Estaba medio agotada, pero feliz. Dos semanas exactas después de firmar el contrato, nuestro departamento finalmente estaba listo, y la mudanza había terminado. Entre cajas vacías y algunas aún por acomodar, el aroma de la comida que habíamos pedido llenaba la cocina y el living, dando un aire de pequeña celebración.
Miré alrededor y sonreí. Mi madre estaba sentada junto a Sophia, charlando animadamente, mientras Emma organizaba las bebidas y aseguraba que todos tuvieran lo que querían. Isabella estaba a mi lado, apoyada en el respaldo del sofá, sonriendo tranquila. Y Will… bueno, Will parecía un poco sorprendido, como si recién hubiera procesado que nos habíamos mudado, pero su sonrisa dejaba claro que estaba contento por nosotras.
—No puedo creer que finalmente tengan su propio lugar —dijo mi madre, levantando la copa de vino que Emma le había servido—. Es perfecto para ambas, chicas.
—Gracias, mamá —le respondí, tomando un poco de agua—. Ha sido un esfuerzo de las dos, y la verdad es que se siente increíble.
—Sí, y tengo que admitir que Emma ha sido la mejor compañera de mudanza que podría imaginar —agregué, mirando a Emma, que me devolvió una sonrisa tímida.
—Bueno, alguien tenía que organizar todo —dijo Emma, encogiéndose de hombros, divertida—. Pero debo admitir que también fue muy divertido.
Isabella rió y se inclinó hacia mí.
—Estoy feliz de que tengan su espacio. Se lo merecen —dijo suavemente, apretando mi mano por un instante.
Will, que hasta ahora había estado observando, se rió mientras acomodaba su silla.
—Chicas, estoy un poco celoso. Este lugar parece increíble, y ustedes parecen… felices. Me alegra verlas así. Aunque debo confesar que voy a extrañar verlas tan seguido en el bar —bromeó, haciendo que todos rieran.
Sophia intervino con una sonrisa:
—Liz, Emma, su departamento se ve genial. Y no se preocupen, ya encontraremos excusas para pasar por aquí y comer algo rico.
—Definitivamente —dijo Emma, levantando la mano con un trozo de panecillo—. Y mañana mismo pienso organizar nuestra primera sesión de cocina aquí.
—¡Eso me encanta! —exclamé, emocionada—. No puedo esperar para empezar a experimentar con nuevas recetas.
La conversación fluyó con naturalidad: risas, anécdotas de mudanzas, recuerdos de la universidad y bromas sobre quién había hecho más desastres al desempacar. Isabella me miraba con cariño mientras hablaba con mi madre, y Will se unió a algunas bromas sobre su torpeza en la cocina, lo que nos hizo reír aún más.
Cuando finalmente los relojes marcaron más de la medianoche, todos comenzaron a despedirse. Mi madre nos abrazó a ambas.
—Chicas, estoy orgullosa de ustedes. Cuídense y disfruten cada momento —dijo, con una sonrisa cálida y un leve toque de tristeza por dejarme empezar esta nueva etapa.
—Nos vemos pronto, mamá —le respondí, abrazándola fuerte.
Sophia también nos abrazó antes de irse, y luego Isabella y Will se despidieron con sonrisas y un beso en la mejilla para cada una.
—Cuídense —dijo Isabella—. Nos vemos mañana.
Cuando finalmente quedamos solas Emma y yo, me recosté en el respaldo del sofá, suspirando con alivio y felicidad. Miré alrededor, viendo nuestro nuevo hogar: nuestra cocina, nuestro living, los espacios que serían solo nuestros. Emma se sentó a mi lado, sonriendo, y me dio un suave golpe en el hombro.
—Lo hicimos —dijo ella.
—Sí —respondí, apoyando mi cabeza en su hombro—. Esto es nuestro hogar ahora.
Y por primera vez en mucho tiempo, sentí que todo estaba en su lugar.
Abrí los ojos despacio, todavía medio perdida entre las sábanas, y me invadió esa sensación cálida y rara que me recordaba que no estaba en mi antigua habitación, sino en nuestra casa. Nuestra. Sonaba increíble incluso en mi cabeza. Apenas era el segundo día viviendo con Emma y todavía no me acostumbraba del todo a caminar y sentir que todo este espacio era mío también.
Me levanté con una sonrisa que no pude evitar y fui directo a la cocina. El olor a café recién hecho me guió, y ahí estaba Emma, ya despierta, de pie frente a la cafetera, moviendo el cabello hacia atrás con una mano y sirviendo dos tazas con la otra.
—Buen día, dormilona —me dijo, y me tendió una taza.
—Buen día —respondí, con la voz todavía ronca, aceptándola como si fuera lo más preciado del mundo.
Nos reímos suavemente mientras tomábamos los primeros sorbos, y Emma fue la primera en recordar lo que teníamos planeado para hoy.
—Bueno, hoy se estrena oficialmente la cocina, ¿eh? Tenemos que honrar este lugar como corresponde.
—Exacto. Y con algo que haga ruido en el horno —respondí, ya imaginando la mesa llena de platos.
El plan estaba claro: era sábado, teníamos tiempo de sobra y queríamos practicar para el proyecto de la universidad. Habíamos elegido Argentina como país para nuestra investigación gastronómica, y hoy sería nuestra primera prueba seria.
—¿Arrancamos con las empanadas tucumanas? —preguntó Emma, ya revisando los ingredientes sobre la isla.
—Sí. Me intriga cómo va a quedar la masa. Siempre pensé que debía ser complicada, pero dicen que el secreto está en la textura del relleno.
Nos pusimos manos a la obra. Mientras picábamos cebolla y carne, la conversación empezó a fluir como siempre entre nosotras.
—¿Te das cuenta de que ahora podemos cocinar lo que queramos, cuando queramos? —dije, dejando caer la cebolla en la sartén.
Emma sonrió con entusiasmo.
—Sí, es como tener un laboratorio privado. Ya me imagino a las dos dentro de un año, siendo las reinas de este lugar.
Ambas reímos. Había algo natural en cómo compartíamos estos momentos: hablar, reír, trabajar con las manos en la cocina.
—Después de las empanadas, yo diría que vamos con las milanesas —comentó Emma, acomodando las cosas.
—Y dejamos los alfajores para la tarde, así tenemos algo dulce para el café.