La señora entró nuevamente en la habitación, esta vez con sus manos llenas.
—Esto les quedará muy bien, deben estar congelados —dijo, pasándonos dos mudas de ropa— En el fondo hay dos baños, uno es de invitados. Pueden ponerse cómodos y, cuando estén listos, bajen a comer algo.
—Muchas gracias, no caben palabras para agradecerle —dijo Nathaniel, muy convincente en su papel de buen muchacho. Yo imité su gesto y agradecí.
Él desapareció directo al baño principal; como era tan "caballeroso", como siempre, me había dejado el de invitados.
Pasé por la habitación, que antes no había detallado bien por la adrenalina. Tenía un diseño bastante hermoso y detallado, repleto de grabados dorados, como flores o figuras sin forma, por su pared. La cama era doble y grande, y tenía un cubrelecho rojo enorme que la cubría. Pasé por el lado de esta para llegar al baño de invitados, que se veía mucho más escondido y pequeño.
Al entrar, su decorado era bastante delicado; predominaba el color azul. El baño era pequeño comparado a los del palacio, pero me ayudaría a limpiarme y a lavar mi herida.
Luego de un baño relajante, que me hacía falta porque estaba repleta de suciedad, pude ponerme el vestido que la señora me brindó. Era un vestido rosado, con corsé simple, no de esos que te ahogan con solo mirarlos. Me sentaba muy bien.
Acomodé mi pelo hacia atrás para que se pudiera secar más fácil con el aire y me observé en el espejo: la herida, limpia de sangre y suciedad, lucía mejor. Solo parecía una pequeña apertura en la piel con un moretón a su lado; de igual forma, seguía doliendo.
Al salir del baño, con mi ropa sucia en mano, me encontré con Nathaniel, que parecía no saberse vestir. Tenía un pantalón recto negro bien puesto, pero en la parte de arriba tenía solo la camisa blanca básica mal colocada.
—¿No te enseñaron a vestir?
—No me voy a incomodar con una chaqueta apretada y una corbata, además, se ve estúpido.
—Mínimo por agradecimiento deberías ponerte el traje completo.
—Soy agradecido, y tú idiota...
—¿Cómo te atreviste a llamarme?
—Como oíste. ¿Con ese vestido crees que vas a poder ir a donde Freya?
—Pues a diferencia de ti, Nathaniel, mi valentía no se mide por mi forma de vestir, ridículo —pasé por su lado, chocando mi hombro bruscamente contra el suyo, y escuché una risa sarcástica mientras me alejaba por el pasillo.
Bajé por las escaleras y me encontré a la señora preparando un desayuno en una de las mesas.
—Su vestido me queda muy bien, es hermoso —dije, sorprendiéndola. Ella me volteó a mirar con nostalgia y sonrió amablemente.
—Te queda precioso, pareces una princesa. Ese vestido lo usaba mucho en mis veinte años, ya estoy algo vieja para eso —me hizo un gesto amable con su mano para invitarme a sentar. Obedecí— No nos hemos presentado bien, por toda esa preocupación. Mi nombre es Antonia, un gusto.
—Un placer —nos dimos la mano amablemente y sonreímos— Mi nombre es...
—Buenos días —interrumpió Nathaniel, como siempre tan inoportuno. No pude evitar hacer un gesto de fastidio.
—Qué exquisito se ve esto —se sentó a mi lado, incomodándome— Muchísimas gracias.
—No hay de qué. Nos estábamos presentando, yo soy Antonia, y ustedes... —la señora nos señaló levemente con su mano para que respondiéramos, pero antes de que pudiera hablar, Nathaniel habló por mí.
—Tabitha y William, un gusto —¡¿Qué?! No dije nada porque comprendí el porqué había mentido, pero ese nombre estaba horrible.
—Qué nombres tan hermosos —sí, cómo no— Cuéntenme, cómo se sienten. Tu herida luce mejor, Tabitha—Nate me chocó levemente con su rodilla; quizá pensó que era tonta y no recordaría mi apodo.
—Ya no me duele tanto.
—Igual es necesario ponerte una venda. Oh, pueden comer.
—¿Y su esposo no vendrá? —pregunté, pues Nathaniel tenía la ropa de él; debíamos agradecerle igualmente.
—Querida... Mi esposo no... Él no puede venir porque ya no está vivo.
Me quedé atónita, no supe qué decir por mi imprudencia.
—Lo lamento mucho, yo...
—No tienes que lamentarlo, él vivió una vida plena.
—Es un honor tener su ropa puesta, Antonia —dijo Nathaniel en tono dulce.
—Ustedes son como un milagro, nunca llega gente por estos lados a alegrarle la vida a una anciana; me hacen sentir feliz.
Solo pudimos sonreír. No sé si mi corazón sería tan fuerte como para robarle e irnos; me sentía mal, debía haber otra alternativa.
—Por cierto, hacen una hermosa pareja.
—Nosotros... —dije para contradecirla. Nadie con cinco sentidos podría pensar que somos pareja.
—Nosotros estamos muy felices de estar comprometidos —me interrumpió Nathaniel. Le di un rodillazo fuerte; no entendía sus estúpidos jueguitos.
—Qué hermoso es el amor a esa edad. Oh, y otra cosa, pueden quedarse el tiempo que deseen, no tengo problema alguno.
Volvimos a agradecer, como por décima vez en el día, y entre risas y charla poco significativa, comimos. Al terminar, Antonia recogió los platos.
—Ya vuelvo, traeré alcohol para tu herida, y podrán subir a dormir un poco; deben estar exhaustos.
Solo sonreí amablemente mientras ella subía por las escaleras. Luego, volteé a ver a Nathaniel con ira.
—¿A qué estás jugando? Entiendo lo de los nombres, pero inventarte una vida está de más.
—Tenemos que ser convincentes, decir todo lo contrario a lo que somos.
—Pero no sobrepasar la línea de lo creíble.
—Ella creyó que éramos una feliz pareja de comprometidos —tomó mi mano fingiendo un gesto romántico, y lo separé bruscamente.
—Nadie podría creerse eso.
—Qué obstinada. Perdón por no ser un noble caballero.
—¿Qué...? ¿Todo lo que sale de tu boca tiene que ser estúpido? Si fueras un noble caballero ni siquiera pensaría en darte un abrazo; ni muerta, ni en cien vidas me comprometería contigo.
—¿Tanto te afectó la mentira? Pareces detestarme. Qué delicada, princesita llorona.