Elizabeth

Capítulo VII

Habían pasado ya tres días desde la última vez que supe de Liz. Tres días en los que mi teléfono permanecía en silencio, sin un solo mensaje, sin ninguna llamada de vuelta. Tres días que parecían interminables. No importaba cuánto intentara distraerme en la universidad, cuánto me enfocara en mis clases o en los recorridos del museo: todo lo que hacía era mirar la pantalla de mi celular esperando que su nombre apareciera.

Le escribí varias veces, primero con mensajes casuales, después con otros más insistentes, y finalmente terminé llamándola, una, dos, tres veces. Nada. Ni un simple “no puedo hablar ahora”. Esa ausencia me estaba carcomiendo poco a poco. Liz no era de desaparecer así. Podía ser reservada, sí, incluso evasiva cuando algo le incomodaba, pero nunca me había dejado completamente en silencio.

Hasta intenté ir a buscarla a su trabajo. Caminé con el corazón en la garganta, repasando mentalmente qué excusa le daría si me veía aparecer de la nada. Pero no la encontré. Pregunté de manera disimulada a una de sus compañeras, quien solo me dijo que no la había visto en días. Esa respuesta me dejó helada, porque significaba que tampoco estaba cumpliendo con su rutina, y eso sí que no sonaba a Liz.

Esa misma noche le pedí a mamá que me diera la dirección de su casa. Ella me miró con esa calma suya, como si supiera que estaba a punto de insistir más de la cuenta, y con suavidad me dijo:
—Isa, si no fue ella misma quien te dio su dirección, tal vez es porque necesita su espacio. Hay que respetar eso.

Su respuesta fue amable, pero sentí que se me cerraba el pecho. Lo último que quería era invadirla o parecer insistente, pero ¿cómo podía quedarme de brazos cruzados? Habíamos compartido tanto en tan poco tiempo, momentos que todavía sentía frescos en mi memoria, como si hubieran pasado ayer. Su risa tímida en el museo, el calor de su mirada en mi habitación, esa complicidad silenciosa que parecía crecer entre nosotras… ¿y ahora simplemente iba a desaparecer de mi vida sin explicación?

Cada día en la universidad se me hacía eterno. El aula, que siempre me daba algo de seguridad, se volvió un espacio hostil. Las voces de mis compañeros se volvían lejanas, las clases parecían no tener sentido. Caminaba por los pasillos con la cabeza baja, y cada vez que el teléfono vibraba en mi bolsillo, el corazón me daba un salto desesperado, solo para descubrir que nunca era ella.

No podía evitar imaginar escenarios. ¿Se habría enojado conmigo? ¿Habría hecho algo mal? ¿Acaso había decidido que yo no era alguien que valiera la pena tener cerca? O peor aún… ¿le habría pasado algo y yo estaba aquí, sin poder hacer nada? Esa incertidumbre era peor que cualquier respuesta.

En tres días me di cuenta de lo mucho que Liz se había convertido en parte de mi vida, casi sin que lo notara. Su silencio se sentía como un hueco enorme, un vacío que llenaba todo lo demás con ansiedad y preguntas sin respuesta.

El cuarto día sin noticias de Liz se volvió insoportable. Cada clase en la universidad se me hacía eterna, las horas no pasaban y mi mente solo regresaba a ella. Abría el teléfono una y otra vez, esperando una respuesta que nunca llegaba. Ni un “visto”, nada. Era como si de pronto se hubiera borrado del mapa.

Al final decidí hacer lo único que podía: buscarla. El primer lugar que me vino a la mente fue su trabajo. Quizás allí alguien me diría que estaba bien, o que simplemente había pedido unos días. Esa idea era lo único que me sostenía mientras caminaba rápido hacia el restaurante.

Cuando llegué, me llevé la primera decepción: no estaba. Recorrí el local con la mirada, como si fuera a aparecer de pronto entre las mesas con su uniforme, pero no. La sensación de vacío en el estómago me golpeó fuerte.

Ya me iba a marchar cuando lo vi. Un chico joven, con el uniforme aún puesto, salía por la puerta con paso tranquilo y una bolsa en la mano. Algo en su forma de mirar alrededor me hizo detenerme; parecía alguien que trabajaba allí, alguien que seguramente la conocía. No lo pensé demasiado y me acerqué.

—Disculpa… ¿trabajas aquí? —pregunté, algo nerviosa.

Él me miró sorprendido, como si no esperara que lo detuvieran.
—Sí —respondió con sencillez, y me observó un momento—. ¿Buscas a alguien?

—A Liz —dije sin rodeos—. Soy… soy su amiga. Hace tres días que no sé nada de ella y estoy preocupada.

El chico parpadeó un par de veces, como procesando la información, y entonces asintió con una expresión que me descolocó: no de extrañeza, sino de reconocimiento.
—Ah, Liz… —su voz bajó apenas, como si ese nombre llevara un peso que yo no conocía—. Sí, la conozco.

Me quedé quieta. Había algo en la manera en que lo dijo, en ese tono familiar, que me provocó una punzada rara en el pecho.
—¿La conoces mucho? —pregunté sin poder evitarlo.

Él soltó un suspiro breve y se encogió de hombros.
—Hemos trabajado juntos un buen tiempo. Liz… habla poco, ya sabes, pero cuando confía en alguien, se abre más de lo que parece.

Sentí un escalofrío. No, yo no lo sabía. No así. Y sin embargo, él lo decía con tanta naturalidad que era evidente que sabía cosas que yo no. Algo dentro de mí se tensó, una mezcla de celos, incomodidad y miedo.

—¿Y… sabes por qué no aparece? —mi voz salió más baja de lo que esperaba.

Will —porque después me dijo su nombre— me observó con atención, como si quisiera medir mis intenciones.
—Sé que estos días no han sido fáciles para ella. Pero no me corresponde a mí contarte.

Me mordí el labio, frustrada. Ese chico, un completo extraño, parecía conocer un lado de Liz al que yo ni siquiera había tenido acceso todavía. Y eso me dolía más de lo que quería admitir.

—Yo solo quiero ayudarla —dije con un nudo en la garganta, notando la incomodidad crecer—. Si sabes algo… necesito que me lo digas.

Él negó despacio.
—Lo mejor es que seas paciente. Liz es… complicada. Pero no está sola.




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