Elizabeth Rouse y el Pacto de los Seis Tronos

Capítulo 8: El Príncipe y el Demonio

Velmoria, el Reino Flotante.

El reino de Velmoria no conocía el barro ni el desorden. Su capital, Lunethra, era una sinfonía de torres de marfil y puentes de cristal que danzaban suspendidas en el aire, unidas por lazos invisibles de magia gravitacional. No había caminos de piedra, sino ríos de energía arcana que fluían como arterias luminosas entre los edificios, y sobre ellos se deslizaban elegantes barcazas encantadas. Cada estructura, cada arco, cada balcón, era una obra de arte funcional, diseñada no por albañiles, sino por archimagos, para vivir en perfecta armonía con el flujo del poder que lo impregnaba todo.

En el corazón de esta utopía de la razón y la magia, el Rey Marco de Lunethra esperaba en su sala del trono, un espacio que parecía más un observatorio celestial que la sede de un monarca. Cúpulas de cristal mostraban un firmamento de constelaciones controladas, y el trono mismo era un asiento de cuarzo blanco que flotaba un metro por encima del suelo.

Su hijo, Mayron, entró con una elegancia y un orgullo que hacían juego con la magnificencia de la sala. A sus quince años, era la personificación del ideal de su reino: un prodigio cuya mente supera a todos. Su padre lo amaba, pero más que eso, lo admiraba como a la más perfecta de sus creaciones.

Mayron se arrodilló con una reverencia impecable. El rey no esperó.

—Sabes por qué te he llamado —dijo el Rey Marco, no como una pregunta, sino como una afirmación. Le encantaba este juego, ver la mente de su hijo moverse a una velocidad que dejaba atrás a todos los demás.

Mayron alzó la vista, sus ojos violetas brillando con una inteligencia serena. —Intentaron asesinar a la princesa Elizabeth Rouse y fracasaron. Por tanto, el Pacto sigue en pie. Dren Backstell, siendo la bestia impulsiva que es, seguramente ya ha enviado una misiva y se ha puesto en marcha para "proteger su reclamo". Los otros no tardarán en seguirlo para no quedarse atrás. Debo partir hacia Aurel lo antes posible para no ceder ninguna ventaja en esta... competición.

El Rey Marco sonrió con un orgullo que casi era arrogante. Su hijo nunca fallaba. Con una mente así, adueñarse de Aurel y su infinita reserva de Bloodstone sería un simple ejercicio de lógica.

—Correcto en todo, mi amado hijo —dijo el Rey, extendiendo un brazo—. Ve. Usa todos los recursos de nuestro reino. Demuéstrales la abismal diferencia entre el poder de la mente y la fuerza bruta de los bárbaros. Tráeme la corona de Aurel como trofeo.

—Así se hará, padre —respondió Mayron, poniéndose en pie.

Mientras se encaminaba a su carruaje celestial, una sonrisa sutil se dibujó en sus labios. Era irrelevante quién llegara primero. Después de todo, para alguien de su intelecto, doblegar la voluntad de una niña de trece años, asustada y aislada, no sería más difícil que recitar un conjuro de tres palabras.

Reino Aurel

La biblioteca, que momentos antes se había sentido como un santuario, ahora parecía una jaula. Elizabeth estaba sentada en el gran sillón de su padre, pero en lugar de sentirse poderosa, se sentía asediada. Sobre la mesa de obsidiana frente a ella, cinco cartas. Cinco sellos de cera de cinco reinos distintos. Cinco declaraciones de intenciones de cinco príncipes que venían a reclamarla como un premio.

La carta de Dren Backstell, con su arrogancia brutal, era solo la primera gota de una tormenta que acababa de estallar sobre ella.

Respiró hondo, apartando el pánico. El miedo era un lujo que ya no podía permitirse. Necesitaba información. Necesitaba un plan. Necesitaba entender a las bestias antes de que entraran en su casa.

Llamó a Koneporos.

Cuando el Mayordomo Real entró, encontró a la princesa no con una expresión de miedo, sino con una de fría y metódica concentración. Las cinco cartas estaban dispuestas en un semicírculo perfecto sobre la mesa.

—Lord Orchid —dijo ella, sin preámbulos—. Quiero un informe completo. Todo lo que sus espías han recopilado sobre cada uno de ellos. Su poder, sus reinos, sus debilidades. Empezaremos por el que, según los rumores, es el mayor prodigio mágico de su generación. Hábleme del Príncipe Mayron de Lunethra.

Koneporos sonrió, una sonrisa de genuina apreciación por la estrategia de su Reina. —Una elección excelente. Conocer al rival más fuerte primero. Como ordene.

De una de las bolsas de su cinto, Koneporos extrajo un pequeño dispositivo, un octaedro de metal y cristal que zumbaba suavemente al contacto con su mano. Lo colocó sobre la mesa. Con un murmullo en la lengua antigua, el artefacto cobró vida, proyectando en el aire una imagen tridimensional tan nítida y real que parecía una ventana a otro mundo.

Velmoria, el Reino de los Sabios.

La imagen que llenó la biblioteca era de una belleza que cortaba la respiración. Torres de marfil y cristal se elevaban hacia un cielo de un azul perfecto, sus formas curvas y elegantes desafiando la gravedad. No había calles, sino canales por los que fluían ríos de energía arcana de un color turquesa brillante, sobre los cuales se deslizaban góndolas silenciosas. La arquitectura, explicó Koneporos, no estaba diseñada por arquitectos, sino por hechiceros, cada edificio, cada puente, cada arco, construido para respetar y canalizar el flujo natural de la magia que impregnaba esa tierra.

—Un reino de eruditos —dijo Koneporos, su voz un murmullo respetuoso—. Donde el estatus no lo da la sangre ni el oro, sino el intelecto y el dominio de la magia. Un paraíso de prosperidad impulsado por la mente.

La imagen cambió, enfocándose en un joven de unos quince años, de cabello rubio platino y ojos violetas. Estaba de pie en un observatorio, sus manos trazando en el aire un conjuro de una complejidad asombrosa, moviendo estrellas y constelaciones holográficas como si fueran piezas en un tablero.

—Príncipe Mayron de Lunethra. Un prodigio entre prodigios. Se dice que su mente está bendecida por los dioses. A su edad, puede recitar conjuros de los Códigos Veda que a la mayoría de los magos les llevaría una vida entera memorizar, y lo hace sin el más mínimo error. Su dominio sobre la gravedad y la tierra es extraordinario.




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