La noticia cayó como una daga mal afilada.
—Zerek von Vireon ha sido asesinado… por Azrael von Fan Caelestis —dijo el mensajero con voz tensa, como si temiera que las palabras por sí solas pudieran detonar una guerra.
La sala quedó en un silencio tan denso que se podía oír el pulso de todos. Elizabeth, sentada con la espalda recta en su silla, no se movió de inmediato. A sus lados, los príncipes presentes contenían la respiración. Vincent se llevó la mano al mentón, Narel cruzó los brazos con tensión, y Dren… Dren apretó los puños como si su reacción fuera a resolverse con acero.
Pero Elizabeth solo cerró los ojos.
Buscó dentro de sí. En los fragmentos que había heredado, en los recuerdos ajenos que ya empezaban a sentirse suyos. Allí, en esa galería de destinos fallidos, había visto esta escena más veces de las que podía contar. Una y otra vez, el asesinato de Zerek o el de azrael derivaba en lo mismo: guerra.
Guerra entre Solaris y Vereon.
Una guerra sin tregua, sin justicia, sin honor.
Y entre ambos reinos… Tharnhold, el reino de Dren, partido como pan entre gigantes. Utilizado como campo de batalla, saqueado, reducido a ruinas por conflictos que nunca pidió.
—¿Qué piensas hacer? —preguntó Mayron con cautela, como quien observa una vela encenderse en medio de pólvora.
Elizabeth abrió los ojos, ahora resueltos, ahora antiguos.
—Envíen el siguiente mensaje al príncipe Azrael von Fan Caelestis —dijo, sin temblor—. Dado que su acción ocurrió bajo el marco de la Selección Real y dentro de lo estipulado por los Reglamentos de Reto Heredado, no hay motivos para que no se una a la peregrinación en este mismo momento. Y espero que se una cuanto antes. Lo recibiremos en el Reino de Vhalmir.
Dren la miró como si acabara de invitar a un dragón a compartir la mesa.
—¿Lo invitas para que nos elimine uno por uno? —preguntó con desconfianza.
Elizabeth le devolvió la mirada, pero no fue una de orgullo ni de desafío.
Fue una mirada de urgencia. De quien sabe que el tiempo juega en su contra.
Dren frunció el ceño, pero entendió. No porque conociera la política, sino porque reconocía el rostro de alguien que había visto el campo de batalla antes de que estallara. Miró a Mayron. Luego a Narel. Y ellos también comprendían.
—Si no actuamos ahora —dijo Elizabeth—, la guerra será inevitable. Y entre los dos imperios más belicosos del continente… ¿qué reino se encuentra justo en medio?
Dren tragó saliva. No era un estratega. No era un diplomático. Pero incluso él sabía la respuesta.
—Tharnhold… —susurró, como si al nombrarlo firmara una sentencia.
—Correcto —dijo Elizabeth, con la voz firme pero serena—. Tu reino, Dren. Será el campo de batalla. Y con la situación actual… ni siquiera podrías elegir un bando. Sería destruido antes de poder decidir.
El silencio volvió a la sala. Pero esta vez, era un silencio de acuerdos no pronunciados. De pensamientos compartidos.
—Si refugiamos a Azrael con nosotros —continuó—, si lo mantenemos cerca, bajo la bandera de la peregrinación, al menos podremos frenar el conflicto. Lo suficiente para… pensar. Negociar. Salvar lo que aún puede salvarse.
Vincent asintió.
Veldora entrecerró los ojos, analizando cada ángulo.
Narel, que había estado en silencio, alzó la voz:
—Los asesinos de Vereon son silenciosos, precisos… y despiadados. Si no actuamos rápido, no solo tendremos una guerra: tendremos un mártir. Y eso los hará imparables. Princesa Elizabeth, permita que algunos de sus mejores guardias viajen de inmediato a buscar a Azrael. Yo los recibiré personalmente.
Elizabeth se volvió hacia su mayordomo.
—Ya has escuchado. Sigue las instrucciones del príncipe Narel. Que partan de inmediato.
—SI!, Su Alteza.
Mayron observaba la escena, más callado que de costumbre. No por falta de opinión, sino por asombro. Una niña, una princesa extranjera, que apenas había pisado tierra firme… había leído el tablero político en segundos. Y había hecho su movimiento antes que todos.
—Ella no actúa para defender su trono… —pensó—. Actúa para evitar que seis reinos se hagan pedazos. Quizás... quizás esa niña sea más reina de lo que su reino jamás imaginó.
—¿Qué haremos respecto a nuestra excursión a la luna? —preguntó Narel, su tono neutro pero cargado de expectativa táctica—. ¿Esperamos la llegada de Azrael… o partimos sin él?
La pregunta flotó un instante en el aire. Todos giraron la vista hacia Elizabeth.
Ella permaneció en silencio unos segundos, sin apartar la vista del ventanal donde la luna brillaba solitaria, pálida y ajena al bullicio humano, al mismo tiempo gigantesca y cercana como si estuviera tan cerca como una corta caminata. Sabía que aquella expedición no era un simple acto simbólico. Algo, en lo más profundo de su ser —o de sus muchas vidas— le decía que esa luna albergaba secretos que no podían esperar.
Azrael aún no había respondido. Ni sabían con certeza donde se encontraba en ese momento. La comitiva enviada por orden suya apenas saldría a buscarlo en unas horas. Y aunque confiaba en su eventual llegada… no podía darse el lujo de demorar la partida.
—Partiremos mañana en la mañana —dijo con voz firme—. Si el príncipe Azrael logra alcanzarnos antes, será bienvenido. Si no… he dejado instrucciones para que nos localice y se una en el trayecto.
—Probablemente ya estemos de regreso cuando él llegue —bufó Mayron desde un rincón, cruzado de brazos. En su tono había más fastidio que burla—. No deja de parecerme una pérdida de tiempo. Un picnic en la luna... Qué noble misión.
Dren soltó una carcajada seca, más por incomodidad que por diversión, y Vincent alzó una ceja, como si evaluara si valía la pena reprender la insolencia del joven príncipe.
Elizabeth, sin embargo, no respondió de inmediato.
Observó a Mayron con una calma pensativa. Entendía su postura. No todos veían lo que ella veía. No todos habían soñado con versiones de sí mismas implorando por redención, ni enfrentado visiones de castillos en ruinas y ojos imposibles observando desde la luna. Aun así, dolía.
#1878 en Fantasía
#588 en Joven Adulto
fantasia épica, terror lovecraftiano, batallas epicas divinidades
Editado: 19.08.2025