Luna
—¡Papá, mamá, beso! —gritó Tamara en medio de la sala.
¡¿Cómo fue que llegamos a esto?!
Quise levantarme de inmediato de encima del cuerpo de Maximiliano, apartando su rostro, pero solo provoqué caer otra vez encima de él. Mis piernas tiemblan, como las de un cervatillo recién nacido. Acostados en el enorme sofá no puedo huir de esta situación.
¡¿Dios como pudo pasar esto y cómo esta pequeña niña justo apareció en un incómodo momento como este?!
La mañana había comenzado bastante normal, íbamos en el auto, rumbo a la escuela, cuando algo me hizo cuestionarme lo que estaba pasando. Si ayer fue viernes y hoy sábado, ¿por qué estamos de camino a la escuela?
Tamara me sonríe con una inocencia que me confunde aún más.
—¿Los sábados tienes clases? —le pregunté fijando mis ojos en la pequeña niña que en vez de llevar un uniforme lleva puesto el buzo de su escuela. Aunque eso no es algo anormal, muchas escuelas ahora usan los buzos como uniformes.
—No, no tengo clases —respondió sonriendo.
Levanté mi mirada al chófer notando como desviaba la mirada del espejo retrovisor. Sabe a donde vamos, pero tampoco quiere decirme.
—Entonces, si no hay escuela, ¿a dónde vamos? —le pregunté sonriendo nerviosa.
—¡Al día deportivo de madres e hijos! —respondió levantando ambos brazos hacia arriba—. Es la primera vez que voy con mamá, siempre iba con las niñeras porque papá siempre tiene trabajo.
Esta pequeña intenta engañarme, su carita de ángel me ha hecho caer en su trampa. ¿Deportes, yo? Tengo dos piernas izquierdas, era la última en la clase, esa que llegaba al final de la carrera con la lengua colgando y suplicando clemencia, la que nunca pudo darse la vuelta en la colchoneta, y pasaba con promedio cuatro.
¡Esto es una pesadilla para quienes odiamos el deporte!
—¿Y por qué no le pediste a papá que viniera contigo? —le pregunté sonriendo angustiada, quisiera bajarme del auto y huir.
Tamara arrugó el ceño y cruzó los brazos.
—Papá vino una vez, y no hizo nada, se quedó parado al final de la cancha. Y aun así hizo que diez de mis compañeros lloraran asustados, y recibió muchas tarjetas con números de teléfonos de las mamás de mis compañeros, que querían ser sus amigas.
'Amigas' bufé.
O sea fue a no hacer nada, a pararse sin participar, a asustar a los niños con su cara poco amigable, y a llamar la atención de las madres de los otros niños.
—Solo sirve para amedrentar y amenazar... —mascullé.
—¿Qué mamá?
—Nada, pequeña, nada —le dije palpando su cabeza. Pobre angelito con un demonio como padre.
Pero, ¿ahora que voy a hacer en esta situación? No he hecho deportes desde que terminé la escuela, si corro aunque sea media cuadra moriré de agotamiento. Y esta pequeña de seguro esperará mucho de mí. Hoy tendrá su primera gran desilusión.
Lo siento niña, tu madre sustituta es mala para cualquier deporte, solo pasaremos humillaciones...
El auto se detuvo, mire la enorme escuela que casi parece una universidad, campos extensos, jardines bien cuidados, extensos edificios, y una cantidad de autos de lujos estacionados en orden. Es como esas escuelas de elite de las series norteamericanas.
Tamara descendió y me extendió su pequeña mano. Tragué saliva, no sé como será el resultado de todo esto. Solo espero que esta dulce niña no termine por odiarme.
—¡Hola a todos! —dijo Tamara luego de que me llevó hacia un grupo de personas—. Ella es mi mamá, espero que le den la bienvenida y tengan mucha paciencia con ella. Muchas gracias.
Todos se nos quedaron mirando, noté las afiladas miradas de las madres de esos niños antes de escucharlas cuchichear '¿En serio ese apuesto hombre se casó?' 'Pudo buscarse una mujer más bonita...' 'Aun así, noten el parecido con la pequeña' 'Pero... ¿Él no era viudo?'
Señoras, las estoy escuchando.
Y luego la pesadilla, tal como esperaba llegué al último en todas las competencias. Terminé agotada, sin aire, apenas sintiendo mis piernas, y desilusionada de mi falta de capacidad deportiva. Me quedé sentada en el pasto pensando que decirle a esa pequeña, su 'madre' solo vino a avergonzarla.
En eso sentí que alguien me palpaba la cabeza como si quisiera consolarme. Al alzar la mirada vi a Tamara, a mi lado, extendiéndome una paleta helada. Luego se sentó a mi lado.
—Ánimo, mamá —dijo sonriendo.
—Lo siento mucho, perdimos en todos los juegos.
—No importa, no veníamos preparadas, además, igual estoy feliz. Unos niños me dijeron que mi mamá era muy guapa y divertida —señaló mientras se come su paleta.
Bufé, antes de mirarla y sonreír.
—La próxima vez nos prepararemos más, lo prometo —por lo menos en el tenis, ni siquiera conozco las reglas de ese deporte.
Tamara me miró con sus ojos brillantes.
—¿Eso significa que te quedaras conmigo toda la vida?
No supe qué responder a eso. Cometí el error de decir algo sin pensarlo, no sé hasta cuando durara este contrato con el señor Montanari. Lo único que se me ocurrió hacer fue abrazar a la niña y sonreír.
¿Cómo puedo prometerle algo que no podré cumplir? Además, tarde o temprano se dará cuenta de que yo no soy su madre.
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Maximiliano
—Entonces no queda otra que hacer una prueba de ADN entre Tamara y esa mujer. Es evidente que es imposible que dos personas sean exactamente iguales sin parentesco, y además que nacieron en la misma clínica —le dije a mi asistente dejando los papeles sobre el escritorio.
Suspiré cansado, esta situación jamás me la esperé.
—Necesitamos entonces una muestra, un cabello, saliva o algo de esa mujer —me respondió con seriedad.
—Déjame eso a mí, yo me encargo —le respondí.
Y aquí estoy, horas después, sentado en el sofá, intentando leer unos contratos. No puedo concentrarme, intento pensar como podría obtener una muestra de esa mujer. Si le digo que quiero hacerle una prueba de ADN de seguro escapará. ¿Cómo podría por lo menos obtener un cabello?