Elizabeth Rouse y el Misterio de la Luna

Capítulo 18 – El cuarto general

El aire vibraba.

No con sonido, sino con una tensión insoportable, como si el universo entero contuviera el aliento. En el centro de aquella sala oscura e interminable, bajo la luz mortecina del extractor de ánimas, se jugaba una escena de destino.

El sol en miniatura de Mayron voló por la sala, un presagio de aniquilación. Era un ataque definitivo, una sentencia de muerte concentrada. Pero este poder no era solo suyo. En su mente, la voz de su maestra, Hécate, era un eco de poder cósmico. Su pacto no se limitaba a crear hechizos por encima del nivel humano; su verdadera habilidad le permitía a Mayron preparar y mantener tres hechizos de nivel maestro gastando el maná equivalente a uno solo.

Y él había estado ocupado.

Mientras preparaba ese ataque devastador, simultáneamente mantenía el fulgor del juicio estelar sobre sus aliados y, no solo eso, había usado un tercer canal de poder para amplificar la resistencia de las lanzas de sangre que Veldora había invocado. Era una proeza de multitarea mágica que pocos en la historia podrían igualar.

El General, inmovilizado y atravesado por miles de estacas de sangre, simplemente levantó una mano.

No hacia el sol de Mayron, sino hacia el espacio vacío frente a él.

Y el espacio se rompió.

Con un poder desconocido, con una comprensión de la magia que era una blasfemia, convocó un Death Hole. La singularidad, un vórtice de negrura absoluta, apareció justo en la trayectoria del ataque. La estrella en miniatura, un poder capaz de borrar ciudades, fue engullida sin piedad, su luz y su furia desapareciendo en el silencio de la nada.

Neutralizado.

El terror se apoderó de todos. ¿Cómo? ¿Cómo era posible que usara el hechizo característico de Mayron?

Pero eso solo era el inicio. La sangre de la criatura demoníaca de Veldora, que aún manchaba el suelo, comenzó a temblar. Se alzó, retorciéndose, y formó miles de lanzas idénticas a las que el había creado.

¿Acaso estaba replicando los ataques que le arrojaban?

La pregunta murió antes de nacer, porque la lluvia de lanzas oscuras se alzó sin piedad y se disparó, no hacia los guerreros, sino directamente hacia Elizabeth.

El tiempo se ralentizó. Tres de los guardias de élite que la protegían, dos de Aurél y uno de Vhalmir, no dudaron ni un instante. Se lanzaron frente a ella, sus cuerpos convirtiéndose en un escudo de carne y acero. El resultado fue una masacre instantánea. Las lanzas los atravesaron con una facilidad grotesca, y sus vidas se extinguieron antes de que sus cuerpos tocaran el suelo. El cuarto guardia fue salvado por un escudo de Veldora, pero el impacto lo envió volando contra una pared.

—Maestra Hécate… —suplicó Mayron, su voz un hilo de pánico—. ¿Qué está pasando? ¿Cómo puede replicar nuestra magia?

No lo sé con claridad, mi querido discípulo —respondió la diosa, su voz normalmente serena ahora teñida de una urgencia sombría—. No creo que pueda replicarlo todo. Sin embargo, tengo una hipótesis… Con el suficiente tiempo, puede analizar los patrones mágicos de los hechizos y recrearlos. Es… aterrador.

—¡Pero ni siquiera lancé mi Death Hole! ¡Cómo es posible…! —Mayron se detuvo, sus ojos de Archimago brillando con una comprensión repentina y horrible—. Espera… El hechizo. Aún estaba activo en mi mente cuando entré aquí. El tiempo que pasó entre que llegué y ataque… fue el que usó para copiarlo. Lo mismo con las lanzas de Veldora. No puede copiar hechizos rápidos e instantáneos, pero si tiene alrededor de sesenta segundos para observar un encantamiento complejo… creo que sí puede.

Es posible —confirmó Hécate—. Pongamos a prueba tu hipótesis. Lancemos una lluvia de magia que sea tan rápida, tan caótica, que no la pueda copiar.

Pero para eso, necesitaban una distracción. Una lo suficientemente grande, lo suficientemente temeraria, como para atraer toda la atención de un dios de la guerra de silicio.

Y en esa sala, solo había un hombre lo suficientemente roto y furioso como para cumplir esa misión.

No hizo falta que nadie se lo pidiera.

Dren escuchó la hipótesis de Mayron, vio la desesperación en los ojos de Elizabeth y entendió su papel en ese tablero infernal. No era el rey, ni la reina. Era la torre. La pieza que se sacrifica para abrirle paso a la victoria.

Una sonrisa sombría y desprovista de toda alegría cruzó su rostro. —Mantengan a la princesa a salvo —fue lo único que dijo.

Y entonces, cargó.

Fue un acto de una demencia gloriosa. Un solo hombre, un mortal roto, corriendo de frente contra un ser que se burlaba de las estrellas y devoraba la magia. No corría con la esperanza de ganar, sino con la furia de quien ya no tiene nada que perder. Cada paso era un trueno, su espada un cometa de luz sangrienta listo para estrellarse contra una montaña de obsidiana.

El general, con un fastidio casi palpable, movió su brazo sin mucho esfuerzo, como quien aparta un insecto molesto. El dorso de su guantelete impactó a Dren en pleno torso. El sonido fue el de una campana de iglesia partiéndose en dos.

Dren salió disparado, su cuerpo un proyectil que se estrelló contra una pared a decenas de metros de distancia. El impacto hizo que la caverna entera se estremeciera, y una lluvia de escombros cayó sobre su figura inmóvil.

Pero si algo así detuviera a Dren, no habría sobrevivido hasta ese día.

Entre el polvo y las rocas, se escuchó un gruñido. Un sonido gutural, más animal que humano. Lentamente, se reincorporó. Su armadura estaba abollada, sangre brotaba de sus labios, pero sus ojos ardían con una intensidad renovada. Ya no contaba con su pacto, aquel que Baku había extraído para salvarlo. Pero seguía siendo un guerrero extraordinario, un recipiente forjado para soportar un poder que habría destruido a diez hombres.

Y el General de Silicio lo descubrió casi de inmediato.

Dren atacó de nuevo. Esta vez, el general movió su mano con más fuerza, con la clara intención de aplastarlo. Pero el ataque de antes no había sido en vano. Dren ya había aprendido.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.