—Aquí es donde merecen estar todas las escorias como ustedes —el guardia me dio un empujón tan fuerte que choqué contra la pared de la prisión, y unos segundos después desapareció, cerrando las rejas tras él.
Me quedé estática, contemplando el lugar, observando lo que serían mis últimos minutos de vida.
La prisión estaba hecha con cemento, y tenía nombres escritos en sus paredes. Incluso había un conteo de días. Me senté lentamente, analizando todo. Ya no tenía escapatoria, no podría correr a ningún lado, y nadie vendría a salvarme esta vez.
Nathaniel se sentó a mi lado, exhalando despacio. Seguramente estaba pensando que esta era la forma más miserable de morir. Y todo esto era culpa mía por querer entrar en un juego que no me incumbía.
Un par de lágrimas rodaron por mis mejillas, pero no eran de tristeza, sino de impotencia.
—Perdón —mi voz apenas fue audible.
—¿Por qué te disculpas? —Nathaniel, al contrario, parecía estar muy relajado. Giré a verlo con el rostro lleno de lágrimas, y él solo estaba jugueteando con sus dedos, como si nada pasara.
—Todo esto fue mi culpa. Te obligué a estar en esto, te manipulé, te traté horrible y ahora vas a morir conmigo. ¿Por qué estás tan calmado? —Traté de respirar, pero el aire parecía no bastar. Limpié bruscamente mis lágrimas para dar paso a las nuevas.
—Princesa, primero no es la primera vez que estoy en prisión, y segundo —giró a verme, soltando una pequeña sonrisa que parecía ocultar un gran miedo— no estoy preocupado, porque moriré feliz.
—¿Feliz? Nathaniel, estamos en un pésimo lugar y…
—Y estoy contigo —me interrumpió, dejándome sin palabras. Por un momento el aire se tornó denso— Nunca pensé decir esto, pero pasé mi mejor mes de vida junto a ti, junto a la realeza… qué irónico. Pero me alegra morir junto a la princesa Blackthorne. No podría desear nada mejor —su mirada estaba puesta en mí, sosteniendo una pequeña sonrisa.
—Y yo… nunca pensé decir esto, pero me alegra morir junto al gran rufián del reino —ambos compartimos una carcajada.
Hubo un leve silencio, hasta que decidí hablar nuevamente. No quería pasar mis últimos instantes callada, como toda mi vida me enseñaron.
—¿Sabes? Te odiaba —dije, volteando a verlo.
—¿Qué? No puedo creer que la princesa Elizabeth Blackthorne odie a un ladrón, es muy sorprendente —se notaba el sarcasmo en su voz, así que solo reí antes de seguir hablando.
—Hace un año informaron que el gran ladrón de Blackthorne, Nathaniel Crow, robó joyería real. No me interesó el oro; lo que me enojó con todas mis fuerzas fue mi anillo preferido. Mamá me lo había dado y, desde ese entonces, deseé que estuvieras en prisión mientras tú seguías saliéndote con la tuya... Luego, cuando te vi con mi collar, no podía creer que mi vida fuese a depender de un ladrón tan vil y desconsiderado.
—Pero… —continuó por mí.
—Ese ladrón no es vil, ni mucho menos desconsiderado.
—Debió ser una gran sorpresa, como para mí lo fue que la reina Elizabeth no era una cabeza hueca.
—Oye —dije, dándole un pequeño golpe— ni siquiera soy reina.
—Para mí, lo eras —sus ojos también se tornaron cristalinos, y la imagen de aquel hombre fuerte y valiente pareció desaparecer.
—¿Tienes miedo? —pregunté.
—¿Tú?
Eso respondió por sí solo. Ambos estábamos asustados, al fin y al cabo, la princesa y el ladrón solo eran niños que no sabían nada, y esos niños estaban a punto de morir en la cárcel por crímenes no cometidos.
Giré mi mirada a Nathaniel, quien mantenía un llanto calmado. Solo recosté mi cabeza en su hombro, y ambos desbordamos llanto, miedo, impotencia y, a la vez, paz.
"Para todos aquellos que tienen un alma rebelde, que buscan su propio camino y hallan valentía incluso en el miedo"