La sensación de felicidad se volvió preocupación. Si me observaban en la habitación de mi madre, y aún peor, hurtando algo, me regañarían y castigarían de por vida.
Me apresuré a acomodar la tabla en el suelo justo como estaba y tomé el diario. Salí rápidamente de la habitación, cerrando la puerta sin cuidado. Sabía claramente que me habían visto, así que no tenía sentido disimular. Los pasos se acercaban y, por detrás, escuché mi nombre.
—Elizabeth.
—Lo siento, perdón, sé que no debí hacerlo, fue mi error… —dije antes de girar. Cuando me di la vuelta me sentí completamente aliviada— Edmund, me asustaste.
—Tiene que tener cuidado, señorita Elizabeth. Si la descubren podrá tener graves problemas, y esta vez no podré encubrirla —soltó una pequeña risa, y yo también. Sonreí por los nervios que me había provocado.
—Lo sé… Solo que…
—No, no tiene que darme explicaciones, señorita. Solamente vine a decirle que me enteré de la situación y que, si quiere un hombro para llorar, cuenta con el mío —Edmund dio una pequeña reverencia. Su corazón siempre fue noble, al igual que el de mamá; ambos eran buenos amigos, así que seguramente también pasaba por un dolor muy fuerte.
Me acerqué a él y le di un pequeño abrazo. Al alejarme, sus ojos estaban completamente aguados, y sus marcas de expresión, por la edad, eran aún más notorias.
—Gracias, Edmund. Sé que puedo confiar en ti, pero por ahora debo irme.
Sin decir más, me di la vuelta y avancé por entre los pasillos para llegar a mi habitación.
Al llegar, entré y cerré con seguro para que nadie entrase. Quería privacidad, además, no podían saber que tenía el diario de mamá, lo más seguro es que me lo confiscaran.
Abrí la primera página: “Diario de Alice”. Su letra era femenina y perfecta. Quise avanzar con el corazón en la mano, pero terminé sorprendida.
Al pasar de página, vi que había varias hojas arrancadas. Lo supe por los restos de papel que quedaban, al parecer, mamá las había quitado. La página que seguía a todas esas hojas tenía una amapola pegada, su flor preferida, con una pequeña frase: “Paz después del dolor”.
Seguí avanzando, había más hojas arrancadas. Más adelante me encontré con una fecha escrita, acompañada de lo que parecían ser indicaciones: “15 de marzo, afueras, base”.
El 15 de marzo fue el día en el que mamá emprendió su viaje; hoy, 19 de marzo, fue su muerte. Ella tenía muy presente ese viaje, seguramente no lo quería olvidar. En la página siguiente había algo escrito, más específico:
“13 de marzo, 1890
Sigo preguntándome si la lucha vale la pena. Llevo recursos y comida para camuflar, pero, sin embargo, una sensación de miedo me invade. Quedan dos días para encontrarme con Freya y finalizar la fase del plan”.
¿Plan?
No tenía sentido.
¿Quién es Freya? ¿Qué plan?
Lo que mamá tenía anotado no era nada similar a lo que se suponía que haría: darle comida a los pobres de las afueras del reino. Al contrario, hablaba de un plan, y parecía importante.
Seguí avanzando, con miedo, curiosidad y a la vez extrañeza.
Lo siguiente que me encontré fue un dibujo de mi rostro. Estaba retratada perfectamente en el diario de mamá, y en la parte de abajo estaba escrito mi nombre. Mi corazón se apretó al ver esto; siempre me tuvo en cuenta y siempre me amó más que a nadie. No pude evitar llorar nuevamente. Era un sentimiento horrible que jamás había experimentado. Sentía que, si salía de la habitación, estaría mamá esperándome para abrazarme; sentía que iba a despertar y esto no sería real. Aún no terminaba de procesar todo, pero dentro de mí sabía que eso no pasaría. Ella ya no volvería y este era su único recuerdo.
Pasé saliva y limpié mis lágrimas. Traté de calmarme nuevamente, controlé mi respiración y solté un largo suspiro. Arranqué esa hoja y la dejé en la cama; la guardaría siempre conmigo.
Al desprender la hoja, vi la que le seguía, otro texto:
“15 de marzo, 1890
Llegó el día. Tengo una sensación extraña de miedo. Hoy hablaremos sobre el gran escape; falta poco para completar todo. A pesar de que compliqué las cosas, Freya me entendió. Debemos ser cuidadosas. También le preguntaré a Freya– obligaré a Freya–, le diré que me deje llevar a Elizabeth al escape, nos iremos las dos. Sé que cuando le cuente todo a Ellie, ella entenderá; la crié para que lo haga”.
Me quedé perpleja. Todavía no entendía nada, solamente pasé la página esperando encontrar respuestas.
“Después de regresar del viaje le contaré todo a Elizabeth. Quiero que comprenda y que sea inteligente. Ella debe saber que no podemos estar aquí más, ella va a entender que el mundo, que todo, necesita cambiar. Confío en que entenderá y querrá escapar”.
Pasé la página.
No había más.
El resto de hojas estaban arrancadas. No había absolutamente nada más, eso era todo. Lo que creí que sería algo emocionalmente difícil me dejó confundida y llena de dudas.
¿Freya?
¿Escapar?
“Confío en que entenderá y querrá escapar”.
Mamá no fue a llevarle comida a los pobres. Su viaje era otra cosa: fue a ver a Freya y a hacer un plan. Pero ¿plan para qué? ¿quién es Freya?
Recosté mis manos sobre mi cabeza. Estaba desesperada y no entendía nada. Quería entender, quería saber el motivo. Mamá fue asesinada, ¿por quién? ¿Por Freya? Nada de esto tenía sentido.
“Confío en que entenderá y querrá escapar”.
“Querrá escapar”.
No estaba hablando de una escapada nocturna; es un escape definitivo. Pero ¿escape para qué? Ella quería que yo huyera con ella, quería que me fuera.
Quería escapar del reino, del rey. Solo quería llevarme a mí, ¿por qué? ¿eso quería decir que el reino no era seguro?
Solté unos cuantos suspiros para tratar de calmarme y entender mejor. Ya había escapado antes, ya sabía cómo hacerlo, conocía el mundo. Inclusive tenía una amiga dentro del pueblo que conocía mis recorridos nocturnos…