*Luna*
Y ahí me quedé paralizada. Casi a punto de subir al puente y saltar una niña apareció aferrándose a mis piernas. Bajé la mirada, al principio aterrada, creyendo que estaba en presencia de una actividad paranormal.
Pero la pequeña, con risos castaños bien marcados, con mejillas esponjosas, y una mirada de color miel, sonrió animada.
—¡Mamá! —gritó feliz abriendo su boca y dejándome ver sus dos dientes delanteros de tamaño mayor al resto.
Pestañeé confundida, si hubiera dado a luz en algún momento de mi vida, lo recordaría. Pero jamás he estado embarazada para que una pequeña me reclamara como su madre.
—Niña, estás equivocada, no soy tu madre —repliqué en el acto intentando quitármela de encima.
Pero no hubo caso, mientras más me la intento quitar más se agarra de mí. Se ríe creyendo que estamos jugando.
—Eres mi mamá —dicho esto sacó un aparato de su bolsillo. Son como esas pequeñas tablets para niños que salieron recientemente al mercado. Su precio es tan alto que pocos pueden adquirirlas.
Esta niña debe pertenecer a una familia muy adinerada, pero, ¿por qué está sola en la calle en un horario en que los buenos niños ya deben dormir? Sus padres deben estar preocupados. Debería llamar a la policía.
—Mira, mamá, aquí estamos las dos juntas —señaló con orgullo.
Encendió la pantalla de su pequeña tablet y me lo mostró. La fotografía que vi aparecer casi me hizo caer al suelo sentada. La mujer que sostiene a un bebé en brazos y sonríe con dulzura es exactamente igual a mí.
Pero, ¿qué demonio de jugarreta es esta? Miré hacia los lados, por si estoy siendo grabada para esos programas de bromas. Esto no puede ser real. Además, la mujer de la fotografía luce muy elegante usando un tipo de ropa que ni trabajando toda mi vida lograría comprar.
—Niña... tú, ¿estás sola? —le pregunté aun sin salir de mi desconcierto.
—No estoy sola, estoy con mamá —respondió sonriendo agarrándome ahora de la mano.
La quedé mirando, levanté la cabeza y no pude evitar decir en voz alta: ¿Qué mi*** está pasando aquí?
—¡Mamá, no debes decir insultos, papá dice que eso no lo hacen las buenas señoritas! —replicó la niña arrugando el ceño.
—¿Papá? —eso significa que por lo menos esta niña tiene un padre. ¿Qué clase de hombre deja a su hija andar sola en las calles a estas horas?
La verdad es que la pequeña es bastante mona. Solté un suspiro. Lo mejor es llamar a la policía y avisarle de una niña perdida, pero fue solo tomar el teléfono cuando de la nada me di cuenta de que estaba rodeada de hombres vestidos completamente de negro.
Me quedé paralizada. Uno de ellos me quitó el teléfono antes de que pudiera reaccionar, y otro me lanzó al suelo con nada de delicadeza. Aturdida, solo insté por mirarlos una vez más sin entender nada.
¿Acaso me van a secuestrar? ¿Es la mafia italiana? El idiota de mi marido me vendió por sus deudas, como pasa en las películas.
—Tenemos a la secuestradora —dijo otro hablando por su teléfono.
¿Eh? ¿Yo? ¿A quién he secuestrado? Abrí los ojos sin creer lo que acabo de escuchar y a punto de protestar, él apareció.
Unos zapatos relucientes y negro se acercó lentamente a mi dirección. Por la forma como todos se apartaron de su camino supuse que es el jefe de todos ellos. Intenté ver de quien se trata, pero mi cabello mojado apenas me deja ver algo.
¿Acabo de meterme con líos con la mafia o algo así? ¿Voy a morir?
—¡Es mi mamá, no le hagan daño! —sollozó la niña colocándose en medio de quien se acercaba a mí.
Tiene buen corazón, la pequeña, aunque fue ella quien me metió en este lío. Refunfuñé.
—¡Basta, vuelve con tu niñera! —aquel hombre levantó la voz de repente, haciéndome saltar a mí, y a la pequeña retroceder en el acto.
Apenas sus zapatitos chocaron conmigo, se giró a abrazarme llorando con más fuerzas. Su cuerpo tiembla, y no pudo saber si acaso el tipo que acaba de reprenderla es en realidad su padre.
—¡Es mamá, no la maten! —chilló la niña.
¡¿Qué?! ¿'No la maten'? Un momento, ¿acaba de decir lo que creo que acabo de escuchar? ¿Morir? Sí, sí, quería saltar ese puente, pero no es lo mismo que yo quisiera hacerlo por mí misma a que otro lo haga por mí.
—Tráiganla —señaló la voz ronca de ese hombre, puedo verlo de reojo, si no fuera por todo mi cabello que quedó encima de mi cara podría verlo mejor.
Es alto, intimidante, apuesto, de cabello negro y ojos azul profundo. Creo haberlo visto antes... ¿Eh? ¿No es este el magnate poderoso que hace poco firmó un contrato millonario con una empresa de tecnología internacional?
No es que yo me meta demasiado en el tema de los negocios, pero cuando vas al baño, olvidas tu teléfono en la cocina y lo único que hay en el lugar es la hoja de un periódico de economía, ¿qué más te queda hacer?
Chasqueó los dedos y trajeron arrastrando a una mujer, con altos tacones, vestida muy bien, con bonito rostro y cabello despeinado. Aquella apenas llegó, se lanzó al suelo de rodillas suplicando clemencia al hombre de frío rostro.
—Señor Montanari, se lo suplicó, yo...
¿Montanari? Es un apellido italiano, entonces, ¡si son de la mafia italiana!
—¿Es esa la secuestradora? —la interrumpió el hombre con severidad.
La mujer entonces dirigió su mirada hacia mí. Intenté sonreírle, si habla podré salir de este lío pronto. Yo no tengo nada que ver con ningún secuestro, pero al fin ya todo se va a aclarar.
—¡Sí, es ella! —gritó señalando apuntandome.
Abrí mis ojos, incrédula ante lo que estaba pasando, o sea, ahora no solo corro riesgo de morir, sino algo peor, terminar en la cárcel por el resto de mi vida, acusada de ser una secuestradora de niños.
—¡No, mentira, ella es mi mamá! —replicó la niña en el acto.
Mi pequeña salvadora, pensé conmocionada, de todos es la única que me defiende. Aunque todo este lío es culpa de ella. Bufé.