El sol de la mañana entraba suavemente por las cortinas blancas de mi habitación, iluminando el espacio pulcro y ordenado que tanto me gustaba. Aun así, me costaba salir de la cama. Tenía la costumbre de aprovechar cada segundo de calma antes de que el día comenzara oficialmente, pero hoy algo me mantenía inquieta: el recuerdo de anoche, cuando Isabella y yo fuimos a la casa de Liz. Su madre había sido encantadora, y Liz… bueno, Liz tenía una calidez y una forma de escuchar que me hacían querer conocerla más.
Mientras me estiraba bajo las sábanas, tomé el teléfono y abrí el chat con Isabella.
"Buenos días, Isa. Oye, ¿podrías pasarme el número de Liz? Ayer quería pedírselo, pero parecía que querías tenerla solo para ti."
Sonreí mientras enviaba el mensaje; era una broma ligera, solo para molestarla un poco.
La respuesta no tardó ni un minuto:
"Jajaja, claro. Aquí tienes. Cuídala, ¿sí?"
Solté una pequeña risa. Isabella siempre tenía ese toque protector, como si cuidara de todos los que quería. Guardé el número en mis contactos con cuidado: Liz.
Sin pensarlo demasiado, escribí:
"Hola, Liz, soy Emma. Me encantaría verte algún día, solo nosotras dos. Quiero contarte algo."
Me quedé mirando la pantalla un momento, respirando hondo. No había nada extraño en ese mensaje; solo quería acercarme a alguien que me había caído muy bien y que, por alguna razón, me inspiraba confianza. Lo envié antes de cambiar de opinión.
Dejé el teléfono a un lado y me senté en la cama. El día apenas comenzaba, y tenía la sensación de que esa nueva amistad podría significar algo importante más adelante.
El teléfono vibró entre mis manos a los pocos minutos de haber enviado el mensaje. Me apresuré a desbloquearlo.
"¡Hola, Emma! Claro que sí. Hoy tengo tiempo antes de entrar a trabajar. Podemos vernos en el bar unas horas antes y hablar tranquilas."
Sonreí al leer la respuesta de Liz.
"Perfecto, ahí estaré," escribí enseguida, contenta de poder pasar tiempo con ella.
Guardé el teléfono y me levanté de la cama, dejando que la luz del sol que entraba por la ventana iluminara la habitación. Mi cuarto siempre estaba impecable, con muebles claros y decoración minimalista, cortesía del buen gusto de mamá, aunque ella casi nunca estaba en casa. Vivir en una mansión tan grande solo con Sophia a veces hacía que todo pareciera demasiado silencioso, pero ya me había acostumbrado.
El aroma a café recién hecho me guió hasta la cocina. Sophia estaba sentada frente a la isla central, revisando algo en su tableta mientras bebía té. Su cabello castaño, más oscuro que el mío, estaba recogido en un moño rápido, y ya llevaba el uniforme de chef.
—Buenos días, dormilona —dijo sin levantar la vista.
—Buenos días… —murmuré, sirviéndome una taza de café. Me senté frente a ella.
—¿Planes para hoy? —preguntó con un tono curioso mientras seguía revisando su lista de ingredientes.
—Voy a salir más tarde a ver a una amiga.
Sophia levantó la mirada, interesada.
—¿A Isabella?
—No, a Liz.
—¿Liz? No me suena.
Sonreí.
—Es amiga de Isabella. La conocí el otro día cuando fuimos a su casa. Su mamá nos invitó a cenar.
—Oh… —Sophia se apoyó en la mano, prestándome atención—. ¿Y qué tal?
—Muy simpática. Es de esas personas que te hacen sentir cómoda en poco tiempo. Vive con su mamá en una casa muy acogedora, nada ostentosa, pero llena de calidez. Se nota que se quieren mucho.
—Suena… refrescante. —Sophia sonrió suavemente—. Debe ser agradable conocer gente así, fuera de todo este mundo de lujo.
Miré alrededor: la cocina brillante, el suelo impecable, las lámparas elegantes.
—Sí… —dije en voz baja, pensativa—. Se siente diferente. Liz es muy sencilla, pero tiene algo… auténtico. Me dan ganas de ser su amiga de verdad.
Sophia asintió, divertida.
—Parece que te impresionó.
—Solo… me cayó muy bien. Isabella también la aprecia mucho, así que pensé que sería bueno conocerla más.
Mi hermana me miró con esa expresión tranquila que tenía siempre que yo hablaba con franqueza.
—Me gusta verte así —comentó—. Siempre has sido un poco reservada con la gente nueva.
—No sé… Siento que Liz es diferente.
Sophia sonrió, regresando a su tableta.
—Pues aprovecha. Haz buenas amistades. Nunca sabes cuándo vas a necesitar a alguien así.
Pasamos el resto del desayuno hablando de cosas cotidianas: Sophia me contó sobre la cena importante que tendrían en el restaurante esa noche, mientras revisaba meticulosamente cada ingrediente que debía comprar. Yo escuchaba con interés, aunque mi mente se desviaba a veces hacia Liz y nuestra reunión.
Cuando Sophia salió cerca del mediodía para ir a trabajar, la casa quedó en silencio otra vez. Me dediqué a ordenar un poco mi habitación, revisar tareas de la universidad y descansar. La tarde pasó tranquila, y cuando el reloj marcó las cuatro, subí a cambiarme.
Elegí un conjunto sencillo pero elegante: pantalón oscuro, blusa blanca y una chaqueta ligera. No era una cita, pero siempre me gustaba verme presentable. Mientras me arreglaba frente al espejo, sentía una ligera emoción, ese cosquilleo de cuando estás por conocer mejor a alguien interesante, alguien con quien quieres crear una amistad sincera.
Al bajar, encontré a Sophia en la cocina, descargando bolsas con ingredientes frescos.
—Vaya, vaya… —comentó al verme—. Te ves muy bien para ir a ver “solo a una amiga”.
—Por favor, no empieces —reí, tomando mi bolso—. Solo vamos a hablar.
—Ya, ya. Igual me alegra verte emocionada. —Se acercó a mí y me dio un beso en la frente—. Diviértete, ¿sí? Y cuéntame después cómo te fue.
—Claro que sí. Suerte en el restaurante.
Salí de casa y el aire fresco me recibió de inmediato. Tenía esa sensación agradable de curiosidad y expectativa. No era nerviosismo, solo ganas de compartir un rato con alguien nuevo, alguien que me había dejado una buena impresión desde el primer momento.