Luna
Me quedé paralizada luego de escucharlo decir eso. ¿Tamara no es su hija? ¿Nunca tuvo nada con su difunta esposa? Me siento más confundida que antes. Al final las cosas no eran como lo había creído.
Pero, él no explicó nada, solo me mandó a mi habitación, diciendo que cenara en mi habitación. Que saldría a comer a fuera con su hija.
¿Será que su frialdad para relacionarse con todos es debido a haber sido engañado por su esposa? Aun así, aunque la pequeña no sea suya, la ha cuidado y tratado como si fuese su hija.
Todo esto es confuso. Me di un baño caliente, me coloqué ropa más cómoda y me tiré a la cama, suspirando, frustrada. Mañana es domingo, por lo que no es necesario levantarme tan temprano, pero sí acompañar a Tamara a desayunar, llevarla a un parque y luego volver a casa.
—La verdad es que estoy tan cansada que ni siquiera tengo hambre —musité en voz alta.
Comencé a relajarme, a quedarme dormida cuando Justo en ese momento mi teléfono comenzó a sonar. Me senté en la cama, adormilada, y lo tomé contestando sin revisar quién me estaba llamando.
—¿Aló? ¿Sí? —pregunté antes de bostezar. ¿Será esos llamados de spam?—. Escuche, sea quien sea, le aviso que dinero no tengo, así que no pierda tiempo en hablarme de ofertas y cosas así.
—Luna, cariño, soy yo —respondió una voz del otro lado.
—¿Cariño? ¿Quién diablos eres? —me alejé del teléfono mirando el identificador. Leo en el título de la llamada 'Rata apestosa' ¡¿Mateo?!
Desperté de golpe, gateando sobre el colchón sin saber si debería colgarle o no. Aún no he ido a casa a recoger mis cosas, no quiero que descubra antes que me he ido. Luego de eso lo bloquearé para siempre mandándole una solicitud de divorcio.
—Soy yo, tu esposo —señaló con un tono cordial que me revolvió el estómago.
¿Se atreve a llamarme y hablarme así? ¿Y más encima decirse a sí mismo 'tu esposo'? Sí que es un descarado.
—¿Cuál esposo? ¿El que me abandonó por otra bajo la lluvia, con frío, hambre y ningún peso en el bolsillo? —mascullé con rencor—. ¿Qué quieres?
—Yo... ¿No viste mis mensajes?
Chasqueé la lengua, ¿de qué mensajes habla?
—Te compré unos regalos, no te enojes, ese día fui grosero, estaba estresado, pero llegando a casa hablaremos, el lunes estaré ahí, si quieres te paso a recoger de tu trabajo y...
—Me despidieron el viernes, ¿no lo sabías?
—¿Te despidieron? ¿Por qué? —preguntó sorprendido—. Ya no importa, ahora soy gerente, no necesitas trabajar. ¿Te acuerdas de que querías tener un hijo? Te tengo una noticia maravillosa, pero te lo contaré el lunes.
¿Un hijo? ¿Con mi condición física actual? Observé mis delgadas muñecas, en realidad son solo hueso y piel. Con la poca comida en casa, y el exceso de trabajo, mi cuerpo no está en condiciones de un embarazo.
Nunca quiso un hijo antes, ¿por qué ahora dice quererlo? ¿Qué pasó con su amante? ¿O quiere que siga manteniendo ese hogar que se cae a pedazos?
—OK, te espero, adiós —y corté antes de que me despidiera.
Fui a revisar los mensajes encontrándome con fotografías de joyas y vestidos. Joyas que no suelo usar, y vestidos que ni siquiera son de mi gusto. Nunca antes me compró nada, ¿por qué ahora parece tan empeñado de darme regalos después que me humilló de esa forma?
—Idiota —mastiqué con molestia antes de meter el teléfono debajo de la almohada.
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Maximiliano
El auto se detuvo frente a la entrada de la enorme casa de los Montanari. Tensé mi mirada antes de decidirme a bajar, hoy es el cumpleaños del anciano. No vendría si no fuera por él. En realidad ver al resto de la familia no es agradable.
Tamara no parece cómoda, y se aferra a su asiento.
—El abuelo quiere verte —le dije, pero ella aun así no pareció conformarse.
—¿Por qué mamá no pudo venir? —me preguntó con sus ojos enrojecidos.
—Porque aún no están preparados para verla —le respondí con seriedad—. Ven baja, si eres buena te compraré un oso de peluche al volver.
—Yo soy buena, son ellos los malos conmigo —señaló.
Me quedé en silencio. No está lejos de la realidad, pero no pensaba que ya a su edad se daría cuenta del rechazo de la familia. Todos saben que no es mi hija, que es la hija de la infidelidad de Constanza. Tensé mi rostro, me contempló en silencio y terminó por bajar.
Se quedó a mi lado sin decir nada.
—Nos iremos pronto —indiqué caminando asegurándome que camina detrás de mí.
—Siempre dice eso, y no es así —se quejó mirando el piso.
Si no fuera porque mi abuelo quiere verla, en verdad no la traería a este nido de arpías. Subimos las escalinatas que dan a la entrada antes de ser recibido por los empleados. La sala luce decorada y pulida, lleno de gente de negocios, ex compañeros de mi abuelo, y los miembros de la familia Montanari.
—Vaya, sobrino, ¿no te avergüenza lucir a esa 'criatura' frente a todos? —habló una tía bebiendo una copa de vino.
—Estabas tan enamorado de esa mujer que dejaste pasar ese deshonor sin inmutarse —respaldo el esposo de su tía.
—Tú te gastas el dinero de tu esposa en apuestas y mujeres, y nadie te dice nada —le respondí con el ceño arrugado.
Todos se quedaron en silencio, solo mi primo pelirrojo, hijo de mi tía soltera, se echó a reír con fuerzas.
—¡Tú...! —mi tía enrojeció, presa de la rabia, a punto de decirme algo.
—Vamos, Tamara, el abuelo nos espera —le dije tomando la mano de mi hija e ignorando a la mujer.
—Cálmate, cariño —le dijo su esposo en tono condescendiente. Veo que recordó que sin mí no tendrían ni siquiera un peso para un pan duro.
—En todo caso, lo que dijo mi primo no está lejos de la realidad.
—Cállate Heriberto —reclamó la mujer con tono amenazante.
Nos presentamos frente al anciano que se encuentra en la pérgola del jardín exterior trasero.
—Hola abuelo —saludó Tamara.