Ella es mi mamá

9. Conociéndote más

Maximiliano

—Descansemos un momento —le dije a Braulio, mi asistente, dejando las carpetas encima de mi escritorio para luego masajearme las sienes.

Hemos estado trabajando desde la madrugada ante un imprevisto que apareció durante la noche con uno de los últimos proyectos.

—Bien. Le traeré un café —me dijo colocándose de pie.

—Voy contigo, necesito despejar mi cabeza —avancé a la puerta y me siguió.

Mientras salimos al pasillo veo a esa mujer. Lleva un abrigo enorme que le llega a los tobillos, y va con lentes oscuros. Veo de reojo hacia la ventana viendo que apenas el sol se ha comenzado a asomar, ¿para qué los lentes oscuros?

—Señor, podríamos...

Le hice un gesto a Braulio para que guardara silencio. Me miró extrañado para luego notar también la presencia de la mujer. Nos escondemos para que no sé de cuenta que estamos aquí.

Vemos como avanza pegada a la baranda de las escaleras, levemente inclinada y dando lentos pasos, deteniéndose cada cierto tiempo para mirar a su alrededor. Luego al llegar abajo, camina y se esconde detrás de los muebles.

¿Qué le pasa? ¿Se le perdió un tornillo?

Finalmente, llega a la puerta, mira a ambos lados y sale.

—¿Está intentando huir? —pregunta Braulio preocupado.

—No, se supone que le di permiso para salir en la mañana —dije confundido.

¿No será que en realidad no quería cruzarse conmigo? Refunfuñé molesto.

Me apresuré a mirar que hace afuera y se ve muy feliz caminando por el jardín, ¿creerá que podrá llegar caminando a la entrada de la residencia?

—Le tomará más de media hora llegar a la puerta —pensé en voz alta—. Dile, a Hugo —mi chófer—, que espere diez minutos y salga afuera, que finja coincidencia y le lleve a donde está el hombre que preparaste para seguirla.

—Sí, él está listo para fingir ser un taxista. Pero, ¿por qué diez minutos?

—Es para que no se dé cuenta de que la estábamos mirando, y también para ver si haciendo deporte deja de actuar como una loca —bufé antes de darle la espalda.

Pedimos que nos trajeran el café al despacho y seguimos trabajando, pero me es imposible concentrarme, no puedo dejar de pensar a donde fue esa mujer vestida de esa forma y actuando así. ¿Por qué parecía tan desesperada en pedir permiso? ¿Acaso planea algo malvado?

Chasqueé la lengua y me coloqué de pie tomando mi abrigo. Braulio me miró confundido.

—Vamos —le dije

—¿A dónde?

—Vamos a seguir a esa mujer, contáctate con el hombre que la ha estado siguiendo y que nos mande su ubicación.

—Sí, señor.

Cuando llegamos al lugar me di cuenta de que alrededor hay muchas casas del mismo modelo. ¿Qué mundo paralelo es este? Casas pequeñas, idénticas, todas juntas y ordenadas...

—¿Qué es esto?

Braulio me contempla con una ligera sonrisa, como si no me entendiera.

—¡Oh! Entiendo, es un complejo habitacional, muy común en la gente pobre o de clase media baja.

Con que esa mujer vive en un lugar como este. Qué deprimente. Más cuando su casa se ve más descuidada que las otras, solo el bonito y cuidado jardín de flores evitan que parezca una casa abandonada o habitada por fantasmas.

De repente la vemos salir, con una maleta pequeña. Se detiene en la puerta, levanta el dedo del medio hacia la casa y lanza las llaves.

—¿Qué es lo que acaba de hacer? —preguntó sin dejar de mirarla.

—Debe ser la casa en donde vivía con el infiel de su marido —respondió Braulio.

—Dile a tu hombre que vuelva a pasar con el taxi y la recoja, temo que si se va en un taxi desconocido temo que huya del país.

—Señor, la joven señorita no tiene dinero ni para ir a la esquina y va a tener para irse de viaje...

—Cállate y haz lo que te digo.

—Sí, señor.

Luego vemos el taxi acercarse, se detiene, la mujer lo mira, huye. Pelean por la maleta, ella lo golpea con una cartera, él sube la maleta al taxi, ella baja la maleta y corre, el hombre se la sube al hombro y la mete al auto, ella se baja por la otra puerta del vehículo gritando maldiciones, le muestra la lengua, el taxista la persigue con el auto.

No puedo evitarlo y estallo en risas, si toda la escena hubiera sido en cámara rápida, con música de fondo, como las películas clásicas, hubiera sido muy graciosa.

—Esa mujer... Dios mío... ja, ja, ja —no puedo parar de reír—, dile a ese idiota... que deje de perseguirla... llama a Hugo, que pase por aquí... y finja coincidencia...

—Sí..., señor.

—¿Por qué... me miras así?

—Es la primera vez de todos mis años trabajando con usted que lo escucho reírse.

Detuve mis ojos en Braulio. Hace mucho tiempo que no me reía de esta manera, había olvidado esta sensación. ¿Cómo una mujer que apenas conozco puede hacerme reír de esta forma?

—Vayamos a la oficina, seguiremos trabajando ahí.

Más tarde, cuando volví a casa encontré a esa mujer durmiendo en el sofá. Crucé los brazos mirándola con severidad. Luce cansada. Sin pensarlo más la alcé en mis brazos.

—¿Acaso la cama que te di no te gusta? —mascullé de mal humor.

Pero ella dormida se sostuvo del cuello de mi camisa con sus dedos.

—¿Por qué me mentiste de esa forma? —me preguntó dolida.

Entrecerré los ojos. Debe estar pensando en ese tipo.




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