—Thorne —sentí una leve caricia en mi brazo— Ey, Thorne —la caricia se intensificó y pasó a ser brusca. Un movimiento fuerte terminó de despertarme.
Al abrir los ojos vi a Nathaniel a mi lado. Él me quitó las cobijas de encima y se levantó de la cama.
—Ya está oscuro, parece que dormimos de más, pero ya es hora, debemos irnos —Nathaniel vestía igual, pero mi bolsa estaba colgada de su hombro. Parecía ya estar seca y a salvo de milagro.
—¿Estás seguro de esto?
Nathaniel me señaló una ventana que daba hacia afuera; era muy pequeña, pero se podía ver, y efectivamente, estaba oscuro.
—Muy seguro. Antes de irnos, busquemos cosas en la habitación, puede haber algo útil.
—Ni lo pienses, no voy a robar.
—¿Ah, sí? ¿Y los caballos qué, los vas a tomar prestados? —dijo con su tono de voz irritante y hostil, pero tenía razón; al fin y al cabo terminaríamos hurtando.
Me levanté de la cama, estirándome, y me preparé. Me puse mis botas y até mi cabello; luego, junto con Nathaniel, comencé a buscar entre los cajones de los muebles de la habitación. A cada lado de la gran cama roja había dos mesitas de noche y, pegado a la pared, un gran armario de madera oscura.
Empecé a revisar una mesita mientras Nathaniel veía la otra.
—¡Bingo! —susurró— Esto sí va a ser de mucha ayuda —al asomarme vi a Nathaniel con una sonrisa de oreja a oreja; en su mano sostenía un gran fajo de billetes.
—Solo toma un poco, no todo —no era tan desconsiderada como para dejarla sin un centavo a la pobre Antonia.
Una pizca de remordimiento pasó por mi cuerpo; me sentía mal de estar robando, nunca pensé hacer esto. Pero a veces en la vida hay situaciones extremas.
Pasé al siguiente cajón, estaba repleto de joyas y de lana. Comencé a revolcar entre estas y encontré un cuchillo.
—Esto sí es de ayuda —le mostré a Nathaniel por encima de la cama.
—El dinero ayuda más.
—Con el dinero no te puedes defender.
—Pero puedes comprar —era tan necio que no valía la pena discutir con él.
Tomé el cuchillo y cerré el cajón; en los otros no vi cosas de importancia, así que solo me levanté y me acerqué hacia Nathaniel.
—No tiene nada interesante, parece tener una vida aburrida —susurró.
—Y le vamos a arruinar más la vida.
—Al contrario, princesa, vamos a divertir más su vida, es una buena anécdota —dijo él, levantándose y sonriendo levemente.
—Sí, tienes toda la razón. Ella se va a reír contándole a los guardias cómo la robaron dos extraños, qué divertido, Crow —tomé el bolso y se lo quité bruscamente.
—A ti te falta diversión.
Lo ignoré. No tenía tiempo para sus payasadas en este momento. Me puse el bolso y, al abrirlo, vi que estaba algo arrugado en ciertas partes; después de mojarse en el río era normal. Dentro de él estaba el dinero que robó Nathaniel y mi collar, lo único que había sobrevivido de aquella aventura. Me aferré a él como si fuese mi madre.
Realmente espero que todo esto valga la pena, si no, me sentiría fatal al robar y huir sin sentido.
Cuando iba a guardar el cuchillo, Nathaniel me tomó de la mano.
—No, ese lo guardo yo. Si te tengo que defender será mejor que tenga algo para hacerlo.
—No necesito que me defiendas, gracias —alejé mi mano, pero él opuso resistencia.
—La última vez parecía que sí, y deberíamos dejar de hablar si no quieres que nos descubran —sin más que decir, Nathaniel tomó el cuchillo y lo llevó él.
Comenzamos a caminar por la habitación hasta llegar a las escaleras. Caminábamos tan lentamente que no se escuchaban los pasos, solo un leve crujido en la madera vieja. Al llegar a la escalera comenzamos a bajar, paso a paso. La madera rechinaba; era imposible evitar su sonido porque estaba vieja.
Comencé a ver a mi alrededor cuando íbamos bajando y, cuando fue visible la cocina, no vi señal de Antonia, lo cual era raro. Según vi, la cabaña tenía solo una habitación; lo más probable era que estuviese en la cocina, pero no fue así.
—¿Dónde está? —susurré.
—¿Quién?
—Antonia —al decir esto, Nathaniel, quien iba delante de mí, se detuvo unos segundos. Parecía observar, al igual que yo.
Busqué con mi mirada por todo el lugar, pero no vi rastro de ella. Hice una seña a Nate para seguir; era más probable que nos descubriera si nos quedábamos quietos.
Empezamos a caminar nuevamente. Al terminar de bajar las escaleras vi la puerta, que estaba abierta. Cada paso se sentía como horas y comencé a sentir un vacío en el estómago por los nervios de ser descubierta.
Seguimos caminando, pero justo cuando íbamos a salir escuchamos una voz. Nathaniel se recostó contra la pared y puso su mano sobre mí para indicarme que hiciera lo mismo.
—Deben comer bien para estar sanos —esa era la voz de Antonia, estaba hablando con alguien— Me hace muy feliz tener compañía —al parecer estaba hablando con los caballos. En la soledad debió acostumbrarse a eso; me sentí mal y me invadió la culpa, pero sobre todo la preocupación, porque con Antonia afuera no podíamos escapar.
Respiré suavemente, tratando de no hacer nada de ruido.
Unos pasos se acercaron más a la puerta. Antonia había entrado.
En ese momento me sentí completamente descubierta. Me sentí mal y entendí que ya no era la princesa. En dos días había incumplido la mitad de las reglas del palacio. Ahora me encontraba frente a frente con una anciana inocente, sorprendida y asustada de ver a dos personas tratando de hurtar y huir.
Nathaniel reaccionó más rápido que yo, tomó el cuchillo que, gracias al cielo, tenía él, y amenazó a Antonia.
Definitivamente así no tenían que salir las cosas.
—Tranquila, cálmese.
—¡Jesucristo! ¡¿Qué quieren de mí?! Por favor, se los suplico, yo no hice nada, no tengo nada… —Antonia comenzó a angustiarse, su respiración se veía agitada y su voz se quebraba, como cuando uno llora.
—¡Antonia, tranquila! Le prometo que no queremos hacerle nada, tenemos que hacer esto, perdónenos, por favor —dije, tratando de calmar la situación. No quería que le pasara algo y menos que tuviera una mala impresión de nosotros, pero eso ya era inevitable.