Luna
—¡Mamá! —exclamó la pequeña niña en cuanto cruzó la puerta.
Dejé la sopa a medio comer cuando los vi a ambos llegar. Con mi piyama puesto me avergoncé de recibirlos de esta forma. Había entendido que no regresarías hasta más tarde, por lo que no estaba adecuadamente vestida para recibirlos.
—Trajimos comida del Mc Waldos—señaló Tamara entregándome una cajita con hamburguesa.
Pestañeé confundida, pero la seria mirada de Maximiliano Montanari me hizo sentir rígida. Lo miré sin entender por qué su rostro luce tan severo. ¿Habrá pasado algo en la cena que iba a tener con su hija? Con las ganas que veo a la pequeña devorarse esa hamburguesa parece que no comió nada.
—Señorita Díaz, necesito que venga a mi despacho, ¡Ahora! —alzó la voz Maximiliano al decir esa última palabra, sobresaltándome.
Y sin más se alejó por el pasillo, a paso firme y duro, haciendo resonar el piso. Me quedé ahí, con los ojos bien abiertos, sin entender nada.
—¿Pasó algo malo? —le pregunté a la pequeña que come feliz su hamburguesa.
—Los tíos fueron malos, no me quieren, creo que por eso, papá está molesto —respondió con tranquilidad.
¿Qué no la quieren? ¿En serio alguien no podría querer a una niña tan dulce como ella?
Puedo entender entonces el enojo del señor Montanari. Pero... ¿Yo que culpa tengo de que su familia sea tan mala? Aun así, me apresuré a seguirlo, siento que mientras más me demore en ir a su despacho más molesto va a estar.
Apenas abrí la puerta, lo vi sentado en su asiento, como un jefe molesto a punto de reprender a su torpe subordinada. Con la luz apenas encendida y las cortinas abiertas.
Avance con cuidado como si estuviera pisando cascaras de huevo y no quisiera hacer ruido.
—Señor Montanari, ya estoy aquí, dígame lo que necesita —hablé con cautela. No llevo ni un solo día en este nuevo trabajo forzado con remuneración exuberante, y ya siento que me están acusando injustamente de un error que se escapa de mis manos. Bajé la cabeza esperando sus palabras.
—¿Conqué los cerditos malos les mintieron a sus esposas y por eso se los comió el lobo?
Pestañeé confundida.
—¿Está borracho?
—¡¿Qué?! —dijo golpeando la mesa—. Estoy hablando de la clase de cuentos que le enseña a mi hija, ¿tiene algo contra los hombres? ¿Sufre de misandria?
Lo miré anonadada, ¿todo esto es por ese cuento? Solo es el cuento de los tres cerditos con algunas libertades imaginativas. No creo haber cometido una falta tan grave para que se exalte de esa forma.
—Fue solo un pequeño cuento y...
—Entonces, para usted todos los hombres son malos —arrugó el ceño aún más—. Quiere que mi hija crea eso...
Negué con la cabeza de inmediato.
—No, solo es para que tenga cuidado con los hombres mentirosos...
Carraspeó molesto. Nerviosa, intenté explicarme, no quiero morir, aún tengo cosas que hacer. Si no aclaro el tema no sé cómo voy a salir de esta situación.
—Solo quería enseñarle a su hija a tener cuidado en el futuro, a no dejarse engañar... Miré que afuera andan personas dañinas y mentirosas, eso...
—Deje sus traumas fuera de la vida de mi hija —sentenció con mirada fría.
¿Mis traumas? ¿Lo dice por la infidelidad de mi marido? Me quedé en silencio. Me siento tan ofendida que me mordí la lengua y callé. Desvíe la mirada.
—Entiendo, me atendré solo a los cuentos clásicos —hablé con seriedad, sin mirarlo. Tragando saliva y conteniendo mi frustración.
Él también fue traicionado por su esposa, ¿cómo no entiende que llamarlo "trauma" es una burla? Es un dolor que no se apaga de una vez, como un fuego que a veces crece en el interior y daña.
—Eso espero, léale solo los libros que están en su habitación —dijo colocándose de pie, dando a entender que la conversación ya había terminado.
Antes de que saliera por esa puerta lo detuve.
—Necesito permiso para mañana —señalé con rapidez.
Se detuvo, me miró como si estuviera observando a la cucaracha que camina por la pared de su baño.
—Lleva un día trabajando y ya quiere permiso, ¿acaso las mamás se toman días libres? —noté la ironía en sus palabras. Pero no puedo echarme atrás, mañana es el último día que puedo recoger mis cosas antes de que Mateo vuelva y se dé cuenta de que no estoy en casa.
—¿Acaso me va a hacer trabajar de lunes a domingo?
Guardó silencio.
Es inflexible, severo, intimidante, frío, un cruel humano sin corazón. ¿Humano? ¡Un demonio! Pero las leyes laborales se deben cumplir.
—Tienes solo una hora mañana —respondió al final.
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Maximiliano
Me retiré luego de notar como su mirada esquiva a la mía después de tratar como "trauma" sus problemas con su esposo. No es algo que me interese, pero no quiero que afecte la infancia de Tamara.
Si fuera por mí no permitiría que esta mujer estuviera cerca de mi hija. Bufé mientras salgo al jardín y enciendo un cigarro. La noche es oscura y fresca, la luna luce clara y el silencio rodea el lugar.
¿En serio separarse de un tipo que la ha engañado puede causarle tanto drama? Yo estaría agradecido de poder sacar de mi vida a alguien que me ha traicionado de esa manera. Fue lo que pasó con Constanza, cuando ella decidió irse sin decirme nada fue lo mejor para ambos. Sentí un alivio no tener que lidiar con esa situación.
De todas formas sigo necesitando que esa mujer finja ser la madre de Tamara mientras no pueda tener mayor información sobre los secuestradores, mi ex niñera solo confesó que le ofrecieron mucho dinero, pero que no sabe en realidad quienes estaban detrás de esto.
Tomé mi teléfono llamando a mi asistente.
—Señor —respondió adormilado.
—Consigue que uno de los hombres siga a esa mujer, pidió permiso para mañana ausentarse durante una hora —le hablé.
—¿Mañana domingo? —pareció como si fuese a quejarse, pero al final agregó—. Sí, señor Montanari, yo me encargo.