—¡Ey, ey, ey! —Nathaniel habló alertado— No es necesario, no quieren a la princesa muerta...
—Tienes razón, la quieren viva, pero no especificaron si completamente sana —el viejo tomó el arma e hizo más presión en mi cabeza, demostrando que en este momento él era quien tenía el poder. Estaba asustada, pero sabía que no podría dispararme; si estaba muerta, no habría recompensa.
—¿Qué le parece si lo hablamos? Usted dijo que quería negociar, pero está amenazando —Nathaniel agitaba sus manos con nerviosismo, tratando de calmar al señor. Yo, por el contrario, estaba callada; no quería arriesgarme a morir de esta forma tan detestable.
—Te conozco, muchacho... Sé quién eres, Crow. Eres fuerte, me sorprende verte en esta situación con esta... princesa —esto último lo pronunció con desprecio.
—¡Sí, sí! Tiene razón, soy Nathaniel... He ayudado muchas veces al pueblo, pero ella... —volteó a mirarme, hizo una pequeña pausa y en sus ojos se veía algo indescifrable— ella me obligó a estar aquí. Yo no quería, estoy obligado. A mí no me necesita, señor... Usted solamente la necesita a ella. Por mí no le darán recompensa; a mí me matarán y no podré seguir ayudando al pueblo. Déjeme ir... Por favor, quédese con la princesa.
—Nathaniel —dije casi ahogada por la impresión. Sentí el arma nuevamente contra mi sien y me quedé estática.
Creí que podría confiar en él, creí que era alguien de fiar. Sentí un escalofrío por todo mi cuerpo al darme cuenta de que este era mi fin; no podía hacer ningún movimiento porque la bala me golpearía en cualquier momento.
Traidor. Nathaniel Crow es un maldito traidor.
—Si duda de mí, tengo esto —dijo, mostrando el collar que me había robado —tendrá doble fortuna.
—Bueno... —el anciano hizo una pausa, parecía estar pensando qué decir o qué hacer.
No sé qué estaba esperando realmente. Era un ladrón; todo este tiempo me dio indicios de que odiaba a la realeza. Era de esperarse que en cualquier momento me apuñalara por la espalda. Pero no pensé que sucediera tan rápido.
—Toma la soga que está en esa bolsa negra —el hombre señaló— y amarra a tu princesa.
El viejo me tomó ambas manos bruscamente y las llevó hacia atrás. Luego me dio la vuelta y volvió a apuntarme con el arma. Quizá pude escapar, pero tenía miedo; ahora eran dos contra una. No sabría qué hacer y era muy probable que terminara herida. Nathaniel se acercó por detrás de mí, tomó mis manos y comenzó a amarrarlas. No lo hizo tan fuerte, pero de igual forma no podía moverme y estaba condenada a devolverme al reino.
—Listo —dijo mi supuesto compañero.
El hombre me giró nuevamente y soltó una risa de satisfacción.
—Dame el collar y vete antes de que cambie de opinión —el hombre estiró su mano y Nathaniel le obedeció. Le entregó uno de mis objetos más preciados y, como si fuera poco, me vendió.
—Muchas gracias, señor. Perdón por la molestia, pero... ¿me permite sacar un diario que tiene esa mujer en su bolso? Es mío, me lo arrebató, era de mi madre —pero qué estaba diciendo ese infeliz. No contento con traicionarme, venderme y robarme, ahora quería quitarme mi tesoro más preciado. Le conté del diario, le dije que lo tenía, y así era como me pagaba.
—Eso no es...
—¡Cállate, damita! —en vez de hacer presión con el arma, el hombre me golpeó la cabeza con esta, lo suficientemente fuerte para generarme mareo y un dolor constante. No dije nada más; estaban dispuestos a matarme si era necesario— Saca tu diario y lárgate.
Nathaniel se acercó a mí y tomó mi bolsa. Comenzó a buscar dentro de ella; no le puse atención hasta que vi que sacó mi diario, y mi dolor de cabeza aumentó.
Acepté mi ruina y mi destino. Tendría que volver y estaría castigada de la peor forma posible. Al menos lo intenté. Perdón, mamá...
Escuché a Nathaniel despedirse. El hombre se enfocó en mí y empezó a meterme al carruaje. Aún podía luchar, así que con mis pocas fuerzas comencé a moverme para que le costara trabajo meterme. No estaba apuntándome, pero de igual forma, si salía a correr, Nathaniel me atraparía.
—Quédate quieta, maldita rata...
El señor dejó de luchar; escuché un grito de dolor que provenía de él. Me giré rápidamente y allí estaba: el “traidor”, con mi daga llena de sangre. Todo sucedió demasiado rápido; no tuve tiempo ni de pensar.
—¡Corre! —Nathaniel se acercó a mí y desató su nudo mal hecho en mis manos. Avanzamos un poco, pero me detuve y giré el rostro. El hombre tenía la espalda cortada y se quejaba de dolor mientras buscaba el arma, que estaba a su lado derecho junto con mi collar.
Me acerqué en un movimiento rápido, tomé el arma y mi collar, mientras de fondo oía los gritos desesperados de Nathaniel para que corriera. Luego avancé sin mirar atrás, siguiendo a Nate, que iba delante de mí.
Mientras corríamos, escuchábamos una voz que nos maldecía repetidas veces; el hombre nos estaba persiguiendo.
Corrimos colina abajo. Sentía mi cabeza palpitar y un zumbido invadía mis oídos; por momentos, el mareo me hacía balancear levemente. Bajé el ritmo; Nathaniel me tomó de la mano y me impulsó. Me sentía con náuseas. La colina parecía infinita. En la parte baja había una especie de río que sería un escondite perfecto.
El hombre seguía detrás de nosotros, gritando obscenidades.
Al estar cerca del lago, tropecé, quizá por el mareo o el cansancio.
—Vamos, Thorne, tú puedes —Nathaniel me levantó y siguió corriendo, casi cargándome. Unos segundos después llegamos al lago. Nate me empujó al agua y luego entró él. Tomó mis hombros y me obligó a hundirme para que el anciano no nos viera.
En el agua sentía desesperación; cada segundo era como una hora y mi dolor empeoraba. Sentía el pecho apretado y el frío del río era insufrible. Subimos a la superficie unos segundos para tomar aire antes de volvernos a sumergir, hasta que dejáramos de escuchar al viejo, lo cual sucedió más rápido de lo que pensaba. Repetimos el proceso unas cuatro veces. Salimos, respiramos, nos hundimos.