—Me vendiste… ¡Eres una traidora! —dijo él, con la expresión de indignación más grande que jamás había visto.
—¿Qué? Yo no te vendí, escúchala primero —Teresa se defendía, mientras Nathaniel parecía haberse alterado.
—¡Traidora! —su mirada burlona ya no estaba; giró su rostro hacia mí, tratando de generar compasión— Yo… yo prometo no volver a hacerlo, ¿sí? Es que tengo que comer, por eso lo hago, soy muy desdichado —al no ver reacción alguna por mi parte, se arrodilló frente a mí, juntando sus manos en forma de súplica— Por favor, princesa, por favor, ¿qué quieres? ¿Quieres tu collar? Te lo devuelvo, no lo vuelvo a hacer…
—¿Mi qué? ¿Robaste un collar mío?
Eso pareció confundirlo, porque dejó de hablar y se sentó justo como estaba antes. Frunció el ceño y se quedó observándonos, perplejo.
—¿No quieres tu collar?
—No sabía que habías robado mi collar, pero me lo tendrás que devolver después de que te explique todo —mantuve un tono firme y autoritario; sabía que esta había sido una mala idea. Si el plan se llevaba a cabo, tendría que tener cuidado con mis pertenencias.
—Entonces… ¿qué quieres de mí?
—Voy a ser rápida. Hoy la reina, mi madre… murió, pero encontré un diario en su habitación. En resumen, el diario decía que debía ir donde una tal Freya…
—¿Freya? —sus ojos se iluminaron al escuchar aquel nombre.
—¿La conoces?
—Bueno, pues era parte del grupo…
—¿Robaban en grupo? ¡Ja! Qué descarados.
—Princesa, si me dejas explicar, es más sencillo —su expresión era cansada; parecía que le irritaba escuchar mi voz— Y sí, robábamos en grupo algunas veces, no siempre, solo que la mayoría no lo sabe porque yo soy el más apuesto y reconocido…
—Ve al punto.
—Pero qué paciencia —resopló, poniendo los ojos en blanco con molestia— El caso es que, un día, simplemente Freya se fue lejos del pueblo, por unos ideales extraños.
—¿Sabes dónde está exactamente?
—Más allá del río, por la estación del tren. Pero deberías tener cuidado, quizá no hablamos de la misma Freya, hay muchas posibi…
—Hablas demasiado —lo interrumpí— Pero tienes cosas buenas, como que sabes dónde está Freya. Así que apenas se apaguen todas las luces del pueblo y no haya rastro de guardias, nos iremos.
—¿Iremos? —Nathaniel levantó las cejas, sorprendido; parecía aún no comprender para qué lo necesitaba.
Quizá su mente no era su mayor fortaleza.
—Sí, iremos.
—No, irás tú sola, preciosa. Yo contigo no voy a ningún lado.
Solté un suspiro con exasperación. Había sido un día difícil y estresante, no quería complicarlo más con este imbécil; sin embargo, él sabía dónde estaba Freya, así que sería de gran ayuda.
—Voy a ser muy clara contigo, Nathaniel —me levanté del suelo y suspiré una vez más— Vas a acompañarme. No te estoy preguntando y no es opcional; es una orden real…
—Ay, por favor, una orden real —soltó una pequeña risa irónica, lo que terminó de enfurecerme. ¿Quién se creía este tipo?
—Sí, es una orden real. Y tienes dos opciones, e incluso vas a salir beneficiado. Primero, si me acompañas, no tendrás que estar condenado a la pobreza toda la vida, no serás un miserable ratero y no tendrás que huir; tu condena no existirá. Además, te daré una recompensa en dinero —sin darme cuenta, estaba elevando mi tono de voz poco a poco.
—¿Y si al miserable ratero no le pega la gana de ir? ¿Qué pasa? —Nathaniel también se levantó, haciéndome frente con un gesto de superioridad, creyendo que era mejor que yo. Qué idiota.
—Si al miserable ratero no le pega la gana de ir, a la princesita se le va a pegar la gana de enviarlo a la celda de una vez por todas —di un paso al frente, demostrándole que, por obviedad, yo tenía más poder que él.
—No eres tan tonta, princesa. Estás huyendo, no me puedes enviar a prisión porque te descubrirán —se alejó de mí, recostándose en la pared, luciendo relajado y confiado.
Solté una risa de satisfacción. Esto era una guerra de poder y claramente yo ganaría.
—¿Disculpa? ¿Qué dijiste? —antes de que él pudiera hablar, me dirigí con paso firme y rápido a la ventana, quité la cortina con fuerza permitiendo que la luz se percibiera desde afuera y me preparé para gritar— ¡Guard…!
Pero antes de poder completar la frase, una mano tapó mi boca con fuerza y me empujó hacia la pared: Nathaniel. Acto seguido, cerró las cortinas y apagó rápidamente la pequeña lámpara que tenía en la esquina.
—¡¿Eres tonta?! —pareció desesperarse por un momento, incluso hizo un gesto de ira contra su propio cabello. Lo único que pude sentir fue satisfacción. Yo gané.
—Y... ¿vas a acompañarme? —le di una pequeña sonrisa amable.
Él soltó un grito ahogado de enojo, o quizá de angustia, o quizá de irritación.
—Supongo que no tengo de otra —su mirada de odio hacia mí era lo que menos me importaba en ese momento— Pero duplicarás la recompensa.
Su descaro tampoco era de relevancia.
—Bueno… —Teresa, quien estaba observando la escena y a quien olvidé por unos segundos, se incorporó— Parece que se van a llevar muy bien en su viaje. Tristemente, tengo que irme.
Mis ojos dejaron de enfrentarse a los de Nathaniel y me acerqué a Teresa para despedirme.
—¿Estás segura de que no puedes acompañarme?
—Me encantaría, Ellie, pero tengo que cuidar a las niñas, además, una está enferma. Pero sé que te va a ir excelente —me dio un abrazo reconfortante y cálido antes de irse— Cuídate.
Le dirigí una sonrisa amable; ella siempre me había apoyado. La vi desaparecer entre la oscuridad del cuarto y finalmente salir por la ventana. Lastimosamente, el momento íntimo de despedida fue interrumpido por el bruto de Nathaniel.
—Sí, sí, qué lindas, qué buenas amigas… ¿Cuál es el plan?
Solté aire por décima vez en el día y me dirigí hacia él, sentándome en una esquina y volviendo a encender la luz. Él se sentó frente a mí.
—Eso te pregunto. ¿Sabes cómo llegar a donde Freya?