Elizabeth

Capítulo IX

Abrí los ojos lentamente, todavía envuelta en la calidez de las sábanas. Por un instante pensé que todo lo de anoche había sido un sueño, pero en cuanto recordé el beso con Isabella, sentí un cosquilleo recorrerme el cuerpo. Me giré en la cama, apretando la almohada contra mi pecho, con el corazón acelerándose como si estuviera reviviéndolo.

¿Era mi novia ya? ¿O solo estábamos… saliendo? No lo sabía. No habíamos puesto etiquetas, pero lo que sentí en ese momento fue real, intenso, imposible de ignorar. Y esa incertidumbre me hacía sonreír y, al mismo tiempo, sentirme nerviosa.

Me obligué a salir de la cama y ponerme de pie. Me duché rápido, dejé que el agua tibia despejara mis pensamientos, y luego bajé las escaleras pensando solo en preparar un desayuno ligero. Pero al llegar a la cocina, me encontré con mi madre, sentada frente a la mesa con una taza de café entre las manos.

—Buenos días, Liz —dijo con una sonrisa tranquila.

—Buenos días, mamá —respondí, algo incómoda. Quise ir directo al refrigerador, pero la verdad es que tenía un nudo en la garganta. Había algo que debía contarle.

Respiré hondo, me giré hacia ella y me apoyé contra la encimera.
—Mamá, tengo que decirte algo.

Alzó una ceja, dejando la taza a un lado.
—Te escucho.

—Ayer… —empecé, jugando con las mangas de mi sudadera—. Ayer estuve con Isabella.

—¿La chica de la universidad? —preguntó enseguida, como si ya supiera a dónde iba.

Asentí, tragando saliva.
—Sí… —Hice una pausa, el rubor subiendo a mis mejillas—. Lo que pasa es que… creo que estamos saliendo. Ayer… nos dimos nuestro primer beso.

Hubo unos segundos de silencio que me parecieron eternos, hasta que vi cómo la sonrisa de mi madre se ensanchaba.
—Liz… me alegra mucho escucharlo.

—No sé si decir que es mi novia o no —confesé, bajando la mirada—. Solo… no lo hablamos aún.

Mi madre se levantó, se acercó a mí y me acarició el brazo con suavidad.
—No importa la etiqueta ahora mismo. Lo importante es cómo te sientes, y que ella también se sienta igual.

—Sí… —respondí, sintiendo un alivio inmenso.

Entonces mi madre agregó, con un brillo curioso en los ojos:
—Me gustaría conocerla algún día, ¿sabes? Ya me hablaste de ella antes, pero quiero verla en persona.

Me mordí la lengua para no sonreír demasiado.
—Claro… yo también quiero eso.

Y en ese momento, por primera vez, me di cuenta de lo mucho que estaba cambiando mi vida en tan poco tiempo.

Cuando terminé de desayunar, subí de nuevo a mi cuarto. Revisé el celular por costumbre y vi una notificación de Isabella. El corazón me dio un vuelco apenas leí su nombre en la pantalla.

"Hola, Liz. Hoy salgo temprano, así que estaré libre en la tarde. ¿Quieres salir un rato conmigo y Emma? Podríamos ir a la cafetería que está junto al río Yukón. ¿Te parece a las 18?"

No pude evitar sonreír. La idea de pasar tiempo con ella, de verla fuera del bar o de su casa, me llenaba de una emoción difícil de ocultar. Me mordí la uña del pulgar, dudando solo un instante, antes de responder:

"Sí, me encantaría. Nos vemos a las 18 en la cafetería."

La confirmación llegó casi de inmediato.
"Perfecto. Te espero allí, Liz."

Me quedé mirando la pantalla unos segundos más de lo necesario, como si las letras pudieran transmitirme el calor de su voz. Después dejé el teléfono sobre la cama y suspiré, sintiendo que las horas hasta las seis de la tarde se iban a volver eternas.

Toda la tarde pensé en qué ponerme. Abrí el armario una y otra vez, mirando la ropa como si de pronto fuese a aparecer algo distinto, algo que me hiciera sentir menos nerviosa. Pero al final, terminé eligiendo lo de siempre.

Saqué mi buzo favorito, negro y enorme, dos tallas más grande que yo. Me envolvía como una manta, dándome esa seguridad que necesitaba cuando el mundo allá afuera parecía demasiado intenso. Lo combiné con un pantalón blanco ancho, cómodo, como casi todo lo que usaba. Siempre había sido mi estilo: ropa oscura, contrastes simples, nada llamativo.

Me senté en la cama, mirando mis uñas pintadas de negro. Repasé el esmalte con los dedos, como si necesitara asegurarme de que todavía estaban perfectas. Después, frente al espejo, hice lo único de maquillaje que me gustaba: un delineado sencillo, marcado, que le daba un poco de fuerza a mi mirada.

Mi cabello lo recogí con las manos, lo solté, lo sacudí varias veces hasta que quedó como siempre: largo, algo desordenado, pero mío. No tenía caso intentar domesticarlo demasiado, nunca había sido de esas personas que se arreglaban horas antes de salir.

Me observé en el espejo unos segundos más. Suspiré.
—Así está bien… —me dije en voz baja, aunque en realidad no estaba segura.

La idea de verla de nuevo, de encontrarme con Isabella y Emma en la cafetería junto al río, me tenía más nerviosa de lo que quería admitir. El recuerdo del beso de anoche volvió a mi mente, haciéndome sonrojar sola en mi cuarto.

Tomé mi celular, lo guardé en el bolsillo del buzo y salí, lista para enfrentar lo que viniera.

El frío del atardecer me golpeó apenas bajé del bus. Caminé hacia la cafetería junto al río, con las manos hundidas en el bolsillo de mi buzo. El sonido del agua, calmo y constante, me acompañó hasta la puerta de vidrio donde pude verlas: Isabella y Emma ya estaban adentro, riendo por algo que no alcanzaba a escuchar. Mi estómago dio un vuelco.

Empujé la puerta y el calor del lugar me envolvió de inmediato, junto con el aroma dulce de café recién molido y chocolate caliente. Apenas crucé el umbral, Isabella se levantó de la mesa. Sus ojos brillaban al verme. No me dio tiempo de saludar ni de pensar demasiado: se acercó y me besó en los labios. Fue igual que el de anoche, tranquilo, tímido… pero intenso de una forma que me hacía sentir viva.

Cuando se apartó, sonrió.
—Yo quería darte uno también.




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