Luna
La habitación es más grande que mi casa completa, no puedo creerlo. La cama es alta, acolchada, con suave tela y un plumón que huele a perfume, las alfombras del piso sus espesas y agradables al tacto. Incluso hasta tiene un baño propio. ¿En verdad esta es una habitación de invitados? Parece como esas suites presidenciales de un hotel sofisticado que suelen salir en las películas.
Me di un baño de espuma, me ofrecieron varios vestidos a elegir, zapatos, e incluso hasta broches de cabello, me siento en las nubes. Así debió sentirse cenicienta cuando se casó con el príncipe. Paso de la pobreza extrema a vivir en un palacio. Pero solo hay un detalle... no hay príncipe azul, solo un hombre de mirada fría y estoy aquí contra mi voluntad, eso no debo olvidarlo.
Lo analizó mientras me miro al espejo. Tanto lujo a mi alrededor me deslumbra haciendo que me sea difícil mantener mis pies en el piso... en ese momento mi teléfono comenzó a sonar.
La brusca realidad me abofeteó en ese instante, quien me llama es mi infiel marido, Mateo. Contemplo su nombre en la pantalla de mi teléfono, sin contestarle ni colgar su llamada. Se supone que no volvería a casa hasta el lunes... arrugué el ceño solo silenciando el teléfono y dejándolo sonar. Como no respondí comenzaron a llegar mensajes, pensé primero en no leerlos, pero ¿no será mejor revisar que no haya vuelto a casa? Necesito aún ir por mis cosas antes de que vuelva de sus vacaciones con esa mujer.
"No estés molesta"
"Volviendo a casa hablaremos"
"Te tengo una sorpresa. Sé que este tipo de cosas te gustan"
Adjuntó la foto de un collar, ¿esas cosas me gustan? Toda mi vida solo compraba collares de fantasía para ayudarle a ahorrar dinero, y ahora me manda la fotografía de un collar caro diciendo que son cosas que me gustan cuando jamás he tenido algo así. Apreté el teléfono, con ganas de ir y abofetearlo. Además, ¿por qué me escribe esas cosas luego de despreciarme y humillarme frente a esa mujer?
Molesta guardé dentro de uno de los cajones. Pensar en ese descarado me hace sentir que tengo ácido dentro del estómago, y un puñal en el pecho... me duele. No es fácil dejar atrás los años en que estuvimos casados.
Pero no debe enterarse de que no estoy en casa, así aún tengo estos dos días para ir y recoger mis cosas. Después no sé a donde iré... no puedo ir a casa de mis padres, sería el primer lugar que este hombre revisará, y no quiero exponerlos a esta situación.
—Disculpe, señorita, ¿ya está lista? El señor la espera abajo —la suave voz de una anciana me hizo recordar las palabras del hombre que me tiene retenida en este lugar. Que debo bajar a cenar, ¿qué pretende?
Bajé las escaleras con cautela, es tan enorme que si resbalo por uno de estos escalones no habrá forma de amortiguar la caída. Me afirmé de la baranda bajando paso a paso con cautela, ante la calmada mirada de la anciana. Le sonreí con torpeza. Todos los zapatos que me ofrecieron son con tacos, y yo no suelo usarlos.
Luego la seguí por el pasillo hasta llegar a otra sala, con una mesa demasiado grande para solo dos personas. En una esquina está sentado ese hombre, con expresión seria revisando una tablet, y a su lado la pequeña niña, ahora vestida de rosa, como una princesita de un cuento de hadas.
La niña que mantenía su mirada abajo y estaba sentada en silencio, solo balanceando sus piernas, apenas me vio sonrió animada.
—¡Mamá! —exclamó feliz, pero como si se diera cuenta de su error, se enderezó en su asiento—. ¿Vas a comer con nosotros?
—Tamara, desde hoy tu mamá comerá contigo, ¿te parece bien? —dijo el hombre con seriedad dejando la tablet a un lado.
¿Desde hoy? ¿Su mamá? ¿Habla de mí? Pensaba decir algo, pero la sola mirada fría y amenazante me hizo callar. La pequeña luce tan feliz que tampoco quisiera romper sus ilusiones, no obstante, no entiendo las intenciones de ese hombre.
Él sabe que no soy su difunta esposa, ni la madre de su hija, ¿qué planea entonces engañarla de esa forma?
—¿Va a estar conmigo en el desayuno, almuerzo y cena? ¿Me llevará también a la escuela? —preguntó emocionada.
—Así es, desde hoy ella estará disponible siempre para ti —agregó fijando su intimidante mirada en mis asustados ojos.
¿Me obligará a cumplir como la madre de su hija? ¡¿Cómo su esposa también?! ¿Se ha vuelto loco? Tendré que abandonar mi verdadera identidad para asumir el rol de su difunta esposa... ¿Es eso? ¿La identidad de Paula Díaz desaparecerá?
Solo sonreí para no asustar a la pequeña, pero por dentro debo buscar la forma de huir de este peligroso tipo, ir por mis cosas a casa, salir de esta ciudad y desaparecer. De solo pensar en todo esto me duele la cabeza.
Tomé asiento al lado de Tamara. La verdad es que ni siquiera sé como debe actuar una madre. No es que no haya querido serlo en el pasado, pero Mateo dijo que un hijo son gastos, es caro, y nuestra economía no lo permitía, que más adelante tendríamos uno. Sin embargo, ese bastardo sinvergüenza ganaba dinero suficiente para pasear a esa mujer en lugares lujosos, comprarle ropa cara y darse gustos que en casa no existían. Pensándolo bien fue lo mejor no haber tenido hijos...
—Mamá, sé que te gustan mucho los dulces, así que ten come este trozo de pastel de chocolate, es mi favorito —dijo la pequeña entregándome su propio plato.
La miré conmovida, ¿cómo una niña tan linda y dulce puede ser hija de un tirano como ese?
—Muchas gracias —respondí con sinceridad llevándome una mano al pecho. No rechazaré el gesto amable de esa pequeña princesa.
Tiene razón, amo todo tipo de masas dulces, pero desde hace mucho solo me conformaba con galletas baratas de un tiendo de la esquina. La última vez que comí un pastel fue cuando aún tenía mi trabajo. Mientras que ese maldito de Mateo comía postres en un restaurante con esa otra mujer...
—Mañana llevaré a tu madre al médico, se ve algo pálida y muy delgada —dijo seriamente aquel hombre que sus ojos fijos en mí.