Luna
No pude dormir en toda la noche. Volver a esa casa, donde todos mis sueños y esperanzas se marchitaron, atadas al amor que sentía por Mateo, no será fácil. Mi error fue dejar todo por otro, creer que mi felicidad iba atada a su éxito.
Pero mientras él florecía y surgía, yo me hundía en el lodo. No sostuvo mi mano, sino la de otra mujer, una que no sacrificó nada por él.
Me aferré a la almohada, no debo llorar por un idiota como ese. No puedo evitarlo, reprimo mi llanto bajo las sábanas.
¿Cómo pudo mentirme tanto? ¿Cómo tenía cara para cada mañana abrazarme y decirme 'todo mejorará'? Darme un beso en la mejilla e irse a trabajar.
Me sonreía con su mentira prometiéndome que un día me llevaría a un buen restaurante, solo debía seguir teniendo fe...
Odio sus palabras, sus mentiras, todo. Con un refrigerador vacío, con las cuentas ahogándonos, con nuestra casa cayéndose a pedazos. Fingiendo preocupación y agradeciendo, con lágrimas en los ojos, todo mi esfuerzo; masajeando mis adoloridos tobillos. Y diciendo: 'Un día pagaré por todos tus sacrificios, prometo darte una vida mejor'. Cuando en realidad se gastaba el dinero de su sueldo en otra. No había que comer en casa, y él en tanto la llevaba a caros restaurantes; mi viejo abrigo no lo había cambiado en años y debía parchearlo en el invierno, mientras que a ella le compraba ropa nueva; y caminaba horas por ahorrarnos dinero en el transporte, a la vez que a ella la paseaba en taxis.
¿Cómo pude ser tan tonta?
Me levanté lanzando la almohada contra la pared, pero la habitación es tan grande que no llegó a la pared y cayó a medio camino. Me salí de la cama ofuscada, volviendo a lanzar mi almohada una y otra vez hasta que al fin chocó contra la pared.
—Maldito hijo de fruta —susurré para no despertar a nadie.
Sí, mañana todo se acabará. No solo me llevaré mis cosas, sino que también empezaré a juntar dinero para un abogado y solicitar un divorcio culposo por infidelidad. Con el dinero que recibiré por actuar como la mamá de la pequeña Tamara será suficiente para contratar los servicios de un abogado.
Me senté en la cama mirando mi teléfono, debo reunir evidencia suficiente para corroborar esa infidelidad. Voy a respaldar todos sus mensajes, además a grabar cada uno de sus movimientos, necesitaré un detective.
Luego de organizar todo mi plan me preparé para dormir, a partir de mañana seré una nueva mujer, libre y lista para sacar de mi vida para siempre a Mateo Oregón.
La alarma sonó temprano en la mañana. Aun el sol no se asoma, y me siento tan cansada que apenas arrastro mi cuerpo al baño. Hoy es el día, es el grandioso día de una nueva vida... me duermo sentada en el inodoro y despierto de un salto antes de golpearme la cabeza contra el azulejo.
Me doy una ducha... qué agradable es vivir en una casa con calefacción, bañarse a esta temperatura es muy distinto a como antes lo hacía bañándome con el frío gélido de las mañanas, cuando mi cuerpo temblaba y veía caer el agua de la ducha como si fuese una tortura. Y más cuando se apagaba el calefactor a medio baño porque se acababa el gas. Y Mateo me gritaba: 'Cariño, lávate con agua fría que hace bien para la piel' maldito hijo de tu santa madre.
Lista y preparada, ya despierta en su totalidad, me coloqué un abrigo que me quedaba enorme. Estoy usando la ropa que compró mi ahora jefe, como la compraron apurados, no todo me queda a mi tamaño. Pero, no importa, a caballo prestado (porque no sé si esto me lo ha prestado o regalado) no se le miran los dientes.
¡En marcha!
Debo evitar el encuentro de Maximiliano Montanari. Después de lo de anoche, de seguro no quiere ni verme. Y la verdad que yo tampoco quiero ver a primera hora del día su casa malhumorada.
Me deslicé sutilmente por las instalaciones, preocupándome de no ser vista por nadie y me apresuré en salir fuera de la casa. Me fui caminando por el enorme jardín, feliz y contenta, disfrutando de mi breve libertad.
Diez minutos después no veía aún la puerta, ¿qué tan grande es el ego de estos ricos? Pensé cruzando los brazos y sentándome sobre una roca a descansar.
Justo un auto que venía desde la casa, comenzó a acercarse. La ventanilla se bajó frente a mí.
—Señorita, ¿la llevo? —me preguntó amablemente un simpático hombre joven de aspecto cordial.
Me coloqué de pie de un salto. Por supuesto que no puedo desaprovechar mi oportunidad o mi hora libre, solo la gastaré en caminar del jardín a la calle.
—¡Claro, señor! Muchas gracias.
Menos mal que Dios siempre piensa en los pobres.
Me llevó hasta afuera de la casa, y bajé agradeciéndole su ayuda. Lastimosamente, va en dirección contraria si no hubiera pedido que me acercara más a mi casa.
Tendré que tomar un taxi, reviso mi billetera, solo me quedan cinco dólares, un volante de una clínica dental y el envoltorio de un caramelo. Suspiro. Me despidieron a medio mes, antes de recibir siquiera el pago del mes.
Observo desanimada la larga y vacía calle. Solo falta la bola de paja girando para hacerme sentir más sola. En el transporte público me hubiera salido más barato. Pero aquí, en medio de la nada, no veo ni un solo paradero de buses. ¿En serio era necesario irse a vivir tan lejos?
Mi lugar ideal sería vivir al lado de un supermercado, con la estación del metro a dos cuadras.
Justo en eso vi un taxi acercarse, no puedo creer mi buena suerte de hoy. Hay un Dios haya arriba que se compadece de mi situación. Le hice señales y el vehículo se detuvo.
—¿Cuánto me cobra a avenida tres esquinas Lombardo? —le pregunté con mi billetera en mano.
—Diez dólares —respondió con una sonrisa.
—¿Diez dólares?... —sonreí nerviosa—. Es demasiado caro.
Dije entre dientes alejándome del vehículo.
—Le cobro entonces siete dólares —¿me escuchó?
Aun así no me alcanza.
—No, muchas gracias, esperaré, gracias...