Elizabeth Rouse y el Misterio de la Luna

Capítulo 12 – El Corazón de la Luna Muerta

El aire olía a ozono y a pánico. La visión del ejército silencioso en el horizonte había roto la disciplina del campamento, reemplazándola con una orquesta de caos y desesperación. Se escuchaban órdenes a gritos, el chirrido de metal contra metal mientras se levantaban barricadas, y el zumbido de los escudos de energía que se activaban, formando cúpulas translúcidas que temblaban con poder contenido.

En medio de todo, Sir Veldora se apresuró a tomar a la princesa del brazo, su rostro una máscara de determinación férrea. —Alteza, debemos evacuarla. ¡Ahora! —ordenó, su voz intentando imponerse sobre el estruendo—. ¡Guardia, preparen un portal de retirada para la princesa!

Pero Elizabeth se plantó firme, su cuerpo negándose a ceder un solo centímetro. Se soltó del agarre de Veldora con una fuerza sorprendente. —Ya no hay tiempo para poner mis palabras en duda —dijo, y su voz, aunque no era fuerte, poseía una resonancia que silenció a los guardias cercanos—. No puedo marcharme. En algún lugar de esta luna está la clave para detener ese ejército, y la encontraré.

Azrael, que había estado observando la marea de caballeros con una frialdad analítica, intervino. No había miedo en su tono, solo la calma aterradora de un erudito que lee una sentencia de muerte. —Hablamos de un ejército salido de las profundidades del infierno. Aunque aparentemente sea pequeño, su resistencia está más allá de toda comprensión. Se necesitó el ataque más poderoso de Vhalmir para detener a uno. Para cuando logremos derrotar a la mitad de ellos por la fuerza, ya estaremos muertos. Y lo que es peor, aún no entendemos su poder destructivo, solo su capacidad para soportar el nuestro.

Elizabeth parpadeó. Un destello de entendimiento brilló en sus ojos. Se giró bruscamente hacia Azrael, tomándolo de los hombros con una intensidad que lo desconcertó. —Tienes razón… ¡Eso es!

Azrael quedó confundido por el comportamiento febril de Elizabeth, quien ya se había vuelto hacia Mayron, su mente corriendo a una velocidad vertiginosa. —Príncipe Mayron, ¿conoce algún hechizo? ¿Un escaneo profundo que pueda analizar la estructura interna de todo este planeta de un solo movimiento?

Mayron, que estaba supervisando la calibración de varias torretas mágicas, meditó un momento, la gravedad de la petición reflejada en su rostro. —Existe tal hechizo. Un Geo-Sondeo Arcano de nivel Maestro. Pero la energía que requiere… mi propio maná sería insuficiente, se consumiría en un instante. Necesito un catalizador. Varias piedras de Bloodstell refinada, quizás unas tres, para poder lanzarlo de un solo golpe.

—¡Tráiganlas! —la orden de Elizabeth resonó, y un instante después, tres ayudantes de campo ya estaban colocando frente a Mayron tres cofres forrados de plomo. Dentro, sobre cojines de seda negra, descansaban las piedras. Eran de un rojo profundo, cada una del tamaño de un huevo de avestruz, pulidas hasta brillar con una luz interna. No solo brillaban; latían con el pulso de una estrella atrapada, y el aire a su alrededor se calentó perceptiblemente.

Mientras tanto, la actividad en el campamento alcanzaba un punto febril. Los sanadores corrían hacia los dragones, aplicando ungüentos mágicos y cantando hechizos de recuperación para mitigar los efectos de la amplificación forzada. Los soldados formaban falanges detrás de los escudos de energía, con lanzas y espadas imbuidas de luz. Y por todas partes, los magos se preparaban para una batalla que, en sus corazones, sentían como la última.

Mayron colocó las tres piedras de Bloodstell en un triángulo frente a él y comenzó a recitar. El aire a su alrededor se espesó, las palabras de su hechizo, complejas y delicadas, tejían una red invisible de poder. La energía mágica, un torrente carmesí, emergió de las piedras y fue absorbida por el cuerpo del príncipe, cuyo cabello comenzó a flotar y cuyos ojos brillaron con un poder prestado.

Fue en ese preciso instante que el patrón del enemigo cambió.

La marcha arrogante y sincronizada cesó. Por un segundo, el ejército de pesadillas se detuvo. Y luego, cargaron.

Ya no caminaban como un ejército ordenado. Ahora corrían, una estampida de hierro y hambre, una cacofonía de metal raspando y golpeando mientras se abalanzaban ciegamente hacia el campamento.

¿Por qué cambiaron su patrón de ataque? meditó Dren desde lo alto del carruaje, sus nudillos blancos por la fuerza con que apretaba su espada. Su instinto de depredador analizó la escena. Quizás esté relacionado con la magia que usa Mayron… Quieren esconder algo… No… Su comportamiento era salvaje, sin orden en sus filas. Solo corrían, incluso tropezando unos con otros en su prisa por llegar primeros a…

Los ojos de Dren se abrieron de par en par al conectar los puntos. El hechizo. La energía. La fuente. Desde su posición elevada, su grito fue una sirena de advertencia que cortó a través del caos.

—¡ESAS COSAS VIENEN POR LA BLOODSTELL!

El grito de Dren fue una sentencia. La horda de caballeros negros, que hasta ese momento parecía una plaga sin mente, ahora tenía un propósito claro y aterrador: las piedras de Bloodstell, el corazón del hechizo de Mayron, eran su objetivo. Se habían convertido en el epicentro de un asedio inminente.

La realización golpeó a Sir Veldora como un rayo. Su juramento, su propósito, todo se redujo a un único imperativo: proteger a la princesa. El campo de batalla estaba a punto de desatarse justo a sus pies. Actuó sin dudar.

Con un movimiento fluido y veloz, tomó a la princesa por el brazo. —Lo siento, Alteza. En unos segundos esto será un infierno. Debo sacarla de aquí, aunque no esté de acuerdo.

Pero antes de que pudiera dar un segundo paso, una sombra cayó desde el cielo. Dren aterrizó frente a ella con un impacto que hizo temblar el suelo del carruaje, sus botas de guerra dejando marcas en la lujosa alfombra. La punta de su enorme espada, fría y sin emoción, se posó contra el gorjal de la armadura de Veldora, deteniéndola en seco.




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