuchaba. Mi mente no podía despegarse de esas palabras suyas: “¿Quieres venir a cenar a casa?”

Cada tanto fingía mirar las pinturas, pero lo único que veía era la imagen de ella, nerviosa, ajustándose el abrigo mientras esperaba mi respuesta. Me mordí el labio, intentando imaginar qué significaba esa invitación. ¿Era solo amabilidad? ¿Una forma de agradecerme por acompañarla? ¿O algo más?

La duda me punzaba como una espina, pero debajo de todo eso había algo más fuerte: el deseo genuino de decir que sí. No quería irme a casa esa noche, no quería volver a mi rutina vacía cuando podía quedarme un poco más a su lado.

Cuando el recorrido terminó y los últimos visitantes se dispersaron, Isa se giró hacia mí con una sonrisa nerviosa, como si todavía esperara escuchar mi respuesta. Sentí que el corazón me latía en los oídos. Tomé aire, busqué su mirada y, sin titubear, solté:

—Me encantaría.

El brillo en sus ojos al escucharme disipó cualquier resto de inseguridad. Su sonrisa se amplió, cálida, y sentí una oleada de alivio recorrerme el cuerpo. Quizás había estado dándole demasiadas vueltas. Quizás lo correcto siempre había sido simplemente… decir que sí.

Isa asintió suavemente, como si no quisiera romper el momento, y me invitó a esperarla mientras se despedía de sus compañeros. Yo me quedé ahí, apoyada contra la pared del museo, sintiendo que la tarde había cambiado por completo de color.

Salimos del museo cuando el cielo empezaba a teñirse de tonos naranjas y grises. El aire frío nos envolvió de inmediato, haciendo que me subiera el cierre de la campera casi hasta la barbilla. Isa caminaba a mi lado, con las manos metidas en los bolsillos de su abrigo. Se veía serena, pero yo podía notar cierta rigidez en sus hombros, como si los nervios que me estaban carcomiendo a mí también la alcanzaran.

No dijimos nada al principio. Nuestros pasos resonaban sobre las baldosas húmedas de la vereda, y el sonido del tráfico a lo lejos nos acompañaba como un telón de fondo. Me sentía extrañamente consciente de cada detalle: del vapor de nuestras respiraciones en el aire, del roce leve cuando nuestros brazos se acercaban al caminar, del perfume suave que ella llevaba y que el viento me traía de vez en cuando.

Isa se veía preciosa. El vestido beige que asomaba bajo su abrigo largo se movía suavemente con cada paso, y su cabello caía suelto sobre los hombros, iluminado por la luz tenue de las farolas que recién empezaban a encenderse. Había algo elegante y sencillo en ella, algo que me hacía sentir como si el mundo alrededor se desdibujara un poco.

Quería hablar, pero cada vez que abría la boca, las palabras se me atoraban en la garganta. ¿Qué podía decir? “Estoy nerviosa porque me gustas” no parecía una gran idea. Pero el silencio empezaba a pesar, así que respiré hondo, junté todo el coraje que pude y hablé:

—Vivo sola con mi mamá, ¿sabías? —dije, rompiendo la calma. Mi voz sonó un poco más alta de lo que quería, así que bajé la mirada y me forcé a sonreír.
Isa me miró de reojo, curiosa.
—No, no lo sabía —respondió suavemente—. ¿Desde siempre?
—Desde que tengo memoria. Papá… nunca estuvo mucho —me encogí de hombros. No quería entrar en detalles, pero mi propia voz se apagó al mencionarlo.




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