Ella era Magia
Sombra Azul J.R
Joel nunca fue de fijarse demasiado en nadie. Iba por la vida como si el mundo estuviera en pausa. Sonriente, sin prisas, sin expectativas, como si nada pudiera realmente tocarle. Siempre fue así. Hasta que ella.
Hasta Paula.
Era pequeña. De esas mujeres que no necesitan tacones para hacerse notar. Caminaba con decisión y hablaba con la seguridad de quien se conoce desde dentro, aunque por dentro, tal vez, también se estuviera buscando. Su cuerpo era un poema sin rima perfecta, pero con un ritmo tan suyo que no necesitaba más. Joel no recordaba la última vez que alguien le había parecido tan auténticamente hermosa.
Y ese cabello... ese cabello rizado que parecía bailar por su cuenta. Como si cada hebra tuviera vida propia. A veces lo llevaba suelto, como una rebelión. Otras, atado, como si intentara ordenarlo, pero nunca funcionaba del todo. Y eso era Paula: un intento constante de contener un huracán que no quiere ser domado.
Se conocieron en un lugar sin magia, pero ella hizo que la hubiera. Fue una conversación breve, casual. Un cruce de palabras, una risa compartida, un "me caes bien" que sonó a "te quiero volver a ver". Desde ese momento, Joel supo que su vida ya no iba a ser tan tranquila.
La atracción fue instantánea. Fuerte. Feroz. Física, sí. Pero también mental. Y emocional. Joel no entendía cómo alguien podía hacerle sentir tanto sin apenas tocarlo.
Paula era fuego. Una niña de 15 atrapada en un cuerpo de 30. Amaba como si la vida se le fuera en ello. Y sí, era celosa. Muy celosa. Podía sonreírte y, al mismo tiempo, estar pensando en quién eras, qué querías de Joel, desde cuándo lo seguías, y si ya habías hablado con él antes. Tenía una habilidad natural —y un poco escalofriante— para rastrear cada rincón de la vida digital de Joel.
Un “me gusta” de una chica.
Un nuevo seguidor.
Un comentario con corazón.
Todo pasaba por el filtro de Paula. Y si algo no cuadraba, preguntaba. Y si no preguntaba, investigaba. Hablaba con quien fuera. Lo analizaba todo. No por maldad. No por control. Sino porque el amor, en ella, era una urgencia.
Joel, en cambio, era otra frecuencia.
Le gustaba el silencio.
No necesitaba saberlo todo.
No era de mirar el móvil cada dos minutos ni de hacer preguntas innecesarias. No por indiferencia, sino por confianza. Por paz.
Un día, cuando Paula se mostró especialmente nerviosa y empezaron a discutir por sus celos, Joel le dijo con calma:
—Yo no quiero pelear con nadie, Paula. Simplifica las cosas. Yo soy muy directo. Si algo me molesta, te lo digo. Pero no hay necesidad de que nos destruyamos entre nosotros.
Paula, con la mirada llena de reproches, le contestó:
—¿Fuiste tú quien me habló mal de mí a mis espaldas? ¿Cómo quieres que te trate si empiezas así?
Joel frunció el ceño, intentando mantener la calma:
—Te lo juro que no fue así. Soy frío, distante, pero no falto el respeto. Eso es lo que importa.
Ella no cedía:
—Tienes que ser un poco más consciente, Joel. Y luego, la que tiene el problema según tú, soy yo.
Joel apretó la mandíbula:
—Paula, simplifica las cosas. No quiero peleas sin sentido. Soy muy directo, y si algo me molesta, te lo digo. Pero no podemos seguir con esta guerra constante.
Ella, dolida y desafiante, le lanzó otra frase cargada de verdad:
—No me conformo con migajas, Joel. No quiero que me des solo lo que te sobra.
Joel la miró con sinceridad, aunque distante:
—Sé que soy frío, y que a veces parezco distante, pero nunca quise herirte.
—Tú eres inteligente, pero no sabes una mierda de cómo tratar a una mujer —dijo Paula, la voz quebrándose entre la rabia y el dolor—. Sal ya de tu burbuja, Joel.
A veces discutían. Bastante.
A veces Paula se iba.
A veces Joel callaba cuando debería hablar.
Y a veces ella hablaba cuando debería respirar.
Pero siempre había un regreso. Un “lo siento” mal dicho. Un “te extrañé” en forma de mirada. Un “me importas” disfrazado de silencio largo, de abrazo sin palabras.
Había días en que Paula dudaba de todo.
De sí misma. De su cuerpo. De su risa.
Del amor de Joel.
Y él quería gritarle que sí. Que sí la amaba. Que sí era suficiente. Que sí era magia. Que él no necesitaba a nadie más, que solo le costaba demostrarlo a su manera. Que él también sentía con la intensidad de un volcán, aunque por fuera pareciera una roca.
Una vez, Joel la miró dormida. Tenía el ceño levemente fruncido, como si incluso en sueños siguiera pensando demasiado. Le acarició el rostro y pensó:
—Nunca voy a encontrar algo igual. Y aunque me duela, aunque me consuma... prefiero quedarme con ella.
Porque Paula no era fácil.
No era simple.
No era “para todos”.
Era para quien supiera ver más allá del fuego.
Para quien supiera no huir del huracán.
Para quien entendiera que la belleza más real es la que arde y abraza al mismo tiempo.
Y Joel, aunque tranquilo, aunque lento, lo supo desde el primer día:
—Ella es magia. De esa que no se repite.
La relación avanzó como avanzan las cosas cuando dos almas se rozan sin saber si deben quedarse: con pasión y con miedo. Joel comenzó a entender que amar a Paula era como bailar con el fuego descalzo. Sabía que podía quemarse, pero también sabía que no bailar con ella era no sentir nada.
Con los años, la intensidad se volvió un campo minado. Las discusiones crecían en volumen y dureza, como tormentas interminables que dejaban todo patas arriba. Paula exigía respuestas que Joel no sabía dar. Joel buscaba paz que Paula no podía concederle.
—¿Por qué no me dices lo que sientes? —le gritaba Paula, con lágrimas que quemaban más que el sol.
Joel suspiró y respondió:
—Te lo dije... yo no quiero pelear con nadie. Soy frío, distante, sí, pero no falto el respeto. No es que no quiera, es que a veces necesito simplificar las cosas para no enredarme más.