Elizabeth Blackthorne, sangre de reina

Capítulo 4: Sin vuelta atrás

—¿Qué es este lugar?

—¿Nunca habías visto un salón clandestino? Oh… olvidé que este no es un sitio para personas como tú —decía Nathaniel, mientras caminaba por delante de mí esperando que lo siguiera.

—La gente como yo no viene a sitios como este porque son para gente como tú —subí un poco la voz, ya que el zapateo de las personas, combinado con el desafinado ruido del violín, no permitía oír con claridad— Además, no entiendo qué tiene de atajo esto…

Nathaniel me ignoró; solamente siguió caminando. Me guio por entre la gente que bailaba animadamente; nunca había visto un tipo de baile así de rápido o de exagerado. Nos detuvimos en una especie de barra donde había muchas personas sentadas, charlando y riendo alborotadamente.

Nos sentamos en unas sillas de madera y, unos segundos más tarde, se nos acercó una dama. Tenía el cabello rubio y corto, y el mismo traje de la mujer pelirroja que seguía bailando en el centro del lugar.

—¿En qué les puedo ayudar…? —apenas nos vio, soltó una sonrisa muy alegre— ¡Nathaniel! Qué sorpresa verte por estos lares —sus ojos se posaron en mí, aún sonriendo— Y con una nueva compañera, dime, ¿el reemplazo de Freya?

—No soy el reemplazo de nadie, qué amable —dije, con un tono seco que pretendía ser cortés.

—Es nueva, y parece que no sabe cuándo callarse —Nathaniel dirigió un codazo hacia mí en forma de burla, o de agresión— Hace mucho tiempo no vengo, está muy bien decorado el lugar y… ¿ese traje es nuevo? Oye, se te ve espec…

—Ya dime qué necesitas. ¿Te están persiguiendo de nuevo? —mientras la mujer hablaba, sacó dos vasos de vidrio pequeños y, junto a ella, una bebida que olía en exceso a menta— Algo de absenta para que se animen; parece que pasaron por una aventura algo sucia —dijo señalando mi rostro.

Hice caso omiso a esto; sin embargo, apenas oí “absenta” supe que estaba en un sitio de mala muerte, en donde beben cosas prohibidas hasta entrar en locura infinita.

—Necesito que me ayudes a salir por la parte trasera o de lo contrario, morirá tu mejor y hermoso amigo Nathaniel —parece que la especialidad del ladrón era rogar.

—Nate, ya me debes dos favores, y por si no te diste cuenta, el salón está lleno.

Nathaniel —o Nate— tomó rápidamente la copa que la mujer le sirvió, sin hacer ningún gesto, y luego volvió a hablar.

—Te prometo que te daré gran cantidad de lo que venda, ayúdame.

Ella pareció dudar por un segundo, hasta que tomó una bocanada de aire y afirmó:

—Bien, alejaré a la gente de la salida y cuando esté solo te haré una seña —giró su torso hacia otra mujer de tez morena que se encontraba atendiendo personas— Eloísa, ayúdame por si llegan personas aquí, no tardo.

La mujer, Eloísa, se acercó mientras la rubia se alejaba y se perdía entre la multitud.

—Nathaniel —dijo ella; parecía que mi querido compañero era muy famoso en sitios como este— No puedo decir que me alegra verte, porque no es así. ¿Cuándo me vas a pagar lo que me debes?

Nathaniel tomó la copa que me correspondía y se la bebió de un solo sorbo.

—Te prometo que…

—Estoy harta de tus promesas, y espero que esa copa sí la hayas pagado.

Me sentía torpe sin poder opinar nada; el lugar estaba terriblemente caluroso. Por un momento la música paró. Giré mi rostro por curiosidad, dejando de oír la discusión entre Nathaniel y Eloísa. Las personas aplaudían a la mujer de cabello rojo mientras ella se bajaba del escenario y entraba otra. La siguiente estaba vestida de la misma forma. La música comenzó a sonar de nuevo; esta vez ella bailó de forma más suave. Al darse la vuelta…

—¡¿Teresa?! —dije sin aliento. Sí, Teresa, mi buena amiga, estaba “trabajando”, bailándoles a los hombres de aquel lugar un claqué.

—Vaya que tienes buenas amiguitas, Thorne.

—No seas entrometido —apreté los dientes al verla; no podía creerlo. La situación de pueblerinos como Teresa era devastadora.

Nathaniel me sacó de mis pensamientos jalándome del brazo.

—Lo siento, Eloísa, estaría encantado de seguir hablando sobre mis deudas, pero debo irme —me guio nuevamente por entre la gente; a lo lejos divisé a la rubia haciendo su mayor esfuerzo para que la viéramos.

Al llegar donde ella, pude respirar un poco; no olía a sudor ni a alcohol en este lado del salón.

—Bien, saqué a las personas, ya sabes cómo llegar. Espero que sí cumplas y me des mi parte; cuidaré mientras entran —ella le pasó a Nathaniel una vela recién encendida para podernos guiar.

—Gracias, eres la mejor. Te daría todas las riquezas si pudiera; tristemente, no se puede. Adiós —él se despidió.

Yo solamente ofrecí una sonrisa de amabilidad y agradecimiento.

Comencé a seguirlo por el pasillo en el que entramos; era estrecho y oscuro, la vela apenas alumbraba. Luego giramos una o dos veces hasta que vimos el final del pasillo. Era una pared con rocas, había un pequeño hueco entre estas, apenas para poder entrar.

—Iré yo primero. Por este lado no habrá nadie, es el lugar más solo del pueblo —dijo él, pasando por delante de mí.

—Qué caballeroso.

—No me interesa tener caballerosidad contigo.

—Si no te interesa, haré que te interese, Nate.

—Qué poca originalidad para los apodos tienes.

—No es poca originalidad, es que tu apodo es ridículo, al igual que tu nombre.

Lo empujé contra la pared para adelantarme y tomé impulso por mí misma. Primero pasé la mitad de mi torso hasta mi cabeza e hice la mayor cantidad de fuerza posible para pasar el resto de mi cuerpo. Sin embargo, hice mucho impulso y, por obviedad, no caí de pie; caí sobre mis rodillas. Me provocó dolor, pero no iba a quejarme. Detrás de mí vi a Nathaniel haciendo el mismo esfuerzo; lo hizo mucho más sencillo, por costumbre.

Dejé de verlo y me incorporé, limpiando mi vestido, que ya estaba arruinado. Luego vi el lugar: una carretera completamente vacía, a excepción de una mujer que estaba lactando a su hijo en una esquina, sentada y con frío.




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