Elizabeth Rouse y el Misterio de la Luna

Capítulo 16 – Pactos de Sangre y Estrellas

El General no se movía.

La monstruosa figura de silicio, inmóvil como una estatua de guerra, se alzaba entre ellos y la máquina viviente que latía con un pulso profano. No atacaba. Solo observaba. Como si, con su silencio, les ofreciera una última y arrogante oportunidad para huir.

Su mera existencia era una advertencia: crucen este umbral, y mueran.

—Mayron —dijo Dren, su voz resonando como una campana de guerra—. Ahora.

El joven hechicero respiró hondo, el aire ardiendo en sus pulmones mientras comenzaba a canalizar el hechizo más peligroso de su arsenal: el Drak Hole, una singularidad mágica tan inestable que ni siquiera los Archimagos se atrevían a usarla a la ligera.

Pero apenas alzó su ornamentado cetro para iniciar el encantamiento…

CLANG.

Más rápida que la vista, una daga de obsidiana cruzó la sala y destrozó el cetro de Mayron con un estallido de chispas arcanas. El arma no solo destruyó el canalizador: lo deshizo, lo desintegró como si la materia misma hubiera olvidado su existencia. El General dio un lento paso al frente, la punta de su espada titánica arrastrando líneas de energía pura por el suelo.

La batalla había comenzado.

—¡Protejan a Elizabeth! —rugió Dren, su propio cuerpo estallando en un aura sangrienta mientras corría hacia el General, su espada lista para el primer choque.

Veldora no necesitó más órdenes. —Soldados de élite, a mí. ¡Formen el muro! —Luego, sin apartar la vista del enemigo, se dirigió a una sombra encapuchada que había surgido a su espalda como un susurro hecho carne—. Lord Black Tepes… esta vez, voy a necesitar toda tu ayuda.

Ohh… —la figura sonrió bajo su capa, su voz un siseo de seda y veneno—. La amenaza que enfrentas no es poca cosa. Quizás mi poder no baste para una criatura que no sangra.

—Tal vez no —dijo Veldora con una firmeza de acero—. Pero si solo uso el mío… moriré sin lograr nada.

Entonces… recibe la bendición de la noche eterna. ¡Arranquémosle la cabeza a ese demonio y clávemosla en una lanza para que el mundo contemple su derrota!

La transformación fue instantánea y aterradora.

Un torbellino de sombras vivientes y murciélagos espectrales envolvió a Veldora. Su armadura de plata se retorció y se tiñó, reformándose en una obra de arte gótica, negra como el abismo, elegante y cruel. No llevaba casco; su rostro pálido ahora estaba enmarcado por un cabello negro como la tinta, y sus ojos se tornaron rojos como brasas incandescentes. En su mano, una espada de obsidiana se condensó desde la oscuridad, envuelta en un aura carmesí que parecía beber la luz.

Su presencia cambió el aire. Ya no era un caballero. Era una depredadora. Una sentencia de muerte.

A su lado, Mayron arrojó con desdén los restos de su cetro y alzó una pequeña varita de madera estelar.

—Maestra Hécate… —susurró, su voz una plegaria al cosmos—. Su discípulo quizás muera hoy. Invoco su protección… para mí y para mis aliados.

Una mujer de cabello blanco como la nieve y una mirada que contenía la eternidad apareció a su espalda, flotando entre esferas astrales que giraban como planetas en miniatura.

Mi querido Mayron… —dijo, su voz dulce y aterradora como una nana cantada por una galaxia—. Estás jugando con fuerzas que te superan. Me siento inmensamente orgullosa de ti. Recibe mi bendición… y que todos a tu alrededor conozcan el fulgor del juicio estelar.

Una onda de energía divina, plateada y pura, atravesó a los aliados. Sus músculos se tensaron, su resistencia se multiplicó hasta lo imposible, y sus corazones ardieron con la fuerza prestada de las estrellas.

Mayron apuntó su varita al General.

Este… ni siquiera se inmutó.

El hechizo voló como una lanza de plasma puro. El General lo recibió de frente, confiado en absorberlo como todos los ataques mágicos anteriores. Pero esta vez… no lo absorbió.

El cuerpo del General tembló violentamente. El metal de su armadura gimió como si fuera a colapsar. Su avance se volvió lento, pesado, y el suelo a sus pies se agrietó bajo una presión invisible.

—¿Creíste que no reconfiguraría mis hechizos después del informe del frente? —dijo Mayron, su voz ahora cargada de una confianza helada—. ¡Esto no es magia pura! ¡Es la fuerza de la gravedad de una estrella de neutrones, amplificada! ¡Pesa más que tu arrogancia!

Fue entonces cuando Dren atacó. Su espada chocó con la del General en un estallido sónico que barrió la sala. El impacto fue brutal… pero el General detuvo su golpe con una sola mano.

Pero justo detrás de él, Veldora emergió de un portal rojo como sangre hirviendo.

—¡Ahora muere!

Una cabeza de dragón demoníaco, hecha de pura oscuridad y sangre, surgió del portal, intentando devorar al General de un solo mordisco. Dren retrocedió justo a tiempo. El General fue engullido por la criatura.

BOOOOM.

La cabeza estalló en una tormenta de sangre oscura y energía necrótica. Y del centro de la explosión… el General salió caminando.

Ileso.

—Mi pacto necesita sangre para ser útil… y tú no sangras, ¿verdad? —dijo Veldora con una calma impasible, mientras levantaba una mano.

No había terminado. Usó la sangre derramada de su propia criatura para formar un mar de lanzas a sus pies. Miles de estacas de sangre solidificada brotaron del suelo, inmovilizando al General, perforando las uniones de su armadura. Por primera vez… el General pareció esforzarse.

—¡MAYRON! —rugió Veldora—. ¡DEMUÉSTRALE LO QUE SIGNIFICA ENFRENTARSE A UN ARCHIMAGO DE VELMORIA!

Mayron, con el rostro bañado en sudor y magia, terminó de canalizar su hechizo.

El aire ardía. Las paredes lloraban fuego líquido. Y en sus manos… apareció un sol en miniatura. Una esfera de energía radiante, pulsante, incandescente, como si hubiera arrancado un trozo del corazón de una estrella.

¿Qué es eso…? —susurró Elizabeth, sus ojos reflejando el poder inimaginable—. Es una maldita estrella… ¡Le va a arrojar una maldita estrella!




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