Elizabeth Rouse y el Misterio de la Luna

Capítulo 7 – Sangre y Silencio

Luego de aquella visión devastadora en la que vio a Narel morir, Elizabeth ya no fue capaz de contemplar las maravillas a su alrededor. El esplendor del castillo, el murmullo encantado de las fuentes de jade, las luces flotantes danzando sobre los pasillos tallados en cristal... todo parecía demasiado perfecto. Demasiado irreal. Como si lo estuviera viendo a través de un espejo empañado.

El miedo se le había adherido a la piel como una segunda capa. Cada paso que daba resonaba más fuerte que el anterior. Sentía los latidos en las sienes como martillazos. Sabía que debía sonreír, saludar, corresponder a las reverencias de cortesía que los sirvientes y nobles le ofrecían… pero apenas podía mantenerse en pie.

Y entonces, al cruzar el umbral del gran vestíbulo del palacio, la segunda visión llegó. Sin aviso. Sin piedad.

Un parpadeo. Un suspiro contenido. Y el mundo cambió.

El espléndido palacio de Vhalmir se desmoronaba frente a sus ojos. Las cúpulas de luz habían sido reducidas a escombros. Los jardines de nieve eterna ardían con fuego negro. Las paredes que momentos antes rebosaban de arte y música estaban cubiertas ahora de sangre seca y sombras retorcidas.

Y los cuerpos…
Docenas. Cientos. Apilados sin orden. Muchos aún con las túnicas formales del evento de bienvenida. Algunos eran rostros familiares. Uno de ellos era la doncella que le acababa de sonreír con dulzura y acomodado su capa. Otro era el mismo anciano que la había guiado desde que suavemente aterrizaron en la entrada del palacio, aún con la mano extendida como si esperara que ella le agradeciera.

Elizabeth sintió que el estómago se le comprimía. Una ola de náuseas subió desde el fondo de su pecho, salvaje e imparable. El mundo giró con una violencia absurda. Le dolían los oídos, los dientes, la columna. Cada sentido se le encendió al límite, como si su cuerpo estuviera siendo desarmado por dentro.

Trató de retroceder, de huir de esa imagen... pero no había a dónde ir. El suelo bajo sus pies ya no era mármol. Era ceniza. Los vitrales estallaban sin sonido. Y en medio del silencio, el aire olía a óxido, a magia rota, a miedo viejo.

"Esto... va a pasar", pensó. No era una advertencia. Era una condena.

Su respiración se volvió errática. Intentó aferrarse a los recuerdos, a la lógica, a algo que la conectara con el presente. Pero lo único que encontró fue más oscuridad.

Y en esa oscuridad, un nuevo terror emergió: el castillo no solo se derrumbaba.
Ella estaba allí.
Viva. Desesperada. Atrapada entre ruinas, buscando a alguien… buscando a Narel.

Y cuando lo encontró, su cuerpo yacía entre los escombros. Inmóvil. Frío.

La visión se quebró de golpe. Un destello blanco la cegó. Y luego, la nada.

Elizabeth cayó al suelo con un sonido sordo, los guantes de seda manchándose de polvo y vergüenza. No escuchó el murmullo de los cortesanos. No sintió los brazos que trataron de sostenerla. Solo percibió un zumbido agudo, insoportable, que le atravesaba el cráneo como una aguja eterna.

Todo se volvió negro.Y como si alguien hubiera encendido las luces del universo, todo fue blanco. No brillante, no cálido… blanco como la nada. Un vacío cegador, sin horizonte, sin gravedad, sin sonido.

Frente a ella, una mujer estaba sentada en el suelo. Temblaba. Su cuerpo se estremecía como si algo invisible la desgarrara por dentro. Se sostenía la cabeza con ambas manos, los dedos enredados en el cabello como si quisiera arrancarse los pensamientos. Lloraba sin control, sin pudor. Su llanto no era de tristeza… era de desesperación.

Elizabeth se acercó con cautela. Cada paso parecía más pesado que el anterior. El aire no ofrecía resistencia, pero algo en ese espacio hacía que moverse se sintiera como caminar contra un mar invisible.

Entonces, la mujer levantó la vista. Sus ojos estaban enrojecidos, su rostro bañado en lágrimas.

—¡Lo intenté! ¡Lo juro que lo intenté! —gritó con voz rota.

Elizabeth se detuvo en seco. El impacto no fue inmediato… pero cuando sus ojos reconocieron ese rostro, su cuerpo retrocedió por instinto. Esa mujer…

Ese no era un recuerdo.

No era otra Elizabeth de otra línea temporal.

Era ella.

Pero no la princesa.

No la heredera.

Era su verdadero yo, el que existió antes del accidente. La chica del otro mundo. La que cayó por unas escaleras con la mente llena de dudas y la vida sin respuestas. Aquella que aún creía en el libre albedrío y en que todo podría resolverse con voluntad.

La figura se abrazó las rodillas, ahogándose en su propio llanto.

—¡No sé qué hacer! ¡No importa cuánto lo intente, no puedo salvar a nadie! ¡A nadie!

Elizabeth sintió un nudo en la garganta. No podía hablar. No porque no supiera qué decir, sino porque sabía demasiado. Esa mujer que lloraba no era una visión ni un símbolo. Era la raíz de todo. Era la primera.

Y estaba destruida.

“No puedo perder esta oportunidad”, pensó. “No sé si volveré a tenerla”.

Se arrodilló frente a ella. Dudó por un segundo. Luego, con decisión, la tomó suavemente por los hombros y, con firmeza que apenas sostenía, le habló:

—¡Dime qué está pasando! ¡Dímelo todo!

La otra Elizabeth tembló, como si sus palabras fueran demasiado pesadas para sostenerlas.

—Yo… no puedo explicártelo todo. Hay cosas que no sé… cosas que he olvidado. Pero puedo darte algo…

Alzó la mano, lentamente, con dedos manchados de pasado.

—Solo que no servirá de nada… —susurró—. Esto es una misión imposible. Todos morirán… no importa cuántas veces lo intentes…

—¡Dame lo que puedas! ¡Cualquier cosa! —insistió Elizabeth, desesperada. Ya conocía este patrón. Ya sabía lo que venía. La sombra negra. El olvido. La pérdida. Si iba a luchar, necesitaba entender al menos una parte más del rompecabezas.

La mujer la miró con ojos llenos de un dolor imposible de describir… y le tocó la frente.




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