Luna
Di vueltas en mi 'celda dorada', en aquella cómoda habitación, que es más grande que la sala de estar y el comedor de mi casa. La luna luce brillante y amarilla, y el aire frío se cuela por la ventana abierta.
La cierro antes de soltar un suspiro y ver la cama sin mantas. Luego de mi intento de huida me han dejado sin ninguna colcha para cubrirme.
Ahora trabajo para Maximiliano Montanari, actuando como la madre de su hija. ¿Quién podría creer eso? Hasta a mí se me hace difícil que todo esto en realidad esté pasando.
Lo único bueno, además de la remuneración que voy a recibir, es que me dio la libertad de vestirme y actuar como quisiera mientras sea educada y adecuada. Su hija no conoció a su madre, murió cuando tenía solo meses, por eso no es necesario imitar a su esposa.
Supongo que tener en casa a una mujer que se parezca a su difunta amada mujer y que empiece a imitarla, le desagrada. Porque en ningún momento dejó de mirarme con desconfianza y rechazo.
Son las tres de la mañana, ya debería dormir. Pero es difícil hacerlo luego de un día como hoy, en donde me quedé sin trabajo, sin marido, conocí a una niña que me llama 'mamá', me secuestraron y ahora tengo un nuevo trabajo con uno de los hombres más peligroso de la ciudad.
Necesito dormir, mañana debo estar lista temprano y reluciente para llevar a la pequeña Tamara a su escuela, es una de las tareas que debo hacer. Me forcé por acostarme y cerrar los ojos, me moví de lado a lado sin lograrlo. Y justo cuando empezaba a quedarme dormida me pareció escuchar el sonido de un violín.
Me senté en la cama, ¿qué enfermo mental se pone a escuchar música a estas horas de la madrugada en un día de semana? ¿No hay respeto para los trabajadores?
Metí la cabeza debajo de la almohada, pero no dejo de escuchar esa melodía una y otra vez. Sube y baja como las olas del mar. Parece que alguien sufre de mal de amores, ¡¿y qué?! Yo también y no por eso perturbo el descanso de los demás.
Necesito una taza de té caliente para poder dormir. Me levanté de la cama y me asomé al pasillo verificando que no estuviera ninguno de esos matones que trabajan para este hombre. Pasillo despejado me deslicé como una espía, con la espalda pegada en la pared, hasta bajar las escaleras y llegar a la cocina.
Apenas tenía la taza de té caliente en mis manos y me preparaba para volver sigilosamente a mi habitación volví a escuchar el sonido del violín. Proviene desde el otro pasillo, aquel que da cerca del despacho de este siniestro hombre.
Vaya, ni loca me voy a meter a comprobar de quién se trata, mi abuela no ha vivido tanto por ser chismosa. En las series siempre las protagonistas por curiosidad se terminan metiendo en líos que hubieran evitado si fuesen más listas.
—¿A dónde crees que vas? —una voz grave, extraña, detuvo mis pasos.
Me quedé paralizada, como un ladrón descubierto en pleno hurto. Giré lentamente sin soltar la taza hasta ver la figura de un hombre. Ahí está, una silueta masculina, en la oscuridad, sosteniendo un violín en una de sus manos y en el arco en la otra. Con las luces apagadas no puedo ver quien es aquel hombre.
—Señor... solo bajé por una taza de té, disculpe que lo haya interrumpido en su serenata, pero... entre nos —bajé la voz—, ¿no cree que no son horas de tocar su violín? Si viene el dueño de casa lo hará añicos, ese hombre es peligroso...
—¿De qué hablas? ¿Estás loca? —replicó el desconocido con una voz extraña.
Lo vi acercándose y tambaleando, chocar con los muebles y maldecir, me dio miedo. Como esas películas de terror con un extraño ente moviéndose de forma inhumana.
—Sé que me detestas. Y qué prefieres mil veces acostarte con ese otro hombre. Pero afuera, a los ojos de todos, soy tu marido, mantén siquiera las apariencias, Constanza.
¿Constanza? ¿No es ese el nombre de la difunta esposa amada de Maximiliano Montanari?
La luz al fin me dejo ver al hombre que ya se había acercado lo suficiente, en realidad es mi jefe ¡Maximiliano Montanari!
Luce despeinado, con el cabello sobre su frente cubriéndole hasta los ojos, sus mejillas están enrojecidas. En cierta forma, tiene un encanto...
—¿Señor? —dije sorprendida.
Viendo con detalle parece estar borracho, por eso su tono de voz sonaba tan extraña y se tambaleaba de esa forma. Y yo que creí que me estaba espantando un ser sobrenatural. No pude evitar reírme a pesar de que sigo estando en una situación peligrosa.
—Deja de burlarte —reclamó apretando los dientes y colocando el arco del violín pegado a mi cuello. Habló con tono amenazante—, si sigues riéndote no me culpes por lo que haré con esto.
¿Qué va a hacer? ¿Con el arco?
—¿Va a tocarme una pieza musical? —le pregunté y sus ojos quedaron detenidos en los míos.
—¿De qué diablos hablas?... ¿Bebiste? —musitó molesto.
—Yo creo que es usted quien bebió, señor.
Levanté mi mano sin soltar mi taza de té. Lo que menos quiero es que se desparrame, pagar después por el lavado de la alfombra que está bajo nuestros pies debe ser muy caro. Miró la taza y luego me soltó.
Después como si recordará algo, se devolvió y colocó su mano sobre mi boca haciendo un gesto para que guardara silencio, y miró a ambos lados, como si alguien nos estuviera mirando.
—Tú solo debes actuar como mi esposa, ni tú me amas a mí, ni yo a ti... Pero eso solo lo sabemos tú y yo, ¿lo entiendes?
Moví la cabeza sin poder hablar. La verdad es que no lo entiendo, está hablando puras cabecitas de pescado. ¿Quién iba a creer que un tipo que luce tan serio, intimidante y peligroso, se emborracha de esta forma por las noches? Toca el violín y se pasea por la casa como un loco hablando incoherencias.
Ok... y pensé que mi otro jefe era peor.
—¡Qué bueno que ahora lo has entendido! Y no estés gritando y lanzando los cojines del sofá. Me gusta que te comportes como una buena chica —me palmoteó la cabeza—. ¡Hasta podría llegar a quererte!