Ella es mi mamá

10. Hora de cerrar un capítulo

Luna

Desperté de un salto dándome cuenta de que me encuentro sobre en mi cama.

Recuerdo haberme dormido en el sofá, ¿cómo es que llegué a la habitación?

Me senté bostezando para darme cuenta de que ya es la hora de la cena. Había llegado a casa cerca del mediodía, había jugado con Tamara, la ayudé con sus tareas, y cuando se fue a dar un baño me dormí en el sofá.

Estiré mis brazos y mis ojos se detuvieron en mi maleta. En esa pequeña maleta donde se encuentra todo lo que me queda de todos mis años de matrimonio. Entrecerré los ojos llevándome una mano al pecho. 'Ya todo termino' y no pude evitar sonreír con cierta ironía. Cuando me casé siempre creí que estaríamos juntos hasta la vejez, pero al final las cosas no resultaron así. Solo perdí mi tiempo y juventud en un matrimonio por el cual solo yo remaba.

La maleta sigue cerrada en el mismo rincón donde la dejé al llegar a esta casa. La observé en silencio y al final la dejé en ese lugar sin tocarla.

—Veo que al fin se digna a aparecer —me habló Maximiliano con seriedad, apenas me vio entrar al comedor.

—Ayer no pude dormir —le respondí tomando haciendo al lado de su pequeña hija.

—¿Tiene problemas para conciliar el sueño? —me preguntó con su fija atención en mí.

Desvíe la mirada incómoda. Sus ojos son tan penetrante que siento que puede verme hasta el alma.

—No, solo fue algo puntual —no quise ahondar en el tema de que mi insomnio fue a causa de mi situación matrimonial.

—¿Y cómo le fue en su trámite? —preguntó con cierta indiferencia.

Lo miré de reojo, usualmente no habla demasiado en el comedor, ahora parece interesado en buscarme conversación... O solo lo hace para asegurarse que no esté haciendo nada ilícito.

—Bien, salvo... —titubeé sin saber si debería contarle.

—¿Salvo? —sus ojos se detuvieron en los míos.

—Que había un taxista pervertido que quería engañarme con pasajes gratis, alcancé a huir de él a tiempo. Quien sabe si quería robarme mis órganos. Pero le di un buen golpe en la cabeza —dije orgullosa y Maximiliano se atoró.

—¡Papi, papi, ¿estás bien?! —exclamó la pequeña Tamara asustada.

Le extendí un vaso de agua, y lo tomó molesto. ¿Hice algo malo? Esperamos hasta que dejara de toser.

—Mi abuela dice que comer y hablar al mismo tiempo es peligroso —señalé y solo me miró sin decir nada.

—Mamá tiene razón, en la escuela nos enseñaron —agregó Tamara con seriedad.

En eso mi teléfono comenzó a sonar. Es un número desconocido. Me coloqué de pie avisando que iría a la sala a responder la llamada. En cuanto estuve lejos contesté sin saber quién me estaría llamando a estas horas un día domingo.

—¿Aló...? —pregunté con cautela.

—¡Amor, soy yo! —la efusividad de la voz al otro lado me dejó aún más confundida.

—Perdón, número equivocado —respondí con cortesía.

—¡Luna, espera! Soy yo, Emilio.

El único Emilio que conozco es el patán que me abandonó por otra mujer, que no tuvo corazón para despreciarme y humillarme en público. Arrugué el ceño, ¿por qué me llama de otro teléfono? ¿Por qué habla tan feliz? ¿Y por qué después de todo se atreve a seguir llamándome 'amor'?

—No entraban mis llamadas desde mi teléfono, así que encontré un teléfono público para poder llamarte. ¡Qué bueno que ahora me he podido comunicar contigo!

—No entraban tus llamadas porque te tengo bloqueado —susurré para mí misma.

—¿Perdón? No te escuché —preguntó confundido, y antes de que pudiera repetirle las mismas palabras en un tono más alto, habló primero—. En fin, te llamo para avisarte que mañana vuelvo, como a las diez el avión va a aterrizar. Me gustaría que me fueras a buscar, te traigo muchos regalos y quiero hablar contigo. Sobre nosotros.

¿Acabo de escucharlo bien? ¿Ir a buscarlo? ¿Al aeropuerto? ¿Al marido infiel que se fue a vacacionar, a otro país, con su amante?

—¿Sobre nosotros? —repetí la última frase sin darle mayor atención, porque ¡qué caradura! ¿Acaso olvidó lo que pasó el viernes?

—Sí, es algo muy importante...

¿Algo importante? ¿Será por el divorcio? Si quiere divorciarse facilitaría las cosas, no tendría que gastar dinero en abogados.

—Entonces, ¿vienes mañana por mí? —me preguntó.

¿En serio quiere que vaya a recibirlo? ¿Qué se cree? ¿El emperador con sus concubinas? Chasqueé la lengua sonriendo de forma burlesca.

—Sí, mañana te voy a esperar a las cinco, no a las cuatro de la madrugada, usando el vestido que más te gusta, con una cinta roja gigante en la cabeza, y con un enorme cartel que diga "Bienvenido, amor mío, la cama y yo te extrañamos" —dije con un falso tono alegre, a ver si el muy idiota nota mi sarcasmo.

—¿Lo dices en serio? —preguntó emocionado.

No pude evitar la mueca que se dibujó en mi rostro. ¿Es tonto o se hace?

—¿Y tú qué crees? —bufé de mal humor.

—Bien, cariño, entonces mañana nos vemos en el aeropuerto, te amo —dijo muy feliz—. Te prometo que desde mañana todo será distinto, voy a compensar todo tu sufrimiento.

—¡Tú...!

Y cortó la llamada. Miré mi teléfono, desconcertada, ¿acaso no notó que era ironía? ¿De verdad espera que la mujer que humilló y despreció frente a todos va a esperarlo en el aeropuerto luego de sus vacaciones con su amante? ¿Qué se cree que soy? ¿Qué no tengo dignidad?

—Maldito hijo de...

Y mi boca fue tapada antes de terminar mis palabras. Alzo mis ojos hacia mi espalda viendo a Maximiliano que con un gesto me señala que Tamara está a mi lado.

—Fruta... —digo riéndome.

—¿Hijo de fruta? —pregunta la niña con inocencia.

—Sí... se le dice a... ¡A la gente que es muy mala, grosera, sin corazón, sin un atisbo de sentimientos! —apreté el puño al acordarme de mi 'ex' esposo.

—Ah, en mi escuela hay muchos niños que son hijos de fruta —respondió y la seria mirada de su padre se detuvo en mí.

—No, no, no. En la escuela eso no se puede decir, los niños llorarían, son palabras que solo usan los adultos —me incliné frente a ella tomándola con suavidad de los brazos—. ¿Lo entiendes?




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