—Si desea, puede revisar, señor —anunció el anciano.
Mi mano aún estaba sobre la boca de Nathaniel; observaba sus ojos mientras el calor de nuestras respiraciones se mezclaba. Sentía mi propio sudor y, a la vez, un vacío en mi estómago por el nerviosismo. Si éramos descubiertos, sería el fin para ambos.
Pero, como si un ángel descendiera del cielo, escuché la voz de un niño, que bajó de la parte delantera y fue hasta atrás, justo donde estaban los guardias.
—Abuelo, no vamos a llegar.
Por su voz, asumí que tendría entre siete u ocho años; esperaba que fuera distracción suficiente para que nos dejaran en paz.
—Señores, no hay nada malo. Debo llegar antes de las doce a la estación, o de lo contrario mi nieto perdería el tren. Miren —sentí un ligero viento que provenía de la parte donde se encontraba la mercancía. La manta había sido ligeramente levantada y, por instinto, Nathaniel y yo íbamos moviéndonos lentamente hacia la pared del carruaje, hasta no tener más espacio.
—Como pueden observar, solo tengo mercancía y comida; además, una princesa no estaría aquí. —Tiene razón, una princesa no estaría aquí. Qué irónico.
Después de unos segundos que parecieron horas, por fin dijeron:
—Está bien, pueden irse.
Escuché cómo cerraban el carruaje por tercera vez en el día, y cómo el niño y su abuelo regresaban a la parte delantera. Aún estaba encima de Nathaniel; quería asegurarme de estar ocultos hasta que el caballo avanzara. Y así fue: apenas comenzó a cabalgar, me separé rápido de él. Respiré exageradamente. Nathaniel colocó su mano bruscamente en mi boca para callarme y luego soltó una risa ahogada.
—Eso estuvo muy cerca —susurró, casi inaudible— Ahora me pagarás el triple.
Lo miré con el ceño fruncido.
—El doble fue el trato.
—Me conformo con dormir por ahora.
—Por fin algo coherente sale de tu boca. Despiértame cuando no soportes el sueño —seguíamos hablando en susurros.
—¿Perdón? Dormimos los dos, no soy tu escolta.
Cada vez me irritaba más. Me acerqué a él, casi rozando su oído para que le quedara clarísimo lo que saldría de mi boca.
—Creí que eras más listo, pero parece que aún no entiendes nada. Uno tiene que quedarse a cuidar mientras el otro duerme, y luego cambiamos. ¿Por qué? Porque no sabemos en qué momento el señor va a revisar —me alejé y le di dos palmadas en la espalda— Es inteligencia básica, Nate.
—Primero —dijo, manteniendo un susurro que parecía costarle— "Nate" suena hermoso viniendo de los labios de Eloísa; de los tuyos suena como un alma en pena. Y segundo, yo duermo primero, qué amable.
Dicho esto, Nathaniel se recostó cómodo para dormir, cosa que obviamente no lo dejaría hacer. Me estaba sacando de mi zona de tranquilidad; estaba estresada, tenía hambre, sueño y había tenido un día agotador. Así que jalé su cabello hacia mí. Él soltó un chillido de dolor e inmediatamente lo callé.
—Susurros, no se te olvide —le dije. Se apartó de mí con brusquedad y nuevamente me acerqué— Nathaniel, por si se te olvidó, yo te contraté, yo te voy a pagar, yo soy la princesa y tú... eres tú. Así que yo, la princesa y la damisela, duermo primero.
—Claro, porque yo soy yo.
—Exacto, al fin lo entendiste.
—Creí que me podrías caer bien, pero a las personas como yo les dan asco los clasistas e inútiles como... tú.
No pude fingir internamente que no me doliera, porque sí lo hizo. Clasista es un término horrible; no entiendo cómo pueden discriminar a las personas por algo como eso. Sin embargo, yo lo estaba haciendo con Nathaniel. Pero era su culpa: era un ladrón y, además, insoportable.
Sin decir nada más, lo ignoré y recosté mi cabeza para acomodarme, tapándome con la manta blanca que estaba repleta de polvo.
El lugar era incómodo; sentía astillas de madera y trigo por mis piernas, además de olor a humedad. Traté de encontrar una posición donde las astillas no me tocaran y pudiera sentir algo de descanso. Cuando por fin lo logré, mis párpados comenzaron a pesar y sentí mi cuerpo liviano.
El balanceo del carruaje, el galope del caballo y cualquier cosa que hiciera Nathaniel comenzaron a desaparecer poco a poco. El olor a madera y a trigo se convirtió en un aroma similar a flores de lavanda. El aire se tornó ligero; era hermoso respirar, no hacía calor y me sentía relajada.
Abrí mis ojos lentamente para ver qué pasaba, porque el carruaje había pasado de ser totalmente incómodo a sentirse como una ligera pluma. Una luz de día me cubrió por completo, obligándome a entrecerrar los ojos.
Me incorporé; estaba sobre una cama blanca y suave, y no tenía puesto aquel horrible vestido lleno de barro. Al contrario, tenía mi camisón, con el que solía dormir placenteramente.
Al contemplar bien el lugar, quedé atónita. Estaba en mi habitación, todo permanecía tal cual lo había dejado. Inhalé y exhalé incontables veces; no lo podía creer. Después de todo lo que pasé, ¿había sido un sueño?
—Elizabeth... —una voz detrás de mí me sorprendió; una voz que reconocería tanto como el olor a lavanda de mi cuarto. Una voz suave y armónica, delicada y acogedora. Giré lentamente la cabeza, con miedo de que no fuera lo que esperaba. Pero sí era ella.
Estaba ahí, parada en la esquina de la habitación, junto a la puerta.
Su cabello castaño y rizado estaba intacto, con su medio recogido y flores. Traía su vestido preferido y sus labios color coral. Su piel blanca y delicada contrastaba con la perfección. Me levanté corriendo y fui a abrazarla, con lágrimas en los ojos y la respiración cortada.
—Mamá...
Cuando me separé, ella se acercó nuevamente para darme un beso en la frente. Cerré los ojos para sentirla, para sentir su presencia, su olor floral, su amor... Cuando los abrí, ella seguía allí.
—Perdón... —dijo una vez. Luego lo repitió dos y tres veces más. Quería hablarle, decirle que no tenía que disculparse, pero las palabras no salían de mi boca.