THUMP… THUMP…
El latido era una presencia física en la oscuridad. No solo se oía; se sentía. Una vibración sorda que subía por las suelas de sus botas y resonaba en sus huesos. Provenía de las profundidades, del final de una escalera de caracol que se perdía en un abismo negro como la tinta. Allí abajo estaban las respuestas. Y también, probablemente, la muerte.
Elizabeth apretó los dientes. No había tiempo para un descenso cauteloso. Con un movimiento rápido y practicado, golpeó los tacones de sus botas. Un pulso de magia silenciosa recorrió su cuerpo, y el sonido de su respiración, de su armadura, de su existencia, desapareció. Luego, golpeó las puntas de sus zapatos contra el suelo metálico. Sintió cómo su peso se desvanecía, reduciéndose a una décima parte sin afectar su fuerza.
Lo que estaba por hacer era imprudente, sí, pero la imagen de la niebla de Narel debilitándose era un aguijón en su mente. Sin avisar, saltó.
Fue la primera vez que usaba los hechizos de su ropa en un escenario real, y la adrenalina traicionó su cálculo. Su salto fue demasiado fuerte. En lugar de aterrizar grácilmente en el siguiente tramo de la escalera, voló en silencio a través del hueco y se estampó contra la pared opuesta. El golpe fue sordo y aparatoso, pero no sintió dolor. Su collar de resistencia interna brilló con una luz tenue, absorbiendo el impacto y curando los leves rasguños al instante.
Al ver que todos la observaban en un silencio atónito, trató de mantener la dignidad, se recompuso en el aire y dio un nuevo salto, esta vez más mesurado, más controlado. Aterrizó como una pluma y continuó, bajando la escalera de caracol a una velocidad que ningún soldado podría igualar.
Sin embargo, su esfuerzo fue eclipsado por la elegancia de la ciencia. Mayron, con una sonrisa de suficiencia, murmuró un encantamiento y extendió las manos. Un campo de gravedad modificada envolvió al resto del grupo, y descendieron suavemente, flotando sin esfuerzo y pasando al lado de Elizabeth, quien parecía un gato torpe saltando de pared en pared.
Claro… pensó ella con una punzada de irritación. El chico experto en gravedad. Debí ordenarle que nos bajara a todos.
Aun así, continuó por su cuenta. Controlar los saltos y la fuerza le ayudaron a familiarizarse con los hechizos de sus zapatos. Se sentía como una superheroína, ágil y fuerte. Una sensación agridulce, pues sabía que esa fuerza solo aplicaba a su propio cuerpo. Sostener una espada ordinaria le sería difícil. Por suerte, ella traía la suya.
Aterrizó en el suelo de la base de la escalera, junto al resto del grupo que ya la esperaba. La oscuridad aquí era absoluta. El latido era más fuerte, más cercano. Instintivamente, hizo el gesto de desenvainar, y una espada de energía pura, de un blanco azulado, se materializó en su mano, su luz la única defensa contra las sombras que parecían moverse.
El archimago dio un paso al frente. —Permítame, Alteza.
Lanzó una bola de luz que ascendió hasta el techo invisible de la enorme caverna. Allí, floreció. Como un sol en miniatura, envió zarcillos de luz que se deslizaron por las paredes, revelando la escena con una claridad lenta y despiadada.
El primero en quedar asombrado no fue por la majestuosidad del lugar, sino por el horror del reconocimiento.
Fue Dren.
Se quedó paralizado. Su arrogancia, su postura de comandante, su furia… todo se desvaneció, reemplazado por una quietud frágil, como la de un animal que vuelve a la jaula donde fue torturado.
—No… —susurró, y dio un paso hacia adelante, como si algo invisible tirara de su pecho.
Los demás lo siguieron, sus armas listas. Pero nadie habló. Nadie debía interrumpir esa marcha.
—Dren… —empezó Elizabeth, pero él no la escuchó.
Comenzó a caminar. Sus pasos eran mecánicos, arrastrados, los de un fantasma recorriendo su propia tumba. El lugar era un laboratorio. Un vasto complejo de tecnología imposible y ruina antigua, abandonado hace muchos años.
El frío del metal en la espalda. El zumbido constante de la maquinaria. Una voz sin rostro que recita números.
Dren pasó junto a una consola destrozada, sus dedos rozando un símbolo grabado en su superficie: un dragón devorando su propia cola. Un símbolo que él llevaba tatuado en el pecho, la marca del demonio con quien hizo su pacto.
“Tu poder es inestable. Debemos calibrar el recipiente. Aumenten la dosis.”
Continuó caminando entre los escombros, pasando junto a mesas de operaciones oxidadas y cilindros de cristal rotos, lo suficientemente grandes como para contener a un niño.
El dolor. Un dolor que quema, que reescribe los huesos, que desgarra los músculos. Y luego, el poder. Un poder oscuro y adictivo que lo consume todo.
Finalmente, llegaron a una pared inmensa, llena de celdas. Cientos de ellas. Quizás miles. Y dentro de cada una, el mismo espectáculo macabro: pequeños esqueletos, la mayoría de niños, yacían tirados en el suelo polvoriento. Víctimas de experimentos inhumanos.
El grupo se detuvo, horrorizado por la escala de la atrocidad. Pero Dren siguió caminando, como si fuera guiado por un hilo invisible, hasta que se detuvo frente a una celda en particular. No era diferente a las demás. Estaba vacía, a excepción del polvo de los siglos.
Extendió una mano temblorosa y tocó los barrotes fríos. La imagen del Caballero Negro, con su armadura de un diseño extrañamente familiar, brilló en su mente. El símbolo del dragón. La pesadilla hecha materia. La conexión, tan obvia y tan terrible, lo golpeó con la fuerza de un puñetazo en el alma.
Esto no era una coincidencia.
Esto no era solo un laboratorio.
Era su lugar de origen. Y el de ellos.
Sus labios se movieron, formando un susurro que fue apenas audible, un eco perdido en el corazón de la luna muerta.
—Experimento… Veintiséis.
Dren cayó de rodillas. Su respiración se volvió agitada. Su espada vibraba en su espalda como si compartiera el recuerdo. Como si supiera.
#1883 en Fantasía
#596 en Joven Adulto
fantasia épica, terror lovecraftiano, batallas epicas divinidades
Editado: 19.08.2025