Elizabeth Blackthorne, sangre de reina

Capítulo 1: El diario

La brisa de la mañana golpeaba mi capa mientras salía del pueblo para adentrarme en la residencia real. Las personas comenzaban a salir de sus casas, los escoltas ya patrullaban el palacio y el jardinero regaba las plantas. Mientras tanto, yo, la princesa, regresaba de una de mis escapadas nocturnas.

El galope de mi caballo resonaba fuerte sobre la grava, pero había llegado justo a tiempo para dejarlo con el cochero.

Algunas noches salía para descubrir el mundo real, convivir con las personas del pueblo, ver las casas y la vida nocturna. No lo hacía siempre, pero esa pequeña aventura me alegraba y me sacaba de la monotonía de la vida de la realeza. Mi madre, Alice, me había enseñado esto; decía que, siendo princesa, debía conocer a mi pueblo, y siempre fue mi cómplice en estas aventuras. Al igual que Edmund, el cochero real, encargado de sacar los carruajes para el rey y la reina y de cuidar la caballería.

Todas las noches que me escapaba, Edmund me brindaba un caballo que debía devolverle por la mañana antes de entrar al palacio, tal como hacía ahora.

—Tardó demasiado, señorita Elizabeth. Debe apurarse o la descubrirán —me advirtió Edmund.

—Nunca me han descubierto, no lo harán ahora —le respondí mientras le entregaba el caballo— Muchas gracias.

Luego me dirigí a la parte trasera de la residencia, donde nadie podía verme y donde estaba mi habitación. En las noches dejaba una soga con nudos para poder escalar hasta la ventana, fingiendo que nada había pasado.

No era una gran altura, así que si caía, no me haría daño. Incluso, las primeras noches que escapé con mi madre llegué a caerme.

Tomé el lazo y comencé a subir, haciendo fuerza con todo mi cuerpo y apoyando mis pies en los nudos para impulsarme.

Finalmente apoyé el brazo sobre la ventana abierta e impulsé el resto de mi cuerpo para subir correctamente. Estaba agotada; normalmente no subía tan rápido por el lazo, pero esta mañana había llegado tarde.

Me quité la capa y me estiré, sintiéndome libre. Comencé a desatar mi corsé, pero fui interrumpida por una voz de sorpresa.

—¡Elizabeth! —esa voz era tan reconocible como las campanadas matutinas y tan fastidiosa como un zumbido de abeja en la oreja. Solté un largo suspiro; al parecer mi suerte había caducado esta mañana. Al darme la vuelta, vi a Madam Miriam, la mayordoma real, observándome con sorpresa.

—Puedo explicarlo, no es lo que parece, yo solamente…

—Elizabeth —sabía que vendría un regaño, así que tuve que pensar rápido en una excusa.

—Escúcheme, si me deja hablar puedo explicarle… lo que pasa es que…

—¡Elizabeth! —Miriam dio un pisotón fuerte que hizo sonar sus tacones. Me quedé callada, esperando el reproche, temiendo decepcionarla o recibir cualquier castigo. Pero lo que dijo fue completamente diferente.

—Elizabeth, no me interesan tus escapadas para ver a muchachos en lo más mínimo…

—¿Muchachos? No, yo…

—Respeta cuando hablen tus mayores —fue entonces cuando comprendí que se trataba de algo serio, y realmente hubiera preferido un regaño por escaparme—Elizabeth…

Hubo un largo silencio en la habitación. Seguía agitada y, a la vez, intrigada.

—Lamento mucho decirte esto de esta forma —hizo una pequeña pausa antes de continuar—, pero debemos apresurarnos para dar el aviso. Ya están los mensajeros informando al pueblo de la reunión que habrá aquí…

Supe de inmediato que algo grave había sucedido. Las reuniones solo se hacían para avisos de suma importancia. De otra forma, mi padre jamás permitiría que las personas del pueblo entraran al jardín y a la residencia.

—Ellie —prosiguió Miriam—, a la reina… la asesinaron.

Quedé estática, sin comprender del todo lo que decía.

—La reina… ¿qué reina?

—Tu madre. Lo lamento mucho, Elizabeth.

Al escuchar esas palabras, fue como si mi mundo entero se derrumbara. Perdí el equilibrio y caí sentada en la cama; todo se volvió borroso y mi pecho se sentía apretado, como si el corsé ejerciera más presión. Alice, mi madre, la reina Alice, había muerto. Era imposible… algo que no podía creer.

—Ellie, vendrán las criadas para arreglarte. Ponte el vestido negro y prepárate.

Estaba paralizada, sin comprender, en un estado extraño. Todo me daba vueltas y sentía mareo.

—Miriam, sé que cometí un error, pero mentir con algo así como castigo no es adecuado…

—No es mentira, Elizabeth. Sé que duele, pero algún día tendrás que aceptarlo —dicho esto, Miriam me dio un leve abrazo y luego se alejó— Ponte el vestido, ya casi es hora.

Cuando cerró la puerta, mi mundo terminó de derrumbarse. Mi madre siempre estuvo conmigo; no tenía esa conexión con nadie más en el palacio. Me enseñó a ser valiente, fuerte y noble. Y ahora se había ido.

Escuché dos toques en la puerta que interrumpieron mis pensamientos; luego entraron tres mujeres para prepararme.

—Buenos días, su alteza —hicieron una reverencia— Necesitamos que se vista, por favor, para proceder a arreglarla.

Me quedé quieta, procesando todo. Para ellos era solo una reina más; para mí, mi madre ya no estaba.

—Váyanse —dije— Necesito privacidad para vestirme.

Ellas salieron y nuevamente estaba sola. No pude aguantar y me desmoroné. Mis ojos derramaban lágrimas y las paredes parecían cerrarse. Respiraba con dificultad, tratando de mantener la calma.

Me levanté y me observé en el espejo: solo veía un rostro decaído, lleno de lágrimas y decepción.

Pasé a mi vestidor para tomar el vestido negro que siempre usaba para anunciar tragedias y comencé a vestirme. Cada paso era una pausa para procesar lo sucedido. Tardé casi treinta minutos; los vestidos elaborados eran complicados de poner, pero me ayudó a ganar tiempo para pensar y calmarme.

Al salir, las tres mujeres entraron con poco ánimo. Me senté frente al tocador y dejé que comenzaran a peinarme. Era tradición que los inferiores arreglaran a la princesa según las preferencias de la fallecida, incluyendo peinado, maquillaje y joyería. Nunca había tenido que cumplir esto, pero hacerlo ahora era doloroso.




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