Elizabeth

Capítulo XIII

El sol de la mañana parecía más brillante de lo normal, o tal vez era solo mi imaginación. Caminaba sola por la vereda rumbo a la universidad, con mi mochila colgando del hombro y el corazón latiendo tan fuerte que sentía que cualquiera a mi alrededor podía escucharlo. Cada paso me acercaba más a ese enorme edificio que había visto solo en fotos, y que ahora parecía tan imponente frente a mí.

Mis manos estaban frías, aunque el clima era agradable. No había dejado de preguntarme toda la mañana si de verdad estaba lista para esto. Recordar lo que pasó en mi secundaria siempre me daba ese miedo punzante en el estómago… pero luego pensaba en Emma, en cómo me había apoyado todo este tiempo, y en Isabella, que me había repetido una y otra vez que estaba orgullosa de mí. Sus voces en mi mente eran lo único que me hacía seguir caminando.

Y entonces las vi.

Emma estaba de pie junto a la entrada principal, saludándome con una sonrisa amplia, y a su lado estaba Isabella, que agitó la mano al verme. El simple hecho de que me estuvieran esperando hizo que se me formara un nudo en la garganta. No estaba sola. Nunca más.

—¡Liz! —Emma me llamó, acercándose para darme un abrazo—. ¡Llegaste!
—Claro… no me iba a perder el primer día —respondí, intentando sonar tranquila, aunque mi voz tembló un poco.

Isabella se acercó también, tomándome de la mano y entrelazando nuestros dedos.
—Te ves preciosa —susurró, dándome un beso rápido en la mejilla que me hizo sonrojar.

Me quedé allí unos segundos, respirando hondo, intentando calmar mi corazón. Verlas juntas, sonriéndome, me dio un poco de fuerza.

—¿Lista? —preguntó Emma, con esa energía que siempre parecía contagiarme.
Asentí, aunque nerviosa. —Sí… creo que sí.

Antes de irnos, Isabella me abrazó con fuerza, dejando un beso suave en mis labios.
—Lo vas a hacer increíble —me dijo, mirándome a los ojos—. Y yo voy a estar esperándote para almorzar juntas.
—Gracias… —susurré, sintiendo cómo se me llenaban los ojos de lágrimas.

Emma esperó paciente a que nos despidiéramos y luego me puso una mano en el hombro.
—Ven, vamos a nuestra primera clase —dijo animada, guiándome hacia el interior de la universidad.

Entrar fue como cruzar un umbral: los pasillos llenos de estudiantes, el murmullo constante de conversaciones, el olor a café proveniente de alguna esquina… todo era nuevo, desconocido, y a la vez emocionante. Me aferré al brazo de Emma sin darme cuenta, y ella me sonrió.
—Tranquila, Liz. Estoy aquí contigo. —Sus palabras fueron un bálsamo.

Mientras caminábamos juntas hacia nuestro salón, sentía que, por primera vez en mucho tiempo, los fantasmas de mi pasado se quedaban atrás. Este era un nuevo comienzo. Y no estaba sola: tenía a Emma, tenía a Isabella… tenía un sueño que por fin estaba empezando a cumplirse.

Entramos al salón, amplio y luminoso, con varias mesas largas donde otros estudiantes ya estaban sentados. Emma eligió una mesa junto a la ventana y me hizo señas para sentarme. Me senté a su lado y dejé mis cosas sobre la mesa, intentando no parecer tan nerviosa.

—Tranquila, Liz —susurró Emma con una sonrisa alentadora—. Es solo el primer día.

Me reí suavemente, más para calmarme que por otra cosa. Unos minutos después, entró el profesor, un hombre de mediana edad con gafas y una expresión amable. Comenzó a presentarse y a hablar sobre lo que nos esperaba en el curso: técnicas básicas, seguridad alimentaria, manejo de cuchillos, trabajo en equipo. Mientras lo escuchaba, mis manos dejaron de temblar poco a poco.

La clase comenzó con una introducción práctica: cada estudiante debía presentarse y hablar brevemente de por qué había elegido gastronomía. Sentí que el corazón me daba un vuelco cuando se acercaba mi turno, pero Emma me dio un leve toque en la rodilla bajo la mesa, un gesto de apoyo silencioso.

Cuando me tocó hablar, respiré hondo.
—Me llamo Liz… —mi voz tembló al principio, pero seguí—. Siempre me ha gustado cocinar, desde que era pequeña. Creo que… quiero dedicarme a esto toda mi vida.

No fue un discurso perfecto, pero cuando terminé, Emma sonrió y me aplaudió en voz baja, lo que me hizo sonrojar.

El resto de la clase pasó entre risas nerviosas y explicaciones básicas. Nos mostraron los utensilios, la organización de la cocina y las normas del lugar. Emma parecía emocionada con cada detalle, mientras que yo me sentía más tranquila a su lado, como si su entusiasmo me diera fuerzas.

Al final del día, cuando la clase terminó, salimos juntas al pasillo. Había pasado horas sintiéndome fuera de lugar, pero al mirarla y ver su expresión satisfecha, me di cuenta de que algo había cambiado: ya no estaba sola.

—¿Ves? No fue tan malo —dijo Emma mientras caminábamos hacia la salida.
—No… —respondí con una sonrisa tímida—. Gracias, Emma.

Ella me pasó un brazo por los hombros, de forma cariñosa y natural.
—Este es solo el inicio, Liz. Vamos a cumplir nuestros sueños juntas.

Al salir, Isabella nos esperaba en la entrada. Apenas me vio, me recibió con una sonrisa y un beso en la mejilla.
—¿Cómo te fue? —preguntó con curiosidad.
—Bien —dije, sorprendida de que realmente así lo sintiera.

Mientras Emma hablaba animadamente con ella sobre la clase, yo me quedé mirando el edificio de la universidad. Ese lugar que tanto me había intimidado por fin me parecía un poco menos aterrador.

Y todo gracias a ellas.

La tarde caía lentamente cuando me despedí de Emma. Ella se despidió con un abrazo fuerte y una sonrisa que parecía decirlo todo sin palabras. El trayecto a mi casa fue tranquilo; el cielo estaba teñido de tonos anaranjados y el murmullo de la ciudad me ayudaba a desconectar del cansancio del día.

Al llegar, mamá no estaba; había salido a trabajar. Dejé mi mochila en mi habitación y me dejé caer en la cama. A pesar de que había sido un día bueno, me sentía agotada; la tensión que había acumulado por los nervios recién empezaba a desaparecer. Cerré los ojos un momento, y fue entonces cuando sonó mi teléfono.




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